Pues una X como una catedral
23/03/2012
En uno de los recuerdos más preciosos que tengo de un concierto aparece, brilla, un chico de
unos quince años con una camiseta negra de Iron Maiden que entona a gritos una canción. Es un
festival en el norte de Francia y, sobre el escenario, el gran Dominique A (que entonces acaba de
rebasar la treintena) pone en escena Remué , su quinto álbum, acompañado por su banda. La cara del muchacho se inunda de sudor a la vez que de éxtasis mientras berrea con su voz de gallo y yo
no puedo parar de reír, emocionándome. Se sabe la letra de memoria. Puede que fuera una de las
más clásicas de ese disco, Je suis une ville (la que empieza con eso de Yo soy una ciudad de la
que muchos se han ido...) Apuesto a que el chaval de la camiseta de Iron Maiden la ha escuchado
decenas de veces.
He pensado a menudo en esa escena. En ese festival de la pequeña villa de Vendôme donde parejas
de cincuentones, modernos indies y chavalillos callejeros tan fugaces como sus monopatines
atendían en perfecta sintonía a la actuación del gran Dominique, de Piano Magic, de June of
44 o de Barbara Manning. Quizá pasaban por ahí, quizá en Vendôme no hubiera muchos más
acontecimientos a los que acudir en todo el año. Pero me sacude por dentro pensar en La Diferencia
de nuestros vecinos franceses, en su amor por la música como gran acontecimiento cultural y vital.
Lo que es peor es que también, y tal es el motivo por el que escribo todo esto, lo recuerdo cada vez
que compruebo el hecho de que los menores, niños, adolescentes, están vetados en la mayor parte
de los conciertos de Pop (entiéndase como gran etiqueta donde rock, electrónica, hip hop o mambo
son bienvenidas) de la comunidad de Madrid.
Este hecho indignante sucede desde hace demasiado tiempo. Al menos desde que en 2002 se
aprobara en Madrid ese absurdo (posiblemente anticonstitucional) que es conocido como Ley
Antibotellón. No me apetece cansarles a ustedes con mi impresión sobre la nula influencia positiva
de tal medida de control sobre el alcoholismo infantil y juvenil (en realidad lo que pienso es que
es contraproducente). Pero sí conviene recordar que dicha absurdidad está actuando al modo de
una vieja y sutil censura cultural, consiguiendo lo que el Mercado con sus modas de ida y vuelta
no logra: impedir que exista un público natural (o sea muy joven) en los conciertos de Pop de la
comunidad de Madrid y de otros muchos lugares en España.
Así somos. La hipocresía tan natural en estas tierras carpetovetónicas tan nuestras, conduce a
que un niño de 12 años pueda saltar un cercado en las fiestas patronales para correr delante
de una vaquilla, un chico o una chica con 16 años se pueda casar, tener hijos y abortar, pero no
puede votar a su alcalde o hacerse un tatuaje (sin permiso paterno). Cualquier menor puede
entrar a un bar cualquiera con su buen surtidito de decenas de botellas de bebidas espirituosas
de toda clase y acodarse a la barra para ver una corrida de toros o el Sálvame Deluxe. Incluso, si
les apetece y tienen más de 12 años, pueden presenciar la corrida en vivo en cualquier plaza sin
acompañamiento ninguno. Pero no pueden entrar a un concierto de Pop en una sala porque en
su barra se venden bebidas alcohólicas y ello vulnera la ley anti-botellón. No pueden, ni siquiera
acompañando a su padre, ni aunque su madre sea la que actúa esa noche. Como lo oyen.
Lo más, vamos a decir, divertido de todo esto es que ningún menor e incluso niño (acompañado por
adulto responsable) tuvo ningún problema para acceder a ese evento llamado Rock In Río Madrid,
también llamado por algunos periodistas en su día como el festival de los niños o el festival de
las familias. En otros eventos mucho más interesantes y dignos como el festival Primavera Sound
disponen de un servicio de guardería y programan conciertos de Mini-música, lo cual me parece
estupendo.
