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Gala, Ángel y demonio

por Silvia Munt

La musa perfecta

 | Publicado el 06/05/2004          Imprimir


Cuando se habla de Gala flota siempre una eterna pregunta, una incógnita inquietante que parece imprescindible descifrar para seguir adelante… ¿Era Gala un ángel o un demonio? Si pensamos, por ejemplo, en Picasso, Virginia Woolf, Einstein, Bill Clinton, Isadora Duncan, Frida Khalo, Alma Mahler, Baudelaire, Warhol, o incluso el Papa, nos encontramos con que casi todos los individuos interesantes lo son porque coquetean con el ángel y el demonio que llevamos dentro. Gala, obviamente, también se nutrió de su ángel y de su demonio para elaborar su personaje y para dar altura a su oficio, el de musa. Porque era la musa por excelencia, entendiendo que las musas deben ser intensas y frívolas, religiosas y amorales, deben saber amar y ser amadas, deben ser mujeres excitantes que despierten todo lo que está dormido, que es mucho, sobre todo cuando hablamos de hombres geniales como con los que Gala tuvo la suerte o la perspicacia de encontrarse.

Gala nace en Kazán en 1894, aunque su infancia transcurrió en Moscú. Gala era una niña hipersensible que padecía ataques de risa histéricos y que, según ella dice, estaba enferma de los nervios. Se cría en una familia conflictiva, con unas relaciones problemáticas, posiblemente incestuosas, en un entorno económicamente precario, en un país muy duro, con una climatología severa y una escena política llena de adversidades. Rusia es un país trágico y profundo y éste es el marco en el que Gala toma conciencia de la potencialidad de la vida interior como reacción a un panorama desalentador. La sensibilidad de Gala encuentra refugio en la familia Tsvétaeva, una familia culta que vive para el arte. Las hermanas Tsvétaeva le muestran un camino artístico, le enseñan la alternativa de la literatura como arma para sobrevivir. Pero en seguida descubre que ella no tiene el talento creador de las Tsvétaeva aunque, como ellas, necesita del arte para soportar la existencia. Es entonces cuando crea su propio oficio, que consistirá en reconocer al artista y estimularlo. Gala ya está preparada para encontrarse con Paul éluard.

En 1912, en el sanatorio de Davos (Suiza), Gala conoce a éluard, un adolescente frágil y tuberculoso que empieza a escribir sus primeros poemas. Gala reconoce al artista, al creador, incluso en este estadio tan primerizo, y concreta en él todo su potencial, uniendo así sus dos pasiones: el arte y el amor por un hombre. Desde París, Gala escribe a éluard confesándole su absoluta dependencia y su amor incondicional.

Poco a poco irá mutando para convertir a la mujer romántica que era en la mujer surrealista por excelencia; será la mujer de todas las libertades: la libertad de creencia, la libertad de opinión, la libertad de imaginación, la libertad cultural, la libertad sexual. Es, por tanto, la primera mujer surrealista, en tiempo y en importancia, ya que será la pareja de tres de sus máximos representantes: éluard, Max Ernst y Dalí. Y es eso, curiosamente, lo que llevará a Gala a no ser bien vista por los surrealistas más puritanos y dogmáticos como André Breton. Gala es la bruja, con todo lo que comporta de referente extraordinario, perverso y esotérico. Es una mujer culta, con una opinión propia y fundamentada y que muchas veces no es la misma que la de sus contemporáneos. Pero a ella le da igual. No se somete a la sociedad y no se deja intimidar.

En cuanto a la libertad sexual, a pesar de lo que se quiere hacer creer, es Paul éluard quien empuja a Gala a tener una vida sexual abierta y desinhibida. éluard es un hombre con sus propias obsesiones que necesita mucho del sexo, del sexo con otras mujeres e incluso con otros hombres, y Gala juega el papel que su marido le pide que juegue, fiel a su concepto de entrega absoluta. Es él quien la invita a tener relaciones con otros hombres, basta con leer sus cartas. Estas cartas maravillosas que éluard le escribe a Gala durante casi treinta años, hasta su muerte, nos muestran el gran amor que los une, su gran complicidad e incluso dependencia, y a la vez la imposibilidad por parte de Gala de soportar la libertad que ellos mismos desean.

Después de unos años de matrimonio, Gala, primero empujada por los fantasmas de éluard, y cada vez más por su propia soledad, comienza a relacionarse con los grandes hombres del surrealismo, amigos de éluard, como Max Ernst o Giorgio De Chirico; artistas que, según numerosos testimonios, disfrutaban de una creatividad más rica y más interesante cuando se relacionaban con ella. Gala se distancia paulatinamente de éluard y es en esta situación de soledad y desesperanza cuando Dalí les invita a Cadaqués.

Era el año 1929 y para intentar evocar lo que debía ser el encuentro de estos dos personajes lo mejor es remitirnos a las palabras del propio Dalí: “Gala salió del coche, con el rostro displicente, en el mismo instante en que yo estallaba en una de mis crisis de risa. Con su intuición de médium, comprendió el significado exacto de mi risa. Mi carcajada no era escepticismo; era fanatismo. No era frivolidad; era cataclismo, abismo y terror. Gala me escuchó. Me adoptó. Fui su niño, su hijo, su amante, me abrió el cielo y los dos nos sentamos en las nubes, lejos del mundo. Me dijo: ¡NIñITO MíO! No nos separaremos nunca”.

