High School Musical, no tan idiota
- 28/10/2008



El viernes pasado se estrenó en todo el mundo, al mismo tiempo, la tercera parte de la franquicia High School Musical. Las dos primeras películas se pasaron directamente por televisión, en el Disney Channel, convirtiéndose en un fenómeno para niños y adolescentes de dimensiones espectaculares. Es sabido cómo los chavales son capaces de ver una y otra vez la misma producción hasta el agotamiento (nunca olvidaré a mi hermana viendo todos los días Grease durante dos años).
Para la tercera parte (y en teoría última) la productora optó por el estreno en salas y el resultado ha desbordado sus propias previsiones. En Estados Unidos encabeza la taquilla con 42 millones ganados en un solo fin de semana; en España hace lo propio con cuatro millones, una cifra impresionante. En época de vacas flacas como la que estamos viviendo, para Disney este producto sobre adolescentes bailarines se ha convertido en un valor seguro, no sólo para ellos, también para los exhibidores.
Yo vi High School Musical 3 hará cosa de tres semanas cuando se celebró el estreno en Madrid. Fue una experiencia realmente asombrosa. En medio de la Gran Vía se concentraban decenas de chavales absolutamente histéricos. Dentro, el ruido era ensordecedor. Daba la casualidad que acompañaba a un buen amigo, que sale en una serie llamada El Internado que arrasa en Antena 3, y jamás, absolutamente jamás, había visto semejante grado de euforia. Tuvo que intervenir hasta la poli, no digo más.
Finalmente, los protagonistas de la película (Zac Efron y Vanessa Hudgens) hicieron su aparición en la sala (con dos horas de retraso) y el cine se vino abajo. Fue como si hubieran anunciado el holocausto. Durante la proyección, no cesaron los gritos y los vítores. Reconozco que cuando terminó la película estaba sobrecogido. Por qué no decirlo, incluso emocionado.
Curiosamente, la crítica estadounidense le ha dedicado muchos elogios a High School Musical 3. Ha habido unanimidad en resaltar la profesionalidad con la que está realizada, la gracia y el talento de sus jóvenes protagonistas, así como las coreografía de Kenny Ortega, un artista que hizo carrera con Michael Jackson en los buenos tiempos. En España, ningún periódico serio ha creído conveniente dedicarle ni una mísera reseña, en otra muestra de la ceguera y el esnobismo que tantas veces nos acosan.
Desde luego, High School Musical no es mi película favorita, pero hay una cosa que me quedó clara: la emoción, las lágrimas y la histeria de todos aquellos niños me devolvieron una cosa que muchas veces no percibo en los pases en que estoy rodeado de críticos sesudos: la pasión por el cine. Pocas veces la he visto tan clara, tan hermosa.
El sexo y el cine
- 21/10/2008



En el cine español de toda la vida ha habido mucho sexo. En los últimos años, parece que la cosa había bajado pero nunca se fue del todo. Quizá tiene que ver con algo que leí hace un par de años en un artículo del New York Times. Explicaba el autor que en los últimos años el cine estadounidense había rebajado considerablemente las escenas eróticas y lo demostraba con datos.
¿Por qué? Por una parte, porque el acceso a escenas lujuriosas es tan sencillo en nuestra sociedad que la gente no tiene ninguna necesidad de meterse en un cine para ello. Además, las salas sirven en ese país de punto de reunión de las comunidades, y por lo visto a la gente la incomoda observas escenas subidas de tono junto a sus amigos, vecinos o, por supuesto, familiares. Hay un último motivo, claro, y es la progresiva infantilización del cine americano.
Todo esto para hablar de dos estrenos del cine español que invierten la tendencia. En primer lugar, Diario de una ninfómana (Cristian Molina), que se estrenó el viernes pasado. Por la otra, Los años desnudos, de Dunia Ayaso y Félix Sabroso, que hace lo propio el próximo. La primera es una producción lujosa interpretada por Belén Fabra en la piel de una mujer insaciable en la cama. Inspirada en un libro que se vendió muy bien, la película quiere ser un canto feminista a favor del derecho de las mujeres a hacer con su cuerpo lo que les da la gana.
Desde luego, no tengo nada en contra de que alguien se acueste con todo lo que pasa por delante, el problema es que la película (rodada, eso sí, con cierta gracia y dinamismo) se queda en la pura superficie de la experiencia de una mujer a la que adivinamos demasiado trivial. No ayuda mucho la repetición de tópicos como si una tía folla mucha es una fulana y si un tío hace lo mismo es un supermacho etc. Eso ya lo sabíamos.
Los años desnudos es una película mucho más ambiciosa artísticamente. Cuenta la peripecia de tres mujeres (Goya Toledo, Mar Flores y Candela Peña) a las que genéricamente podríamos catalogar como la ligera de cascos, la modosa y la feuchilla. Nada en contra de usar estereotipos, los directores, además, logran conmovernos con esa amistad femenina turbulenta.
La película retrata la época del destape y lo hace con gracia, el diseño de producción está muy cuidado y, por ejemplo, la banda sonora es impecable. Pero hay algo en Los años desnudos de Boggie Nights (la obra maestra de Paul Thomas Anderson) a la española y la comparación no la favorece.
En el filme de Sabroso y Ayaso sucede un mal muy frecuente en el cine español, y es que da la impresión de que se llega a determinadas conclusiones o escenas no por la mecánica natural de los personajes sino porque, sencillamente, al director le interesaba hablar de eso. De esta manera, se transmite una cierta artificialidad que no beneficia a una producción a la que, en cualquier caso, no le faltan algunas virtudes, empezando por la sana ambición con la que está realizada o su ajustada reivindicación del papel de la mujer en un mundo de hombres.
¡Viva Tropic Thunder!
- 09/10/2008



