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Miércoles, 19 de junio de 2013
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Rima interna

por Martín López-Vega

Dos poemas de Ivan V. Lalic

  • 17/06/2013
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La poesía del siglo XX abunda en secretos bien guardados. Uno de los más abundantes y desconocidos es el de la poesía serbia, bastante accesible, con todo, en inglés, gracias a las traducciones de Charles Simic quien, además de abundantes libros exentos de muchos autores, es autor de la antología The Horse Has Six Legs, en la que encontramos nombres fundamentales como Vasko Popa, Ivan V. Lalic, Aleksandar Ristovic, Radmila Lazic, Novica Tadic, Milan Djordjevic o Nina Zivancevic, entre muchos otros. De todos ellos, Lalic es tal vez el menos conectado con la tradición serbia y el más cercano a lo que podríamos llamar una tradición europea hecha un poco de Auden, Eliot y los acentos de cada tradición local. Lalic, quien tradujo al serbio a Hölderlin, Whitman, Dickinson y muchos otros poetas norteamericanos, nació en 1931 y murió en 1996. Hay abundantes muestras de su poesía en inglés e italiano. Dejo aquí las versiones de un par de poemas suyos, como muestra.

Lugares que amamos

Los lugares que una vez amamos existen sólo por nosotros.
¿Espacios destruidos? Sólo una ilusión en la constancia del tiempo:
los lugares que amamos no podemos abandonarlos,
los lugares que amamos juntos, juntos, juntos…

Y esa habitación ¿es realmente una habitación o un abrazo?
Tras la ventana ¿hay una calle o años?
Y la ventana no es más que la huella dejada por
la primera lluvia que entendimos, en uno de los innumerables retornos;

y este muro no define la habitación, tal vez la noche
en que tu hijo comenzó a moverse en tu sangre dormida,
un hijo como una mariposa de fuego en tu pasillo de espejos
aquella noche en que tu propia luz te amedrentó…

Y esta puerta se abre a cualquier tarde
que la sobreviva, habitada por siempre
por tus movimientos casuales, mientras caminabas,
como fuego en el cobre, cada vez más hondo en mi memoria;

cuando marchas, el espacio se derrama como el agua tras de ti.
No mires atrás: nada existe fuera de ti.
El espacio no es sino tiempo que adopta una forma nueva.
Habitamos, superpuestos, todos los lugares que una vez amamos.

Palazzo Te

El tiempo de los gigantes no puede contarse
con un reloj de sol, con la lengua seca de las crónicas;
el pilar del templo cae al suelo, pero su caída
sobrevive a esa visión,
y antes de eso
algunas generaciones felices, infelices,
entretenidas por la historia,
y sus muecas
que saludan con miedo en el relámpago
y en la caída estruendosa de una cúpula
durarán más que el recuerdo que debería guardarlas
-inciertamente, como una fotografía borrosa,
un movimiento no sostenido hasta el fin.
Lo que nos amenaza impasible desde el muro,
lo que puede salir derrotado en esta escena que se desvanece
hacia las fronteras del daño,
no es de este mundo
en el que el miedo penetra en nosotros
como un dios penetró una vez a una criatura
por amor.


Poemas habitables de Alex Chico

  • 10/06/2013
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Un lugar para nadie (Luna de Poniente) es el tercer libro de poemas del extremeño Álex Chico (Plasencia, 1980) tras Dimensión de la frontera y La tristeza del eco. Su poesía encaja en lo que hace unos años se comenzó a llamar poesía de la experiencia o figurativa. Narrativa y pensierosa, no aspira a regalarnos supuestas metafísicas abundantes en piedras, cactus y mares, sino a que sea el lector quien sea capaz de extraer de lo que el poema nos cuenta un destilado de experiencia y emoción que sea capaz de ayudarnos a subir un escalón vital. Una poesía que se quiere habitada (por aquel que la va escribiendo para intentar entenderse, explicarse) y habitarse (por el lector que pueda sentirse identificado, acompañado y entendido).

