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Poesía completa

ALEJANDRA PIZARNIK

Edición de Ana Becciu. Lumen. Barcelona, 2001. 470 páginas, 2.600 pesetas

JOAQUÍN MARCO | Publicado el 11/04/2001          Imprimir


Origen

La luz es demasiado grande
para mi infancia.
Pero ¿quién me dará la respuesta jamás usada?
Alguna palabra que me ampare del viento,
alguna verdad pequeña en que sentarme
y desde la cual vivirme,
alguna frase solamente mía
que yo abrace cada noche,
en la que me reconozca,
en la que me exista.
Pero no. Mi infancia
sólo comprende al viento feroz
que me aventó al frío
cuando campanas muertas
me anunciaron.
Sólo una melodía vieja,
algo con niños de oro, con alas de piel verde,
caliente, sabio como el mar,
que tirita desde mi sangre,
que renueva mi cansancio de otras edades.
Sólo la decisión de ser dios hasta en el llanto.

Quienes no hayan oído la voz dramática y sensual de una autora clásica de nuestro tiempo comprobarán que tras las ajustadas palabras se percibe la figura de una mujer de extremada sensibilidad

La obra de la poeta argentina Alejandra Pizarnik no es desconocida, por fortuna, para el lector español. En el mes de abril de 1975 se publicó ya una amplia antología, El deseo de la palabra, en la colección Ocnos, que yo entonces dirigía. En sus últimas páginas, Antonio Beneyto relataba los avatares de un proyecto que inició con la autora en los primeros días de la década de los años 70 y al que se sumaría después Martha Moia, fotógrafa y amiga. El pintor y poeta Antonio Beneyto había publicado ya en 1969, en la colección “La Esquina”, que dirigía, su plaquette Nombres y figuras (1969). Pero en aquellos inicios de los 70 se complicaron los acontecimientos. Beneyto narra e incluso reproduce fragmentos de cartas de la autora que traza un plan del libro, que imaginaba acompañado de dibujos y fotografías. La antología llegaría, tras diversos avatares, a las manos del presunto editor. Pero la colección donde debía figurar había ya desaparecido. Y la última carta que le escribió le llegaría a través de Ana Becciu, ya que Pizarnik se había suicidado el 25 de septiembre de 1972. Beneyto acudió sin éxito con el libro a varios editores hasta que a finales de 1974 recaló en Ocnos. La lectura de aquella poeta para mí desconocida fue fulgurante. Se publicaría pocos meses después, introducida con las palabras que Octavio Paz le había dedicado a propósito de su libro árbol de Diana en 1962. La poesía de Pizarnik tardó en calar en los lectores, pero poco a poco se convirtió en una presencia indiscutible entre las entonces nuevas voces de la poesía latinoamericana.

La edición de esta Poesía completa, que en la portada interior se denomina Poesía (1955-1972) con mayor propiedad, completa y amplía en mucho el libro antes mencionado. Anna Becciu aclara, sin mencionar la anterior publicación española, que en él figuran “los poemas póstumos reunidos por Olga Orozco y por mí, y publicados en 1982 con el título de Textos de sombra y otros poemas, publicados por Editorial Sudamericana de Buenos Aires, y poemas que han permanecido inéditos hasta la fecha”. Sin embargo, no todos los textos que integraban aquella edición han sido ahora incluidos, puesto que la editora ha considerado que encajarían mejor en otro volumen que se anuncia ya de sus prosas.

No es sencillo diferenciar lo que puede entenderse como poesía o prosa en la autora, quien deliberadamente rompe múltiples convenciones, pero su editora asegura: “me dejé guiar por el tratamiento muy particular del ritmo que Alejandra Pizarnik daba a sus textos en prosa”. Habrá que admitir, sin embargo, que la obra poética de Pizarnik, sin esas prosas-ensayo, auténticos poemas, como “Acerca de la Condesa Sangrienta” o su relectura de Nadja, de André Breton, parece menos evidente. El lector interesado habrá de tener presente que la Poesía completa ha de entenderse, a la espera del volumen anunciado, como una forma incompleta de conocimiento de la escritora nacida en 1939.

En unas declaraciones de 1968 a la Antología consultada de la joven poesía argentina Alejandra Pizarnik la definía como “el lugar donde todo sucede”. Y, en efecto, sus textos poéticos brillan por la capacidad de imaginación y de síntesis, por el tratamiento del lenguaje y del verso. En “Affiche”, por ejemplo, la impresión poética no puede resultar más sintética: “me esforcé tanto/ por aprender a leer/ en mi llanto”. Un texto tan reducido, fragmentario, casi un haiku, anticipa y, a la vez, estremece.

Contrasta con otros extensos, donde el versículo se alarga hasta la prosa, como “El sueño de la muerte o el lugar de los cuerpos poéticos”. El sexto versículo del poema se convierte en casi una página del libro, se prolonga, aunque sosteniendo el ritmo. Porque una musicalidad propia caracteriza la voz poética de Pizarnik, así como la eficaz utilización de la imagen y del irracionalismo. Las fuentes de su obra son surrealistas. La poeta bebe directamente en Breton y en sus precursores, especialmente en Sade o Lautréamont.

Próxima a Cortázar en su actitud ante el fenómeno creador, Pizarnik manifiesta una evolución interior que nos conduce desde sus primeros poemas -aquellos de los que renegaba- “penas impresas trascendencias cotidianas” hasta “En esta noche en este mundo. Sobre un poema de Rubén Darío”, donde combina la desolación de la soledad en el ámbito de la imaginación. Su proceso es tan rico en experimentaciones como doloroso. Su mundo contiene el poso de tragedia que vino a confirmar su suicidio.

Becciu cierra el volumen con una nota admirativa que dice hasta qué punto la obra de Pizarnik gravita sobre la poesía no sólo femenina y no sólo argentina, ni siquiera hispanoamericana: “Este volumen no es definitivo, en un sentido académico; es sólo una compilación, hecha, eso sí, con lealtad a Alejandra Pizarnik y devoción a su obra, única e irrepetible”. Quienes por razones diversas no hayan oído esta voz íntima, dramática y sensual de una de las autoras clásicas de nuestro tiempo y de nuestra lengua y a ella se acerquen ahora comprobarán, gracias a este volumen, que tras las ajustadas palabras se percibe la figura de una mujer de extremada sensibilidad. Su heterodoxia la convirtió en símbolo no de ayer, ni tan sólo de hoy, sino de siempre.

Lamentablemente se nos informa que su archivo quedará depositado en la Universidad de Princeton. Una vez más los países de habla hispana, pese al Instituto Cervantes, no son capaces de retener el legado de sus autores.