Miyamoto, el Dios del Píxel
- 24/05/2012


Para comprender la importancia que el mundo del videojuego concede a la figura de Shigeru Miyamoto sólo hace falta conocer un dato: el apodo cariñoso que usan sus incondicionales -entre los que están muchos de los diseñadores de juegos más importantes- para referirse a él es "Dios". Satoro Iwata, el presidente de Nintendo, aprovechó un encuentro con accionistas en el año 2009 para desmentir jocosamente que el más célebre de sus empleados fuese el creador universal, pero desde la perspectiva de la industria del entretenimiento electrónico, hay algo de cierto en el sobrenombre. Relatar la historia, la evolución y el auge del videojuego sin Miyamoto sería tan inconcebible como intentar contar la del cine de animación sin Walt Disney o la del "blockbuster" sin Spielberg.
Miyamoto es sinónimo de Videojuegos. Por eso, se le escoge con frecuencia en premios y reconocimientos como representante para rendir homenaje a la que fue una nueva forma de diversión tan humilde como excitante a finales de los setenta y hoy se ha convertido en un lenguaje, un código y una poderosa industria global. En 2006, Francia le concedía el titulo de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras. Ahora el Principe de Asturias supone otro importante hito en la aceptación de una disciplina cuyo peso simbólico y cultural cada vez se discute menos. Si hace falta poner un pero, resulta extraña la decisión de concederle el galardón en la categoría de Comunicación y no en la de las Artes; parecería que se quisiese reconocer su impacto sociológico, mérito técnico y éxito empresarial, pero a la vez se fuese más moderado con su estatus de creador. Esto no impedirá que miles de niños, adolescentes y adultos que han pasado incontables horas explorando sus mundos de píxeles, se sientan hoy de alguna manera reivindicados.
A punto de cumplir los 60, los 36 años de carrera profesional de Miyamoto cruzan de punta a punta la historia completa del videojuego. La más famosa de sus creaciones, Super Mario Bros, fue durante más de dos décadas el videojuego más vendido de la historia, con más de cuarenta millones de copias (quizás, junto con el "Thriller" de Michael Jackson y la trilogía de Star Wars, el producto de más exito en la cultura de masas de los 80). En los noventa, el personaje del célebre fontanero era reconocido por más niños que Mickey Mouse.
Sus orígenes se han contado tantas veces que probablemente los hechos se confunden con su leyenda. Nacido en una pequeña ciudad cercana a Kioto a comienzos de los 50, crece en una familia sin televisor, rodeado de bosques, lagos y cuevas que explora con fascinación, y que luego recreará en los escenarios de "La Leyenda de Zelda", otra de sus más célebres sagas de juegos. Tras licenciarse en diseño comienza a trabajar como ilustrador para la que, hasta su fichaje, era una compañía de juegos de naipes fundada a finales del XIX: Nintendo.
En aquel momento, los "arcades" de Estados Unidos empiezan a llenarse de una nueva clase de máquinas recreativas que utilizan rudimentarios ordenadores para presentar emocionantes desafíos a sus visitantes, a cambio de una moneda de cuarto de dólar por partida. Nintendo se lanza a realizar sus propias versiones de esta primera generación de juegos electrónicos, con la idea de introducirlos en el mercado japonés.
La carrera de Miyamoto comienza gracias a un fracaso: El de Radarscope, una máquina recreativa desarrollada por Nintendo que se inspira claramente en el legendario "Space Invaders". Cuando 2000 de las 3000 unidades fabricadas no llegan a salir de los almacenes por el desinterés del público, el presidente de Nintendo, Yamauchi, propone a Miyamoto que desarrolle un nuevo juego que permita reaprovechar sus muebles, pantallas y componentes electrónicos. Sin conocimientos de programación, consultando a los ingenieros de la empresa para entender las posibilidades de la tecnología. Miyamoto comienza a diseñar en papel cuadriculado los tres personajes que formarán un extraño triángulo amoroso, inspirado vagamente en referentes como Popeye y Olivia, La Bella y la Bestia o King Kong. El juego se llamará Donkey Kong y además de ser un éxito rotundo se convertirá en la primera de las franquicias millonarias creadas por Miyamoto, de la que saldrán innumerables títulos y variantes a lo largo de los años.
Su siguiente proyecto, de 1985, no es sólo el más célebre de sus títulos, sino uno de los saltos creativos clave en la evolución del videojuego. El héroe protagonista de Donkey Kong adquiere nombre (Mario) y un hermano (Luigi). Super Mario Bros es el primer videojuego que presenta una geografía de juego tan compleja y extensa que necesita un mapa para ser recorrida. Aunque de gráficos tremendamente básicos para nuestros estándares actuales, Mario Bros es todo un territorio. Su banda sonora musical -otra innovación del título- ayuda a que cada nivel y cada rincón de este mundo tenga un carácter propio.
En las siguientes dos décadas, Miyamoto no pierde el tren de cada nueva innovación que transforma el lenguaje de su disciplina. Como un director de cine que hubiese sobrevivido al salto del mudo al sonoro y del blanco y negro al color, juegos como Mario 64 (1996) renuevan la sintaxis del medio al incorporar la revolución de los mundos en tres dimensiones, que permiten al jugador moverse en cualquier dirección. La Leyenda de Zelda incorpora una mecánica de juego no lineal, en que el jugador tiene que volver sobre sus pasos permanentemente para encontrar la manera de resolver los retos que se plantean. Más recientemente, concibe la serie Wii Sports y Wii Fit, que popularizan los nuevos interfaces corporales de la plataforma Wii, y se convierte en un firme creyente de la estereoscopía con la consola de mano Nintendo 3DS.
A pesar de ser consciente de su papel de emblema y embajador del videojuego, Miyamoto es, en correspondencia con la cultura laboral nipona, un hombre fiel a su compañia. Su título oficial (director del departamento de Análisis y Desarrollo) le ha llevado a situar siempre la marca de Nintendo por encima de cualquier deseo de reconocimiento personal o aspiración de autoría; no es sorprendente que en su comunicado acepte el Príncipe de Asturias en representación de sus "amigos y compañeros, con los que he creado videojuegos a lo largo de mi carrera".
Probablemente no se trata de falsa modestia. Miyamoto trabaja en una era que entiende el videojuego como una forma de producción industrial que no aspira a un reconocimiento ni a abrir demasiados espacios para la subjetividad. Si el jurado hubiese querido reconocer la figura emergente del diseñador de videojuegos como creador, es posible que muchos otros nombres hubiesen resultado más adecuados.
Precisamente por esto, para muchos el padre de Mario y Donkey Kong es el emblema de una era dorada pero definitivamente pasada. El videojuego en el Siglo XXI se sitúa en escenarios estéticos y en sociologías de uso mucho más diversas, turbias y ambiguas que la sensibilidad inocua y juguetona que representan sus títulos. En un territorio cada vez más abierto a la experimentación formal Miyamoto permanece como una fuerza conservadora, reticente a incorporar nuevos tonos a sus propuestas.
Algunas de sus ideas, sin embargo, siempre tendrán vigencia incluso para los que se sitúan en las antípodas de su lenguaje y su plástica. "Los videojuegos no tienen que competir con las películas, sino perseguir lo que las películas no son capaces de hacer", declaraba el año pasado a la revista Wired. "Algunos piensan que el futuro de los juegos estará en alguna clase de Realidad Virtual, pero yo no estoy muy convencido de que los juegos más realistas sean mejores juegos".
Con toda seguridad, mientras podamos reconocer a los videojuegos como tales, habrá en ellos algo de Shigeru Miyamoto.