Chico busca en los alrededores de la mirada símbolos de lo que va siendo la vida. Así, en el primer poema del libro, "Quai Lices Berthelot" se nos dice: "Somos ese molino que está frente a mí. / Su existencia es circular, como la nuestra". Es habitual que el poema nos dé sus coordenadas ("Sentarse en un café y mirar hacia la plaza"; incluso con frecuentes topónimos), que en él se mencione el complemento circunstancial de lectura de cada momento (Fonollosa, Camus, Char...). El lugar, la hora, la compañía, son los hilos con los que se trenza la cuerda de su canción. El poema "Ischia, Porto" es una buena muestra del tono del libro:

Así esperamos la caída del sol,
buscando un rincón en esta playa.
La lejanía se aproxima y deja en los labios
un extraño sabor a horizonte.
Las barcas construyen
un paisaje interior: cúmulos de arena
que no se disuelven en el agua.
Que serán, a lo sumo, barro en la mirada.

Este lugar y su forma de habitarlo
dan la medida exacta de mi mundo:
la orilla que recuerda los raíles
de una estación, en un cuadro de Delvaux;
la soledad compartida con una mujer
sentada en una cama,
bajo la mirada de Hopper.
Todos los espacios semivacíos
trazan la misma línea,
aquella que separa memoria e incertidumbre.
Lo que observo casi nunca está frente a mí,
porque es imposible su presencia:
sólo queda lo ya sucedido y regresa,
de nuevo, para habitar una playa.

Un rincón en este lugar
es, al cabo, una esquina del mundo.
Esos minúsculos paraísos en donde se admite
que vivir y esperar son caras de una misma moneda.

Chico escribe poemas breves pero se atreve sin dudarlo con el poema largo, y acierta en su construcción ordenada. Se echa de menos, quizás, una mayor ambición a la hora de romper el orden esperado, una mayor sorpresa. En estos tiempos en los que nos llegan a las manos tantos libros cuyos autores parecen haber olvidado la existencia de esa cosa llamada sintaxis, se agradece un libro como el de Álex Chico, ambicioso en el planteamiento de los poemas, consciente del material con el que trabaja y artesano maestro. Lo que tampoco conviene olvidar es que ningún idioma está acabado de hacer, y también corre de nuestra cuenta expandirlo, hacerlo más flexible, y que hacerlo nos llevará a ideas nuevas y caminos felices. Chico ha escogido la mejor de las direcciones; sólo queda, en la encrucijada, elegir, como Robert Frost, el camino menos transitado.


Cuaderno de Cracovia

  • 03/06/2013
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El festival Milosz nos ha puesto a cada participante una asistente para que nos acompañe de acto en acto. Llego al hotel y ya me está esperando dispuesta a llevarme a una mesa redonda. Pero le pido que me lleve a una cervecería. Hemos venido a hablar de poesía, ¿no?

Es curiosa la relación que un poeta establece con los poetas totémicos de su lengua. Es como si cualquier poeta tuviera que pasar un largo purgatorio antes de que su legado se asiente definitivamente en su propia lengua. Ocurre con Fernando Pessoa en Portugal: su huella apenas puede encontrarse, y de forma irónica, en Mário Cesariny (al menos de una manera transparente). En España, sin duda, con García Lorca, tan conocido y admirado fuera como pasado por alto entre nosotros. No digo que no lo hayamos leído, ni siquiera que no lo estimemos (desde luego, no puede hablarse de un desprecio hacia su obra). Pero desde luego costaría encontrar su huella en los poetas contemporáneos. Eso parece que ocurre en la mayoría de los poetas jóvenes polacos con Czeslaw Milosz. La influencia más importante, a día de hoy, parece ser la de Ashbery, O'Hara y la escuela de Nueva York. Me quedo con la duda de si esa influencia lo será de modo superficial, como ocurre tantas veces. Sigo sin entender esa falsa dicotomía entre los poetas-tipo-Milosz y los poetas-tipoAshbery. Desde luego que hay diferencias, como las hay siempre entre grandes poetas. Pero en lo esencial, son poetas que buscan lo mismo: intensidad mediante un lenguaje que critica de forma implícita los usos más vulgares (y especialmente, los oficiales) de ese mismo lenguaje. Me parece que más que Ashbery han influido malas lecturas de Ashbery. Y el resultado suele ser una sintaxis pegajosa al servicio de una especie de idea más pegajosa aún.

