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Nuria Espert

FRANCISCO UMBRAL | Publicado el 25/10/2000          Imprimir


La recuerdo pisando la lona de Víctor García, en Yerma, o cultivando el lenguaje de las flores en una Andalucía lluviosa, o en Genet, o entrando en Oliver, de madrugada, como si entrase a la cita de nuestra vida


El verano pasado, en El Escorial, una mujer muy blanca y con gafas negras, delgada y vestida de azul, se acercaba a mí. “Al fin, una coleccionista de autógrafos guapa”, pensé. Pero se quitó las gafas y aparecieron sus ojos de leopardo, más claros a la luz del día, los ojos deslumbradores y nocturnos de Nuria Espert que, hace unos veinte años, entraba en las ergástulas de la movida madrileña, después del teatro, con esa risa/sonrisa que le levanta un poco más las altas mejillas, los beligerantes pómulos, achinándole deliciosamente una cara que no tiene nada de china. Ahora la veo blanca, blanquísima -ya me había fijado en las piernas de la desconocida, con un elegante traje de chaqueta azul marino-. Blancura cálida toda ella, una Nuria que se ha espiritualizado y, sobre todo, se ha diferenciado de tanta carne requemada y transeúnte como nos trae siempre agosto, porque creo que era agosto.

Nuria expansiva, Nuria memoriosa, Nuria elogiosa. El encuentro fue breve y cordial, la imagen actualísima de Nuria, se impuso a mis recuerdos nocturnos de ella, siempre teatrales y siempre excepcionales. Algo así como la rosa blanca del jardín triunfando muy sencillamente de las rosas rojas y barrocas de un rubor cansado. Las manos frías, como corresponde a tanta blancura.

Pero me he quedado a solas, desde entonces, con el recuerdo reiterado de la Nuria noctámbula, noctívaga y nocherniega, para descubrir lo que nunca había pensado: que a Nuria, ensalmo de la noche, le va mejor el día. Mejor la luz inocente de la mañana que los metales nocturnos de la madrugada.

Sólo una vez, anterior a ésta, pude tener ante mí a la Nuria matinal, que tiene más de Melibea que de Lady Macbeth, aunque ella se obstine en lo contrario. Fue hace bastantes años, cuando la censura, que ella quería estrenar La puta respetuosa, de Sartre, y Robles Piquer, entonces en oficios de cuñado/censor, se negaba a tal. Yo creo que ambos, Nuria y él, se obstinaban en un match muy tonto, pues que esa obra del francés sólo nos prueba que las putas son buenas y los burgueses son malos. Para ese viaje no hacían falta alforjas existencialistas ni marxistas.

Pero el censor creía que aquello era gravísimo, y mi querida Nuria, ay, también, sólo que del otro lado. Ella quería ser la p... respetuosa, y Robles le dijo, tomando palabras de su pariente: “Yo soy una locomotora y voy a pasar por encima de usted”.

Nuria y yo habíamos quedado en Los Italianos, de San Jerónimo, que ya no existen -un Banco, claro- para que me contase el resultado de la visita, que me interesaba como periodista o reportero audaz. Y se presentó como había ido sabiamente a ver a Robles, y me contó lo que ya he contado.

O sea, Nuria sin maquillar, con el pelo recogido en moño, una rebequita clara, una falda sencilla y esas piernas líricas que no hay manera de disimular. Me indignó el comportamiento de la censura, pero la cosa quedaba atenuada porque yo no creía en la función y porque aquella Nuria novísima, domesticada, expresiva de verdad y no de teatro, me enamoraba mucho más que la Nuria nocturna de Lorca o de algún extranjero raro.

Han sido necesarios unos cuantos años para que yo vuelva a encontrarme con la NE doméstica, deliberadamente sencilla, con el moño alborotado por la ira contra el Poder. Claro que ahora va de señorita discreta, pero los ojos y la carne son los mismos. Entre ambos encuentros, la lona de Víctor García, el flamenco de Viola, la estampa romántica de doña Rosita, lo de ahora mismo, o sea Virginia Woolf, etc., con Marsillach.

Adolfo, amor ¿tú nunca has estado enamorado de tu paisana la Espert?

Es nuestra única actriz de teatro internacional. Sólo se la podría emparentar con Pina Bausch. Sigue difundiéndose por el mundo y también la recuerdo en su apartamento de la Plaza de Oriente, con su hija ya muy crecida. Alfredo, gran pintor amigo mío, metió el Guernica de Picasso en el entierro de Franco, y ahí salía Nuria, desde su balcón, con la antorcha del cuadro.

-Dime, Nuria ¿no crees que aquello de la puta sartriana y los burgueses malos era un folletín romántico?
-¿Y no crees tú que Sartre quiso hacer eso, unos títeres con una muñeca, para llegar mejor a la gente? Pues a mí me apetecía hacer aquella muñeca.
-Y la hacías deliciosa y conmovedora.
-Pregúntame por el gran error de mi vida.
-En tu vida impecable sólo has cometido un error: hacer aquella película de Arrabal.

A lo mejor no nos volvemos a ver en otros veinte o treinta años, pero la recuerdo pisando la lona de Víctor García, en Yerma, como la arena de un desierto, como el empedrado de un sueño, o cultivando el lenguaje de las flores en una Andalucía lluviosa, o en Genet, o entrando en Oliver, de madrugada, como si entrase a la cita de nuestra vida, aunque no estábamos citados para nada. Maravillosamente falsa, maravillosamente verdadera. He conocido a las dos Nurias. Que no pasen otros veinte o treinta años, chica.