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La hipertrofia del yo

por José Antonio Marina

JOSÉ ANTONIO MARINA | Publicado el 12/06/2003          Imprimir


La obsesión por el “yo”, como analiza el filósofo José Antonio Marina, es una realidad central en la contemporaneidad. Frente a otras culturas, el hombre occidental es individualista y tiende a subjetivizar todas las actividades. Así ocurre en el arte, donde no sólo se ha potenciado el discurso en primera persona, sino que el artista ha tomado como motivo su propia imagen, su rostro, su cuerpo, su lugar. Abrimos con este texto el apartado dedicado a la identidad, que completan escritos y fotografías de artistas participantes en el festival.
La cultura occidental puede contarse como la historia de un Yo que ha ido engordando. Es fácil señalar las etapas principales. La reforma protestante apeló a la propia conciencia frente a la autoridad. Descartes instauró el Yo pienso como instancia definitiva, la Ilustración hizo lo mismo con la razón, el romanticismo exarcerbó el protagonismo del Yo y el idealismo alemán lo convirtió en el origen de todo y, como último paso, encontramos la insistencia en los derechos individuales. Todo ha desembocado en una afirmación desmesurada del Yo que no deja de plantearnos problemas. Lo que comenzó siendo una necesaria defensa de la autonomía personal se ha convertido en un obsesivo cuidado de sí mismo y en un narcisismo galopante. Hoy Narciso es, a los ojos de un importante número de investigadores, el símbolo de nuestro tiempo.

El movimiento se aceleró porque el siglo XX salió escaldado de algunas propuestas colectivistas. En nombre del Estado, la Raza, el Partido, se impusieron dictaduras que anulaban al individuo, y que, al ser derrotadas, produjeron como reacción una glorificación a ultranza del individualismo. Comenzó entonces el gran festival de las palabras que comienzan por “auto”: autorrealización, autosuficiencia, autoconciencia, autoestima, autoayuda.

El arte ha experimentado también un proceso de subjetivización. La pintura en el siglo XX sufre un proceso de liberación que no trata de valorar objetivamente las creaciones sino reconocer su valor biográfico. No hay nada que aprender. Todo lo auténtico es valioso. “Es hora de ser los amos -escribía Apollinaire-. Cada divinidad crea a su imagen y semejanza, así también los pintores”. Ha llegado el momento de afirmar orgullosamente el Yo, absuelto de la realidad, suelto, desligado, libre, poderoso. Malevich auguraba que el hombre se convertiría en dios. Huidobro decía lo mismo con tono más inflamado: “Toda la historia del arte no es más que la evolución del hombre-espejo hacia el hombre-dios o el artista-dios, que resulta ser un creador absoluto”. Los impresionistas, en cambio, eran todavía capaces de venerar. Lo mismo le ocurría a Cézanne, sometido humildemente a la realidad. Fue un pintor casi franciscano. “Mi método -decía- es el odio por la imagen fantástica; es realismo, pero un realismo lleno de grandeza. Es el heroismo de lo real”. La pintura moderna, para glorificar la libertad del artista, tiene que romper con la realidad, con la tradición, con las técnicas, con las normas. “Se trata de desacreditar la realidad”, dijo el perspicaz Dalí. ¿Para qué? Para que destacara más el Yo personal como origen de todo. “Todo lo que firmo, lo convierto en obra de arte”, decía Warhol.

A esta hipertrofia del Yo ha contribuido la psicologización de nuestra sociedad, el predominio del discurso posmoderno en primera persona, la subjetivización de todas las actividades antaño impersonales u objetivas. Por ejemplo, la moral incluía una preocupación por el otro, pero la psicologización enfatiza el interés por uno mismo. Incluso las actividades de ayuda se emprenden “porque me siento bien haciéndolas”. Helena Béjar, en un bello libro titulado La cultura del Yo indica que “la preocupación por el Yo ha usurpado el papel de la religión como núcleo de la vida espiritual o moral del hombre moderno. A dicha religión autocentrada corresponde la psicoterapia como vía de salvación”. La preocupación por la autoestima llega hasta tal punto que en Estados Unidos se han emprendido campañas estatales para fomentarla.

Otras culturas han seguido caminos diferentes. La cultura africana sigue apoyándose en la familia, y algo semejante sucede en las culturas orientales. Según Takeo Murae, un conocido sociólogo japonés, “al contrario que en Occidente, no se anima a los niños japoneses a enfatizar su independencia y autonomía. Son educados en una cultura de la interdependencia. El ego occidental es individualista y fomenta una personalidad autónoma, dominante, dura, competitiva y agresiva. Por el contrario, la cultura japonesa está orientada a las relaciones sociales y la personalidad tipo es dependiente, humilde, flexible, pasiva, obediente y no agresiva”.

Cada una de estas idelogías tiene su cara y su cruz. Nuestro individualismo es, en efecto, obsesivo y belicoso, pero la sumisión oriental favorece la aparición de tiranías. Necesitamos aprender unos de otros. Los occidentales hemos cuidado nuestro propio Yo con tanto esmero que, al final, no sabemos cómo poner esa intimidad clausurada en relación con otra intimidad. Aquí encuentro la razón del frecuente fracaso en las relaciones amorosas actuales. No sabemos cómo unir dos individualidades autosuficientes, preocupadas por su autorrealización. En nuestra cultura, del Yo al Tú no parece haber fácil atajo.