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Edicin impresa

Yo, ellas y el otro

Gonzalo Suárez

Areté. Madrid, 2000. 191 páginas, 2.750 pesetas

RICARDO SENABRE | Publicado el 15/11/2000          Imprimir


Suele decirse que la producción literaria de Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934) adolece de cierta irregularidad a causa de la frecuente dedicación del autor a la dirección cinematográfica. En ambos campos cuenta Gonzalo Suárez con obras llenas de talento y originalidad, pero no estará de más puntualizar que estos dos amores del autor asturiano -la literatura y el cine- constituyen mundos análogos, porosos, incesantemente comunicados. Las mejores películas de Suárez están impregnadas de literatura, propia o ajena, de igual modo que sus novelas y relatos son impensables sin tener en cuenta el cine. Yo, ellas y el otro es un ejemplo más de esta peculiaridad.

La publicidad editorial caracteriza reiteradamente la novela como vodevil. Lo es, pero convendría precisar que, antes de nada, Yo, ellas y el otro es una divertida y habilidosa conjunción de mecanismos paródicos que convierten la obra en un mosaico multicolor. No es algo nuevo en la obra del escritor asturiano. La parodia de géneros ha sido algo patente en ella desde su primera novela, De cuerpo presente, aparecida en 1963.

En la obra que ahora nos ocupa hay, en efecto, multitud de resortes propios del vodevil -equívocos, malentendidos jocosos, situaciones comprometidas, mentiras que se enredan como cerezas- pero también de la novela negra y de intriga -la mujer asesinada mediante un cuchillo en la garganta, el anónimo diario-, del relato de terror -la huida de Sara, perseguida por el vagabundo- y hasta de la comedia galante, como se manifiesta en la relación entre Andrés “Lanzarrota” y la “Pompadour”, o en la que se establece ocasionalmente entre Sara y Estela.

Todos estos modelos narrativos, además, provienen de la literatura, pero más aún del cine. A pesar de las citas de Feydeau, la visión vodevilesca parece emparentada con las visiones más ácidas de Lubitsch o de Wilder, y se aviene perfectamente con la naturaleza del personaje sobre el que recae la mayor parte de la narración: Andrés López, irreductible crítico teatral conocido como “Lanzarrota”, que contempla la vida desde una perspectiva desencantada y escéptica: “El desempeño de la crítica sigue pareciéndole una ruin actividad que, a su edad, sólo le proporciona patente de impotencia. Ser crítico es peor que oficiar de guardia de la porra, en un mundo donde el tráfico es creciente y el pensamiento menguante” (pág. 100). Andrés contempla la sociedad como el producto de una degradación incesante, y la novela aparece salpicada de notas críticas: “La prensa había hecho de la piel de toro un pellejo de letra impresa para la pandereta que los medios audiovisuales hacían resonar. A eso también lo llamaban periodismo” (pág. 38). Léanse las observaciones sobre el cine violento, una pesadilla que “atacaba al espectador [...] mordiéndole en los flancos con dentelladas de ruido, masticándole la mirada sin dejarle ver, despedazando su albedrío antes de engullirlo entero. A eso habíamos llegado. El consumidor consumido” (pág. 21). En el mismo plano se halla la visita a una discoteca (pág. 22) o los sardónicos comentarios acerca de noticias periodísticas que relatan calamidades atroces (págs. 98-99), todo lo cual conduce a conclusiones enunciadas con un guiño paródico que no atenúa su desolador contenido: “El azar y la necedad [...] regían la existencia humana” (pág.113). Este carácter crítico de la mirada es el hilván que unifica y ensarta las variadas peripecias de la historia, donde no faltan escenas abiertamente cómicas, como las que provoca la prenda interior que Andrés guarda en su bolsillo.

Yo, ellas y el otro se presenta como un divertimento -y lo es-, pero contiene metralla en su interior. La variedad de tonos, la amplitud de registros que la novela acoge sólo es posible porque la obra se apoya en una concepción inteligente de la historia y está espléndidamente compuesta, como se percibe en el ritmo de la narración y en la reiteración de algunos motivos conductores, incluso con formulaciones verbales análogas, adecuadamente dosificados (ejemplos de redundancia y obviedad en las páginas 25 y 191, incorporación al discurso del narrador de citas pertenecientes al diario de la mujer asesinada, etc). Por otra parte, Gonzalo Suárez es un excelente prosista, que no rehúye el símil atrevido (“escudriñándola con ojos como botones desabrochados”, pág. 174) o las aseveraciones imaginativas cercanas a la greguería: “La vida es un pertinaz catarro que la pasión, siempre indebida, convierte en gripe” (pág. 156). O bien: “Un cisne se deslizaba como dos signos de interrogación, uno abierto en el reflejo del agua y otro colgado sobre la superficie irisada” (pág. 142). Sobre este fondo de prosa rica, variada y precisa, sólo algunos usos no recomendables empañan ocasionalmente la limpidez del discurso: “retomando el tema tabú” (pág. 83), “en base a cuatro folios” (pág. 96). Poca cosa, en verdad, junto a los numerosos aciertos expresivos que contiene la novela.