Gala abandona la existencia desahogada que tanto le había costado alcanzar para comenzar desde cero, con un muchacho joven, extravagante, desconocido, incomprendido y desheredado con quien se instaló en una barraca de pescadores de cuatro metros cuadrados en Port Lligat. Tendrá que ponerse a trabajar para superar esta situación si quiere conseguir su objetivo: que Dalí pueda llevar a término su obra. Es una época en la que ella le abre las puertas de París y recorre las calles para vender los cuadros y las ideas de su amado creador. A cambio, es cierto, lo empuja a trabajar con mucha exigencia, cosa que Dalí nunca le reprochará.

Gala busca todas las formas posibles para que la obra de Dalí pueda materializarse y también lo anima a escribir. El libro L"amour et la memoire, que el editor francés se negó a publicar dado el contenido obsceno de los poemas, llegó finalmente a imprenta gracias a los esfuerzos de Gala, que imprimió el libro personalmente. Gala también se encarga de crear el Zodíaco, un grupo de mecenas que compran las obras de Dalí de manera rotativa, permitiendo que la preocupación por el dinero pueda dar paso a la tranquilidad y a la efusividad creadora. Pero hay que tener muy presente que la influencia que ejerce Gala sobre Dalí no se limita sólo a un nivel meramente económico o práctico. Dalí absorbe a Gala. Entroncando con la teoría daliniana que expresa el deseo de comerse a los seres queridos para asimilarlos, podríamos decir que Dalí fagocita a Gala y con ella toma posesión de sus creencias, de sus filosofías. Gala selecciona buena parte de la biblioteca de Dalí, mostrándole así el camino hacia un mundo que fascina al pintor. Dalí entra en contacto con el mundo de lo invisible, con el mundo del esoterismo, de la “verdad” entendida como intuición y no como pensamiento empírico. Gala llega al extremo de convencer a Dalí para que estudie la técnica de la pintura de los maestros clásicos, aportándole una maestría que el pintor le reconocía siempre que tenía ocasión.

La voluntad de alejarse de los conflictos bélicos que sacudían Europa en 1940, y la necesidad de encontrar un refugio donde Dalí pudiera llevar a término su tarea, hacen que la pareja se embarque hacia Nueva York. Es un momento especialmente pletórico para Gala. Como desagravio de todo su pasado, hará que se pague lo más caro posible al artista. Crea un imperio de marketing, inventando el concepto de Dalí como marca registrada.

La estrecha relación tanto personal como profesional que comparten Gala y Dalí durante sus primeros veinte años no será la misma que en sus últimos años de convivencia. Otra vez, la historia se repite; el hombre se le escapa, pero en esta ocasión es diferente. Dalí necesita un entorno que lo halague, unas criaturas que lo sorprendan y Gala comienza a requerir la tranquilidad de una pareja más discreta. Es por eso por lo que sin desvirtuar, sin romper su relación, también comienzan a tener necesidades eróticas diferentes. Dalí es un voyeur, necesita de un espectáculo que le entre más por la vista que por el cuerpo y Gala necesita el amor del hombre, el amor pasional que busca desesperadamente con los diferentes amantes que va encontrando hasta el final de sus días. Los dos mantienen vidas paralelas que los alimentan para poder volver al matrimonio más fuertes, más amantes, con energías renovadas que les permitirán sobrevivir hasta el final de sus días.

No creo necesario hablar de la etapa más decadente de Gala y Dalí. Tuvieron una vejez difícil, yo diría que muy dura porque vivieron al límite, exprimieron la vida hasta sus últimas consecuencias y, en estas circunstancias, la vejez se les hizo insoportable. Es posible que Gala cayera en su propia trampa, obsesionándose por el dinero, con verdadero terror de verse algún día arruinada. Pero es cierto que toda su energía, toda su inteligencia y toda su pasión las encauzó de una forma coherente hacia las dos cosas que le importaban: el amor vivido con la máxima pasión y el arte como medicina para soportar la existencia.

Se podrán decir muchas cosas de Gala, su crueldad hacia los enemigos, su intransigencia con los colaboradores comerciales, su competitividad con el sexo femenino… pero nunca se podrá decir que no quiso por encima de todas las cosas a su marido, a su niño, a su pequeño Dalí. Vivió para él, también es verdad que vivió de él, pero para eso tuvo que anularse, para entrar en lo más íntimo del espíritu del hombre creador. Sólo puedo sentir fascinación por los momentos sublimes que Gala y Dalí vivieron como amigos, como pareja, como colegas, aunque después hayan tenido que pagar el precio altísimo de su propia decadencia. Pienso que Gala enalteció el concepto de musa. Después de Gala, el sentido de la palabra musa ya no volverá a ser el mismo. Gala era la auténtica musa. Inspiró, excitó, divirtió, dio confianza, estimuló a los hombres que tuvo a su lado de una manera superlativa, genial.