O sea, que lo que se está penalizando es a las salas pequeñas y hasta medianas de Madrid (si
mediana es La Riviera con aforo de hasta 2500 personas), a cuyos conciertos no pueden entrar los
menores de 18 años ni siquiera acompañados por sus progenitores. Todo ello con el pretexto de
que se vende alcohol. ¿Sólo ahí se vende? Supermercados, cafeterías, aviones, estadios de fútbol,
¿no deberían ser tratados de la misma manera entonces?
Dejaré al margen de nuevo mi cuestionamiento sobre el por qué de las edades legales para
muchas cosas, que es un jardín de demasiada espesura. Pero la justificación de la prohibición
debido a la venta de alcohol en los conciertos es cuanto menos una excusa penosa, sin ponernos conspiranoicos.
¿Quieren impedir el consumo de alcohol por los menores en un concierto? Existen los sistemas
de pulseras de color por edades. Menor, pulsera roja. Mayor, blanca. Sí, no. Práctico, ¿verdad?
Financien y poténcienlo. Fomenten conciertos para todos los públicos libres de alcohol, en salas o en
otros contextos. Pero no nos vengan con disparates.
La cosa está inventada hace mucho mucho tiempo. La X del straight edge data de 1980 cuando Teen Idles, la banda de Ian MacKaye (Minor Thread, Fugazi), andaba de gira por la costa oeste de EEUU. Cuando la banda llegó a cierto local de San Francisco, el gerente descubrió que ninguno de sus
componentes superaba los veintiún años, edad legal para beber alcohol, por lo que debía prohibir
su entrada. Finalmente, la dirección marcó a cada uno de los miembros con una gran letra X negra
en la mano para advertir al personal del club que no les sirviera alcohol. Al regresar a su ciudad,
Washington D.C., la banda sugirió el mismo sistema a los locales de modo que permitiera a los
jóvenes asistir a los conciertos sin servirles alcohol y desde entonces la X fue asociada con la forma
de vida straight edge .
VIDEO
Pocos serán los ejemplos de músicos de Pop (de nuevo en plan amplia etiqueta) que no empezaron
a tocar en la adolescencia influidos por discos y conciertos a los que habían asistido siendo
adolescentes. Pocos madres y padres amantes de la música no desearían poder asistir a conciertos
de sus músicos favoritos acompañados por sus hijos.
El Pop es, como viene comprobándose desde hace sesenta años, la herramienta cultural ideal para
la muchachada. De hecho son ellos los primeros que tienen que estar ahí . Para quedarse o para irse
si no les gusta. Para poder echarnos a los que llevamos un tiempo y proponer otras cosas. O para
aplaudir porque la música de gente mucho más mayor les gusta o ayuda. En un concierto de un
local libre de humos donde no se sirva alcohol a los menores no hay razón para este disparate.
Normativas como ésta con toda su visión de cierta música como catapulta a los infiernos, no ayudan
al cambio de visión, tan urgente, de la música pop como una parte importante de la creación
cultural actual. Estamos hablando de algo más que ocio infantil o adolescente. Estamos hablando
de un modelo cultural que fagocita y censura a otro. Hagamos que esto cambie. Los chicos son el
público y la música de mañana.
Me gusta mucho eso que canta La casa azul: Los chicos hoy saltarán a la pista y arrasarán porque ya
no tienen miedo a gritar...
VIDEO
Los mensajes, opiniones o respuestas a estos publicados son realizados por
usuarios de elcultural.es. El Cultural Electrónico, S.L. empresa editora de esta
publicación no se responsabiliza del contenido de los mismos. La responsabilidad
que pudiera derivarse de los comentarios publicados será única y exclusivamente
de su autor. El Cultural Electrónico, S.L. no se hace responsable de los comentarios
que se publiquen, reservándose en todo caso el derecho a resumir, refundir y
divulgar los mismos