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Viernes, 24 de mayo de 2013
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Rima interna

por Martín López-Vega

Nuno Júdice, Premio Reina Sofía

  • 27/05/2013
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Hace poco comentaba en este blog el último libro de poemas del poeta portugués Nuno Júdice (Mexilhoeira Grande, Algarve, 1945), Fórmulas de uma luz inexplicável (Dom Quixote), noticia estos días por la concesión del premio Reina Sofía. Hay que alegrarse porque de vez en cuando el jurado recuerde que también puede premiar a poetas de lengua portuguesa: hasta ahora el premio, que se viene convocando desde 1992, sólo se había concedido a una poeta portuguesa, Sophia de Mello, y al brasileño João Cabral de Melo Neto. Sin duda hay otros poetas portugueses que merecen el premio, pero también sin duda Nuno Júdice es uno de ellos. Estaría bien que el premio se acostumbrase a mirar con más frecuencia a la lengua portuguesa; para ello sería necesario que alguno de los miembros del jurado, que alterna nombres indiscutibles con curiosos exotismos, incluyera algún que otro escritor portugués y brasileño.

Júdice (que además de poeta es un lúcido ensayista) es un autor con el que la palabra prolífico se queda corta. En Portugal, sólo se me ocurre el nombre de João Miguel Fernandes Jorge como alguien con una bibliografía equivalente. En Europa, tal vez Tomaz Salamun. En España, ni siquiera Ángel Guache en sus buenos tiempos hubiera sido capaz de alcanzar el ritmo de publicación de un Júdice que ha publicado, si las cuentas no me engañan, treinta libros de poemas, sin contar recopilaciones. En su obra podríamos distinguir tres etapas: una primera, más abstracta, que llegaría hasta Meditación sobre ruinas, uno de sus títulos fundamentales, publicado en 1995. Después de ese libro vienen una serie de poemarios fundamentales de la poesía portuguesa última, especialmente El movimiento del mundo, de 1996, y Teoría general del sentimiento (1999). A partir de ahí, podría decirse que la poesía de Júdice deja de crecer y comienza a engordar, añadiendo volúmenes y volúmenes de poemas que a menudo nos parece que ya había escrito antes mejor. Con todo, es tal la fuerza de su tono, su dominio del lenguaje poético, que es imposible no seguir leyéndolo, buscando nuevos matices, encontrando, en cada nuevo libro, media docena de poemas que añadir a los mejores de su autor. Probablemente, una mayor selección de la abrumadora cantidad de material publicada ayudaría a un mejor entendimiento de su obra; por otro, sería injusto que esa repetición evidente de temas y modos ocultase una voz tan personal y potente como la de Nuno Júdice.

Júdice es, de los poetas últimos portugueses, uno de los mejor conocidos en España. Dejo aquí algunas traducciones de poemas suyos para el lector que aún no se haya acercado a sus versos.

Hamlet

Hay un instante, antes de despertar, en que
sueño y realidad se confunden. Unas veces
el sueño impide que se haga esa distinción;
otras nos juzgamos metidos
en la vida sin saber que aún no hemos salido
del limbo nocturno. En todos los casos,
sentimientos y emociones sobresaltan
el cuerpo; nos movemos hacia uno y otro lado
con la angustia de la doble existencia; nada
dominamos de las acciones que, sin embargo,
sufrimos como si algo nos hubiese arrancado
de la cama. Durante el desayuno, pensando
en ello, ya poco queda de cualquier cosa
de la noche. Ni las personas, ni las palabras,
ni las imágenes, nos atormentan con la intensidad
de hace poco. Por tanto, es como si nos faltase
alguna cosa nuestra. Y durante el día repetimos
gestos que no sabemos a quién se dirigen;
oímos frases de las que no comprendemos
el sentido; y no sabemos, de hecho,
dónde encontrar una explicación para ese
deambular entre ser
y no ser.