La mañana ha sido movidita. Primero, los dos traductores de Michael Krüger se han enzarzado entre ellos: “Eso que has traducido así yo lo diría mejor asá”. Divas hay en todos los gremios. Luego, mesa redonda sobre el mal en la literatura. Está el periodista Mark Danner, cuyo mayor mérito parece ser vivir ahora en la antigua casa de Milosz (o al menos así lo presentan). Muy interesante la intervención de Juan Gelman, quien afirma que los escritores están más preparados para afrontar el mal que aquellos que lo sufren en primera persona, que bastante tienen con no sentirse superados por ese mal. La mesa redonda acaba en batalla entre el moderador, Stefan Chwin, empeñado en que todo el mundo hable de sus experiencias personales (él cuenta una borrosa metáfora de una mujer crucificada a su lado), y el resto de los ponentes, bastante más razonables e inteligentes: Zagajewski, Krüger y el propio Gelman, invitado al final por Zagajewski a decir la última palabra, pues es el único que ha tenido experiencia directa del mal. Gelman acaba hablando en un susurro inaudible, pero las pocas palabras sueltas que conseguimos escuchar valen más que todo el confuso discursito de Chwin.

Hablamos largamente sobre la traducción indirecta. Que quede claro que yo no la defiendo; es indefendible. Pero una traducción no es buena sólo por el hecho de ser directa. Es más: hay peores traducciones directas que indirectas, que al menos suelen estar hechas por poetas con gusto. ¡Cuántos traductores “directos” habré visto ponerse los cascos de la traducción simultánea para entender lo que estaba diciendo el mismo autor al que habían traducido! ¿De verdad puede hacer una traducción directa alguien incapaz de entender el registro oral de una lengua? De acuerdo que el literario es distinto pero ¿cómo los distingue entonces, cómo va a captar las interferencias entre uno y otro? Y luego están las razones prácticas: si quiero citar un poema de Tomas Venclova que nadie ha traducido al castellano, ¿qué hago? ¿No lo cito? Yo siempre opto por hacer mi propia versión. Para un poeta, las versiones son su taller: nada enseña mejor como funcionan los poemas ajenos que volver a escribirlos. Pero nunca he intentado dar gato por liebre. Sólo puedo traducir directamente de seis o siete idiomas. Una versión siempre será una adaptación para guitarra de una pieza para orquesta. Lo que no quita que haya muchas traducciones directas que acaban siendo versión para zambomba de composiciones para violín.

Hablando de traducciones y de Tomas Venclova, acabamos comentando los Poemes escollits de Joseph Brodsky que Judit Díaz Barneda acaba de publicar en 1984. La traductora ha llenado el libro de notas más o menos prescindibles, pero al llegar al “Nocturno lituano” que Brodsky dedica a Venclova no sólo no hay nota que explique quién es el destinatario de la dedicatoria sino que ni siquiera se distingue quién es: “Tomàs Ventzlov”, transcribe ella suponemos que directamente del cirílico, sin reparar en de quién está hablando Brodsky.

Sin duda el autor con mayor éxito del festival ha sido Tomaz Salamun, uno de los que más han influido en los jóvenes poetas polacos. En la lectura está su hermana, que vive en Cracovia, y su sobrino, uno de sus traductores. Me temo que con Salamun pasa lo mismo que con Ashbery, y es que la mayoría aprecia más sus fuegos de artificio que lo que hay en el fondo de su poesía. Ahora unos norteamericanos le siguen por el mundo preparando un documental sobre él y nos piden a Xavier Farré y a mí que hablemos un poco de su obra. La poesía de Salamun es la del poeta que vino de Marte, decimos. El otro día, desayunando con él, hablábamos de influencias. Le pregunté si el grupo absurdista ruso Oberiu había tenido alguna influencia en su formación, y algo de eso hay. También del arte povera y de Barthes. Pero no son más que retales de influencias al servicio del poeta que hoy escribe con mayor libertad, con una mayor capacidad de asumir todo lo que ve, todo lo que lee, todo lo que vive, y dárnoslo en forma de poemas siempre sorprendentes y reveladores.