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La historia desgarrada

ENZO TRAVERSO

Traducción de David Chiner. Herder. Barcelona, 2001. 253 páginas, 2.500 pesetas

ENRIQUE OCAÑA | Publicado el 23/05/2001          Imprimir


Traverso reconstruye y valora la primera reflexión sobre el genocidio judío abordada en el decenio crucial, entre los años 40 y principios de los 50


El lector interesado en pensar el horror cifrado en el siniestro topónimo de Auschwitz dispone en la actualidad de la trilogía de Primo Levi editada por Muchnik, y en breve la editorial Pre-textos publicará el clásico testimonio de Jean Améry: Más allá de la culpa y la expiación. Precisamente, el libro que reseñamos aquí, titulado en francés L´Histoire déchirée (1997), contiene un capítulo sobre estos dos supervivientes y dedica otros cinco a Hanna Arendt, Gönther Anders, T. W. Adorno, Paul Celan, Sartre y Dwight MacDonal. El autor, Enzo Traverso (1957), oriundo de Italia, es profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Picardía (Amiens), y cuenta ya en su haber con dos libros vertidos al castellano: Los marxistas y la cuestión judía (1996) y Siegfried Kracauer (1998). La historia desgarrada, que prolonga la investigación iniciada con Juifs et l´Allemagne (1992), reconstruye y valora la primera reflexión sobre el genocidio judío abordada en Europa y Estado Unidos durante el decenio crucial comprendido entre los años 40 y principios de los 50.

Centrándose particularmente en tres grupos, Traverso propone en el primer capítulo una tipología de los intelectuales que a la sazón intentaron pensar Auschwitz: hombres de espíritu como Jean Paul Sartre y Raymond Aron que permanecieron ciegos ante la singularidad del exterminio judío, supervivientes como Levi, Améry y Celan que legaron un testimonio autobiográfico y literario y pensadores judeoalemanes como Arendt, Adorno y Anders que desde el exilio asumieron el papel de “alertadores de incendio”. Según la tesis defendida por Traverso, en un contexto de ceguera e indiferencia generalizada, sólo un pequeño núcleo de emigrantes, aleccionados por el barrunto de Kafka y el diagnóstico de Weber y Benjamin (capítulo II), percibieron Auschwitz como una cesura histórica, como una ruptura con la civilización occidental que ponía en tela de juicio tanto los conceptos políticos y filosóficos como las tradiciones literarias heredadas por la modernidad. Por primera vez en la historia de Europa se planifica estatalmente, con métodos propios de la racionalidad burocrática y tecnológica, el exterminio de un grupo humano no por lo que “hace”, sino por lo que “es”; se persiguen y castigan no tanto actos o creencias, profesiones de fe o credos políticos como la fatalidad de un nacimiento, de una identidad esencial impuesta a las víctimas. En contraste con la narración de los militantes de la Resistencia, por lo general optimista y edificante, confiada en la victoria final del derecho sobre la fuerza, la memoria judía “introduce una disonancia dialéctica teñida de melancolía, dolor y a veces desesperación”, más cercana a los vencidos que a los vencedores. De hecho, el desarraigo, la extraterritorialidad geográfica, política y cultural de este grupo de apátridas, supone una ventaja intelectual, pues extiende el campo de visibilidad más allá de los condicionamientos impuestos por prejuicios arraigados y representaciones del mundo tradicionales. Su extrañamiento favorece el empeño crítico y disidente propio de toda heterodoxia intelectual. La circunstancia de que la mayor parte de estos pensadores sean judíos asimilados a las culturas de los respectivos países de acogida explica, según Traverso, otro rasgo significativo de su mirada privilegiada, a saber: que no interpretan Auschwitz como un acontecimiento particular interno de la historia de un pueblo, sino como un hecho de alcance universal que afecta a la totalidad del trayecto de la civilización europea: la culpabilidad y el duelo superan las fronteras de Alemania y del pueblo hebreo hasta comprometer a la humanidad entera. Esta intelligentsia analizada por Traverso se opone por tanto a la visión judeocéntrica de la historiografía sionista que se caracteriza por integrar Auschwitz “en la secuencia histórica de las catástrofes judías que desembocan en el nacimiento redentor de un Estado judío”. Curiosamente, una nueva versión de la filosofía de la historia hegeliana, cuya privatización del genocidio cumple una función de legitimación política que impide pensar la herida en toda su profundidad.

Sin embargo, la tentativa de comprensión de un fenómeno como Auschwitz no puede por sí misma suturar el desgarro de la historia. El autor parece negar, como Jean Améry, la máxima de que el tiempo todo lo cura, puesto que de este modo se extrapola ilegítimamente el proceso natural de cicatrización de heridas al luto ocasionado por la muerte masiva. Moralizar la historia supone liberarse de esta trasposición subrepticia. En definitiva, tras la lectura de este ensayo cabe llegar a la misma conclusión que extrajo Adorno en la Herida Heine, a saber, el desarraigo sin patria es ya universal: todos estamos dañados en nuestro ser y en nuestro lenguaje como lo estuvo el excluido.