Un invierno en Lisboa

Es verdad que Lisboa, en invierno, no tiene
la consistencia de una ciudad del norte. El aire
es húmedo, el frío no cala en el alma, y no
encuentras los blancos puros, ni los grises que
ressiten, ni siquiera el sentimiento inquietante
de que el mundo se detuvo bajo la mortaja celeste.

Las ciudades, sin embargo, engañan. Y en Lisboa,
en invierno, hay quien sufre con la soledad que
cae con la tarde. Un final de frase puede traer
consigo la percepción de la muerte; y ninguna palabra
conseguirá dar un sentido a quien no sabe
qué camino seguir, o en qué café entrar.

En Lisboa, en invierno, puede verse, de vez
en cuando, una mariposa perdida entre
los coches mal aparcados. Sus alas
no brillan; y puede hasta dudarse
si estará viva o muerta. Pero cuando los dedos
se acercan para cogerla, se mueve;
parece huir, pero finalmente cae al suelo.

Es verdad que, en invierno, poco más le queda
a una mariposa que morir. Pero quien ve
en ella la ilusión de que la primavera ya se aproxima,
se pregunta después: ¿Es esto la vida? ¿Crisálida
de nada, vacío, angustia de nunca haber sido?

Sur

Todo, allí, es simple y complejo: la luz,
la soledad, la mirada que se sobresalta cuando cae
la noche y cuando nace el día; y también
las risas de mujeres que se oyen a lo lejos,
traídas por el aire, cuya transparencia se siente
en la propia respiración. Mientras, me inclino
sobre el balcón y adivino que algo se oculta,
más allá de los muros y las huertas, y me llama
sin que yo pueda responder. Entonces,
vuelvo para adentro; preparo el café; y
mientras el agua hierve el misterio desaparece,
inútil y excesivo, al comenzar la tarde.


Los habitantes de la casa deshabitada de Sánchez Rosillo

  • 20/05/2013
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Hay algo en la poesía de Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948) que tiene que ver con el silencio, con una soledad habitada. A menudo, en sus poemas el poeta se interpela a sí mismo y casi siempre, cuando aparecen otras figuras, son visiones del pasado, imágenes que observamos como fotografías antiguas o como vívidos hologramas que, viniendo de muy lejos, habitan el presente con insistencia de presencia real. Cada poema de Sánchez Rosillo arranca en ese silencio habitado como un fragmento de monólogo interior, de amigable conversación con uno mismo. Su obra completa puede considerarse un tratado sobre el poder de la palabra consoladora, sobre la humana necesidad de la palabra como compañía para entender esa rara paradoja: cuando estamos solos jamás conseguimos estar solos. Sánchez Rosillo ha titulado las diversas ediciones de su poesía completa Las cosas como fueron, subrayando su matiz biográfico y pensativo. Podría igualmente haberlas titulado robando (y cambiándole el sentido) a Jardiel Poncela ese enorme título suyo: Los habitantes de la casa deshabitada.

Eloy Sánchez Rosillo es de esos poetas que, como Andrés Trapiello, parecen (sólo en apariencia) estar escribiendo siempre el mismo libro. Nada más lejos de la realidad. De hecho, en la poesía de Rosillo ocurre algo curioso: esas presencias de sus poemas, en vez de estar cada vez más lejos en el tiempo de la memoria y el poema, están cada vez más cerca. Eso, en la evolución de su poesía, ha supuesto un avance desde el tono más melancólico de la primera parte de su obra a la poesía celebratoria que se abre paso desde, sobre todo, Oír la luz, su libro de 2008, de título tan significativo.

La poesía de Sánchez Rosillo busca crear un ambiente, ese ambiente de silencio amigo, en el que luego surge la evocación. Eso hace que los poemas mayores aparezcan acompañados a menudo de otros cuya única finalidad parece ser contribuir a crear ese ambiente. En el debe cabría anotar también una cierta monotonía de tono (que para otros será una virtud, así que es un debe relativo) y el riesgo de la frase de calendario zaragozano que siempre acecha a los poetas que buscan el aforismo (y Sánchez Rosillo lo hace sólo en contadas ocasiones). Estos dos riesgos, con todo, los evita Rosillo la mayoría de las veces. Caídas, por lo demás, necesarias en cualquier poeta de camino a esos poemas mayores. Antes del nombre es un libro imprescindible entre los suyos y tiene poemas de esos en abundancia. Uno de ellos es "Como el viento en la noche":

