La gran contradicción de Juego de tronos es solo aparente, pero es una contradicción. ¿Cómo podemos echar en falta más capítulos si el ritmo general es lento? Por un lado, es manifiesto que apenas diez capítulos por temporada son incapaces de hacerle justicia (de recoger, aglutinar y desarrollar) a las tumultuosas tramas de la serie. Y no me refiero a las tramas literarias, que quienes han leído los libros aseguran que son muchas más (y no me cabe duda alguna), sino a las propias historias y personajes que la serie pone en escena. Harían falta varios capítulos más. Al menos los mismos que tienen Mad Men y Breaking Bad, es decir, tres más. Por otro lado, una de las protestas más comunes entre los aficionados a la serie es que, al menos en la segunda y tercera temporadas, los relatos y la evolución de los personajes se han cocido a fuego lento, como si todo hubiera avanzado a expensas de un penúltimo capítulo especialmente traumático por el que merecía la pena esperar: en la segunda temporada fue la defensa nocturna de King's Landing (2.9. Blackwater), en esta tercera ha sido la boda sangrienta (3.9. The Rains of Castamare). Es como si se jugaran el impacto y la celebridad de la serie a una sola secuencia, localizada además en el mismo punto. Pero en el fondo sabemos que no es así.
Digo que la contradicción es aparente porque en verdad tiene toda su lógica. Si echamos en falta más capítulos es precisamente porque el ritmo general es lento, las tramas necesitan tomarse su tiempo para coger forma y luego desencadenarse. Si no hay nada por lo que esperar, no hay nada que pueda ser traumático. El impacto de los capítulos 9 de ambas temporadas es el resultado de un largo proceso de inquietudes y promesas. Se establece un flujo narrativo, con sus pequeños golpes de emoción, sus sorpresas y traumas (casi todos relacionados con la violencia y el sexo), con la introducción de nuevos personajes y los múltiples cambios que generalmente de forma orgánica se operan en el desarrollo de los acontecimientos: la dosificada transformación de Jamie (para mí lo mejor de la tercera temporada), la cruel tortura de Theon, el inesperado matrimonio de Tyrion, el romanticismo de Jon Snow, las conquistas de Daenerys, los cuervos de Bran... En todo caso, el ritmo interno de las episodios ha sido mucho más embaucador en esta tercera temporada que en la anterior, así como la espectacularidad del despliegue de producción, especialmente en la trama de Daenerys. Bajo la regla de tres de que cuanto mayores sean las promesas y más pronunciada la dilatación del tiempo, debemos en consecencia esperar mucho del papel que jugarán los dragones, pues su promesa ha puesto punto y final a las tres temporadas, que acaban prácticamente del mismo modo. (Hay un evidente mimetismo en la estructuración de las temporadas).
Del análisis macroscópico de la serie, vista en su conjunto, podemos concluir dos constantes especialmente atractivas. Por un lado, la introducción de la magia y la fantasía en un mundo esencialmente descreído (el nihilismo de nuestra era es un rasgo común, si se fijan, en casi todas las series importantes) es cada vez más determinante, y hasta los personajes más escépticos tendrán que rendirse tarde o temprano a la evidencia. De otro lado, como en las mejores tragedias shakesperianas, en la guerra de los cinco reyes parece que cada vez hay menos lugar para los héroes (van cayendo uno a uno), de manera que la nobleza cede su espacio a la villanía del mismo modo que la oscuridad y el frío se ciernen poco a poco sobre la geografía de Poniente. El consenso entre los lectores de las novelas parece indicar que lo mejor ya ha ocurrido, que los mejores libros de la saga son los tres primeros. En consecuencia, aunque la fidelidad no sea exacta, podemos suponer que la cuarta y quinta temporada de Juego de tronos (el sexto y penúltimo libro aún no se ha editado) no tienen por qué superar a lo que ya hemos visto. Esperemos que en este aspecto la serie también contradiga sus propios plantemientos. Si algo nos ha demostrado Juego de tronos a lo largo de estos tres años es que no debemos confiar en lo que parece obvio. Las reglas (narrativas) siempre pueden romperse.
Para no perderle el pulso a la cartelera, que a veces nos sorprende con joyas secretas, recomiendo de entre los estrenos del viernes que no se pierdan Turistas. Es uno de esos filmes que en un mundo ideal no pasaría desapercido. Su apariencia inofensiva esconde una película tan divertida como sorprendente, tan macabra como inteligente. Una propuesta admirable por su humor sin restricciones. Se presentó en Cannes el año pasado y recibió el aplauso del público de Sitges, probablemente el más agradecido de entre los espectadores que celebran el cine fantástico, las historias de género con un punto de vista singular, la violencia lúdica y la comedia bizarra, las películas, en definitiva, con una genética propia. Eso y mucho más es Turistas, del británico Ben Wheatley, que estila la comedia negra y el drama criminal con un aliento tremendamente embaucador, como ya hiciera en sus anteriores filmes Down Terrace (2009) y Kill List (2011). En Turistas se supera a sí mismo.
Es una road-movie y un romance vacacional y una crónica de asesinos en serie. Todo en uno. Tina (Alice Lowe) y su novio Chris (Steve Oran) son dos turistas de caravana y camping-gas que devienen asesinos en serie en su ruta de descubrimientos por los paisajes y museos de Yorkshire. Entienden que en el nombre del amor todo es justificable. También el asesinato. Así lo entendieron Bonnie y Clyde, o los homicidas sedientos de violencia de Natural Born Killers (1994, Oliver Stone), o Los asesinos de la luna de miel (1969) de Leonard Kastle, o la pareja de proscritos Kit y Holly de Malas tierras (1973, Terrence Malick). La diferencia es que donde otros vieron el drama, Wheatley encuentra la comedia. Tina y Chris vendrían a ser una versión en chándal de todos aquellos proscritos inspirados en sucesos reales, con su misma concepción de la banalidad del mal, pero con el humor macabro por delante. Quieren lo mismo que ellos, ser temidos y respetados. Son el espejo deforme y reflectante de nuestra propia vulgaridad.
Nunca pensé en matar a una persona inocente, comenta Tina cuando Chris golpea sin piedad a un vigilante del Patrimonio Nacional que la ha reprendido por no recoger los excrementos de su perro. No es una persona. Es un lector del Daily Mirror, comenta Chris. En un proceso de simbiosis que avanza hacia la colisión de egos, Tina va dando rienda suelta a sus psicopatías homicidas a lo largo del viaje, impulsado por la presencia musical de François Hardy, de The Enigma Variations, del Power of Love de Frankie Goes to Hollywood o del Tainted Love de Ed Cobb. El método de Chris, carcomido por el resentimiento, pasa por eliminar a todo aquel que le resulta irritante, que no le caiga bien, del que sienta envidia o ilumine sus complejos y frustraciones. Wheatley extrae su humor de la miseria y el absurdo. La carcajada es a veces histérica, pues surge de retratar lo más oscuro y miserable de la naturaleza humana o, en este caso, de la clase media. La incongruencia de la trama, que destila una sana poética del absurdo, se funda en la perversión macabra, y eso es lo que hace la película divertida y amarga al mismo tiempo, tan disfrutable como incómoda. Lo que debería asustarnos estimula la risa. No en vano, Tina y Chris se parecen mucho a tantas personas que conocemos. Probablemente a nosotros mismos.
