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La revolución azul

Praderas marinas, ganadería y agricultura claves en el cambio climático

 | Publicado el 24/12/2009          Imprimir


El informe Blue Carbon de las Naciones Unidas protagonizó el encuentro El papel de los ecosistemas marinos en la provisión de bienes y servicios a la sociedad de la Fundación BBVA. El oceanógrafo Carlos M. Duarte, coautor del estudio, analiza las causas del cambio climático tras la reciente cumbre de Copenhague.
L a cumbre de Copenhage y las agencias de Naciones Unidas encargadas han buscado frenéticamente opciones para abrir aún más el abanico de actuaciones frente al cambio climático. El objetivo es salir fuera del discurso monolítico que ha dominado los debates en los últimos años centrado en la transición hacia un modelo energético cada vez más libre de emisiones de gases de efecto invernadero. La necesidad de reducir las emisiones derivadas del uso de combustibles fósiles está ya suficientemente clara como también lo están las opciones tecnológicas para conseguirlo, aunque su traducción en compromisos concretos siga siendo insuficiente. Sin embargo, la contribución de otras fuentes de gases invernaderos y, con ellos, la existencia de otras soluciones han quedado ocultas por la insistencia machacona en el mantra: energía = uso combustibles fósiles = emisiones de CO2 = cambio climático.

Desierto y aridez
Basta examinar con algo más de detenimiento la contribución de otros sectores a la producción de gases de efecto invernadero para comprobar que ese mantra oculta una realidad mucho más compleja en el que el aumento de la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera no resulta tan sólo de la quema de gases de efecto invernadero, sino que resulta también en buena medida de la destrucción de los sumideros naturales capaces de retirar CO2 de la atmósfera. La deforestación, con un ritmo de pérdida del bosque tropical del 0.5 % anual a escala global, es uno de los motores de esta erosión de los sumideros naturales, llegando a representar hasta el 70% de las emisiones de gases de efecto invernadero por países como Brasil. Sin embargo, los sumideros más intensos de CO2 no son los bosques tropicales, sino los hábitats costeros como bosques de manglar, marismas y praderas submarinas, los bosques azules, que llegan a capturar hasta diez veces más CO2 por hectárea que la Selva Amazónica. Estos bosques azules se están perdiendo a una velocidad vertiginosa, entre 2 y 10 veces más rápido que la pérdida de bosques tropicales. Desde la II Guerra Mundial se ha perdido aproximadamente la mitad de la extensión de bosques azules en las costas del planeta. La enorme capacidad de los hábitats marinos como sumideros de carbono se deriva de la combinación de dos factores, la gran actividad fotosintética de estos ecosistemas, que captura el CO2 de la atmósfera, y su capacidad para enterrarlo, en forma de raíces y sedimentos en el fondo marino, donde quedan de forma eficiente durante milenios. La preservación de esta materia orgánica en el sedimento marino se explica por la deficiencia en oxígeno de los sedimentos, que deriva en la oxidación de estos materiales orgánicos a CO2 por la actividad respiratoria de los microorganismos.

Marismas y bosques
Es posible mitigar el cambio climático a través de medidas para detener la destrucción de estos bosques azules y recuperar ecosistemas allá donde se han perdido. Estas acciones tendrían el potencial suficiente para compensar la mitad de las emisiones de CO2 derivadas del sector de transporte. Esta aportación tiene la ventaja de que no requiere tecnologías complejas, sino que la tecnología y los recursos para rehabilitar a gran escala marismas y bosques de manglar están al alcance de países en desarrollo, como demuestra el éxito de la recuperación del gran bosque de manglar del Delta del Mekong, el mayor del mundo, por el pueblo vietnamita tras su destrucción por la aviación norteamericana.

Ecosistemas
La recuperación de las praderas submarinas es más compleja y cara, pero es también posible si se usa de forma inteligente la capacidad de crecimiento exponencial de estos ecosistemas en los planes, necesariamente a largo plazo, de regeneración. Además, la recuperación de estos ecosistemas genera múltiples beneficios, pues actúan como barreras efectivas para la protección de la línea de costa, mitigando los impactos del aumento del nivel del mar y de los temporales que se derivarán del cambio climático. Además, estos ecosistemas actúan como hábitats para un gran número de especies, por lo que su recuperación contribuye a restablecer los recursos vivos marinos, depauperados globlamente por la sobrepesca. Detener la destrucción de los hábitats marinos requiere actuar sobre sus causas, que conocemos relativamente bien, y que incluyen: la destrucción física de estos lugares para aprovechar su madera, sustituirlos por infraestructuras o zonas urbanas o instalaciones de acuicultura o por proyectos mal entendidos de sanidad pública; el enterramiento de estos ecosistemas por el exceso de aportes de sedimentos tras la deforestación de las cuencas costeras o la construcción de infraestructuras que alteran el transporte de sedimentos; los daños ocasionados por las artes de pesca y anclas de embarcaciones; los aportes excesivos de materia orgánica de las zonas urbanas costeras, y la gran producción de nitrógeno, derivado de la agricultura y la ganadería, afectan negativamente a la calidad de las aguas costeras y a su capacidad para mantener estos bosques azules.

Son la ganadería y la agricultura dos sectores que juegan, por sí solas, un papel importante en la causa del problema del cambio climático . También lo han de jugar en su solución. Por eso, cabe preguntarse qué es lo que ha venido a reemplazar los bosques que hemos destruido en tierra. La respuesta es fundamentalmente los campos de cultivo y pastizales, que ocupan casi la mitad de la superficie de los continentes. De hecho, éstos no sólo no actúan como sumideros de carbono sino que la agricultura y la ganadería son responsables de una parte importante de las emisiones de gases de efecto invernadero. Estas emisiones son además de gases con un potencial de efecto invernadero muy superior al del CO2, como el óxido nitroso, producto de la aplicación masiva de fertilizantes en agricultura y la producción de purines de ganado, y el metano, consecuencia de las flatulencias del ganado. La adopción de buenas prácticas en agricultura y ganadería tiene, por tanto, un enorme potencial, aún por explotar, para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

También lo tiene la adopción de dietas saludables, ya que el aumento del consumo de carne per cápita es la causa de la proliferación de la obesidad (y sus problemas de salud asociados como las enfermedades coronarias) además de la gran expansión reciente de la ganadería y de las emisiones asociadas de óxido nitroso y metano.

La atmósfera
Como consumidores de energía y alimento tenemos una gran responsabilidad y una enorme capacidad de afectar las emisiones de gases de efecto invernadero. El problema del cambio climático no requiere sólo de grandes acuerdos internacionales sino también de actitudes responsables, basadas en información científica fiable, de los ciudadanos y de actitudes solidarias. La atmósfera, que hemos perturbado con estas emisiones, es un bien común con el que estamos comprometidos. Finalmente, decir que las emisiones causan tanto perjuicio cuando son generadas en nuestro propio hogar como cuando se generan en el lugar más remoto del planeta. Carlos M. DUARTE