Siendo tan sólo lo que soy, un hombre,
y no el viento nocturno,
y estando aquí, tan para siempre lejos,
acudo -no sé cómo- ciertas noches de luna,
igual que el viento, buen hermano suyo,
hasta donde se alza la vieja acacia aquella,
es decir, a mi infancia. Y allí sigue,
esbelta, misteriosa y solitaria,
en abandono triste, irremediable,
perdida en el inmenso silencio de los campos
junto al deshabitado caserón.
Me acerco a ella en la noche como si fuera el viento,
la miro desde arriba y me enredo en sus ramas,
la hago sonar,
divago por su copa, y luego me remanso
al lado de los pájaros que duermen.
Puedo ver cómo fluye entre sus hojas
la delicada luz que desde el cielo cae:
agua de luna pura,
agua de estrellas de la madrugada.
Aquí me tienes, vieja amiga, no es
el viento el que ha venido,
soy yo Eloy, aquel de entonces,
que ahora vuelve, ya con el pelo blanco,
a darte compañía;
alrededor de ti giro muy lentamente,
y seguiré contigo, para que no estés sola,
hasta que empiece a despuntar el alba.


Lêdo Ivo: Aléjense de las hélices

  • 13/05/2013
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Lêdo Ivo (Maceió, Brasil, 1924-Sevilla, 2012) no sólo escribió poesía, sino también un sinnúmero de novelas, libros de relatos, crónicas, ensayos... “Soy poeta: la prosa es mi descanso del guerrero”, afirmaba. De entre esas obras de creación paralela destacan, además de algunas de sus novelas, como Nido de serpientes, editada en español por Vaso Roto, tres de sus libros de ensayos, particulares mezclas de memorias, crítica, aforismos: se trata de Confesiones de un poeta, El alumno atrasado y Aléjense de las hélices. Estas dos últimas acaban de ser editadas en un volumen conjunto en Rio de Janeiro por Apicuri. Tal y como señala el editor Jozias Benedicto en su nota preliminar, el volumen contiene de un lado El alumno atrasado, libro que ya fuera publicado en 1991, y Aléjense de las hélices es una especie de continuación, al menos en su intención, de aquel, y que forma parte del legado de inéditos que Lêdo Ivo dejó a su muerte y del que forman parte, que sepamos de momento, los poemas de Aurora (recién publicado en español por Pre-textos, inédito aún en Brasil) y aún trece poemas más, titulados Relámpago y que probablemente verán la luz antes en España que en Brasil. Lêdo Ivo, en los últimos tiempos, parecía un poeta más español que brasileño.

Estos dos libros, como Confesiones de un poeta, son una muestra continua de inteligencia, hondura y sentido del humor. Lêdo Ivo sabía que la inteligencia puede ser bienhumorada y sana sin necesidad de recurrir a la resbaladiza ironía. Y además, tenía unas gafas de un modelo único que le hacían inmune al tópico y al trazo grueso. Traduzco a continuación algunos de los trechos de los libros ahora reeditados.

Toda poesía es política, incluso cuando el poeta, celoso o ambicioso de su perdurabilidad, vuelve las espaldas a los acontecimientos de su tiempo e intemporaliza su canto.

Quien castiga el estilo siembra tempestades.

En los despachos eruditos, rodeados de diccionarios, murciélagos necrófilos chupan la sangre póstuma de los poetas malditos.

Valéry decía que los dioses regalan el primer verso, y que es cosa del poeta escribir el resto.

Prefiero que los dioses me regalen el tercer verso y dejen los dos primeros de mi cuenta.

Si un poeta invoca la razón es señal de que necesita un psiquiatra.

La generosidad del poeta que le dice a su amada: Te perdono por haberme hecho feliz.

Después de milenios cansado de pertenecer a la vanguardia, Homero sueña con ser un clásico.

Quien hace una revolución tiene el deber de traicionarla.

Corrigiendo a Descartes: Imagino, luego existo.

Dios no es teólogo.

En un ensayo sobre Tennyson, T. S. Eliot sostiene que tres virtudes son indispensables para un gran poeta: abondance, variety y complete competence. La observación es a propósito de Dante, pero creo que puede ser aplicada a cualquier poeta importante.

Abundancia, variedad y competencia total o suprema son, realmente, elementos imprescindibles en la creación de una obra poética relevante. En Dante o Quevedo, Shakespeare y Lope de Vega, Camões y Ronsard, Victor Hugo y Yeats, Goethe y Walt Whitman, la copiosidad se une a una extrema variedad temática y retórica, ofreciendo siempre al lector de poesía un escenario caracterizado por la diversidad y cambio de tono que expresa y documenta una rica experiencia personal anclada al mismo tiempo en el talento (o genio) individual y en el conocimiento de la tradición.

Son ellos los poetas que tienen mucho que decir, y no los frugales y monocordes, músicos de una sola tecla, y obligados a las concisiones empobrecedoras y a las exactitudes parcas y melancólicas: las pequeñas exactitudes inexactas.

La teoría literaria consiste en querer enseñar a volar a las águilas.


Tres nuevos poemas de Charles Simic

  • 06/05/2013
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Charles Simic (Belgrado, 1938) emigró a Estados Unidos en 1954, donde reside desde entonces y se ha convertido en uno de los poetas más importantes e influyentes. Los lectores habituales de este blog ya lo conocerán, así que, sin más presentaciones, traduzco a continuación algunos de los poemas inéditos incluidos en el recién aparecido New and Selected Poems (2013).

Las cosas me necesitan

Ciudad de sillas mal amadas, de pantuflas, de sartenes,
vuelvo a ti a toda prisa
adelantando a todos los coches de la autopista,
recorro con mis brillantes faros
tus calles vacías y oscuras.

Oh seres despiadados que no podéis esperar
a ir a la playa mañana por la mañana,
¿qué pasa con las foto en blanco y negro de los abuelos
que abandonáis?
¿Y con los espejos, las plantas en las macetas y las perchas?

Muerto despertador, jaula vacía, piano que nunca he tocado,
yo seré vuestro camarero esta noche
listo para tomar nota de vuestro pedido
y vosotros seréis mis distinguidos comensales, 
cada uno con una historia que contar. 

Fantasmas persistentes

Dadme una larga noche oscura sin sueño
y visitaré cada lugar en que he vivido,
comenzando por la casa en que nací.
Me sentaré en el sombrío dormitorio de mis padres
esforzándome por oír el tictac de su despertador.

  Deambularé por el viejo barrio buscando a mis amigos,
entraré en los patios abarrotados de basura donde los árboles
parecen lisiados de guerra con muletas,
me detendré junto al tocón del árbol alrededor del que mi abuela
hacía correr sin cabeza a gallos y gallinas.

  Un gato negro surgirá de entre las sombras
para restregarse contra mi pierna
y hacerme saber que será mi guía esta noche
en esta calle de edificios derruidos,
rostros perdidos y unos pocos fantasmas persistentes. 

 

La soledad en los hoteles

A los que vas para esconderte de todo el mundo
en una ciudad a la que la gente va por otras razones,
en una habitación con un cartel de No Molestar
colgado de la puerta día y noche
mientras te sientas en ropa interior
mirando fijamente la pantalla apagada del televisor durante horas

esperando a que pase la medianoche para escurrirte
tras el mostrador de recepción y visitar
algún turbio antro del vecindario
donde tomar una cerveza o dos y comer algo
y después un paseo por las calles oscuras y desiertas
sin prisa ni dirección alguna

  antes de regresar a la cama al amanecer
para tumbarte despierto a escuchar la lluvia
mientras las hojas del otro lado de la ventana
adquieren el color del fuego, ese fuego que leíste
que comenzó un muchacho en la iglesia
para impresionar a su pálida y silenciosa novia.