Es evidente que en el género de la comedia el divorcio entre crítica y público es brutal. Mientras la gente común las adoramos, muy pocas veces (por no decir ninguna) éstas aparecen en las dichosas listas de lo mejor de... y las estrellitas suelen brillar por su ausencia. Sin embargo, la comedia de Estados Unidos está pasando por un momento de verdadero esplendor, en gran parte gracias a Judd Apatow y sus secuaces, de quienes ya he hablado profusamente.
Ahora, toca hablar de Tropic Thunder, una de las mejores películas de los últimos meses. El ínclito Ben Stiller arremete en ella, y lo hace a saco, contra la industria cinematográfica de Estados Unidos. No sólo eso, si entendemos a Hollywood como el creador de la imagen que Estados Unidos tiene de sí mismo (y no es mucho entender), podemos afirmar con seguridad que la película es un ataque en toda regla no sólo contra el cine sino, sobre todo, contra una determinada idea que los americanos tienen de sí mismos.
¿Cuál es esa idea? Pues la de poseer un ejército victorioso e inmaculado que se dedica a propagar el bien allí donde vaya. Recordemos las recientes declaraciones de la simpar Sarah Palin para quien su país es una fuerza del bien. Que se lo pregunten a los iraquíes. El ejercicio de Stiller es demoledor en cuanto que ataca directamente uno de los traumas más sangrantes del país, la guerra de Vietnam. Y lo hace para decir que tanto quienes defendieron esa guerra estúpida como quienes la atacaron no pudieron sustraerse al aliento épico que ha forjado ese distorsionado orgullo con el que los americanos nos machacan.
Además, Tropic Thunder es divertidísima. Tanto la interpretación de Robert Downey Jr. haciendo de negro (exagerando los tics de esa comunidad porque se emociona) como las inanes conversaciones de los actores (esos seres que, como decía Marlon Brando, se aburren cuando se habla de cualquier cosa que no sea ellos mismos), como el acidísimo ataque a lo políticamente correcto a partir de la figura de Simple Jack son inspiradísimos, divertidos a más no poder, poniendo al descubierto una cultura del fingimiento en el que el dolor real ha dejado de existir para convertirse, simplemente, en un elemento dramático.
Coincidió mi visión de Tropic Thunder con otra que se estrena en febrero y dará mucho que hablar: Frost/Nixon. Dirige Ron Howard (no se pierdan su Cinderella Man, es mucho mejor de lo que se dijo) y trata sobre una entrevista televisiva que concedió Nixon después de dimitir en la que, por primera vez, admitió su culpa. Howard es un director super americano, de esos que en España llamamos fachas, pero sus detractores tendrán poco que rascar aquí. A partir de la figura bigger than life de ese Nixon renqueante, el cineasta construye un épico retrato de la soledad, el poder y la gloria, incluyendo una indisimulada crítica a los males de su país.
Sin duda, ambos títulos confirman que corren nuevos tiempos al otro lado del Atlántico. Ya era hora.
Suramérica deslumbra
- 08/10/2008



Hay una película argentina, Leonera, que de ser española sería, de calle, la mejor del año. Dirige Pablo Trapero (Mundo Grúa) y trata sobre una chica de clase alta que termina en la cárcel tras verse involucrada en un oscuro triángulo pasional que desemboca en sangre. Sin redundancias ni discursos sociales, con una planificación aparentemente sencilla y personajes de carne y hueso, Trapero construye un filme rotundo, emocionante a más no poder en el que, como sucede con los buenos productos, todos los personajes tienen una parte de la razón.
Leonera se estrena el próximo 24 de octubre. Para los más impacientes, puede verse esta semana en diversas sesiones dentro del ciclo Vivamérica que se está desarrollando en Madrid, Tenerife y Bogotá hasta el próximo domingo. Desde luego, este ciclo de actividades (el cine es sólo una más) se presenta como de máximo interés para los aficionados al cine. Ayer mismo vi en casa América Aniceto, una película argentina de Fabio Leonardo que cuenta una historia pasional de celos y perdiciones con música excelente y bailarines de primera. Aún quedan pases, no se la pierdan.
Si este año ha sido el annus horribilis para el cine español, mucho mejor ha sido para el suramericano, que ha arrasado en todos los festivales y está, definitivamente, de moda. En la memoria reciente está la brasileña Tropa de elite, flamante ganadora del último Festival de Berlín y de notable éxito de público en España. Dentro de Vivamérica nos encontramos con otros títulos muy atractivos, muchos de los cuales, afortunadamente, llegarán pronto a las pantallas españolas convencionales.
Por ejemplo, El nido vacío (24 de octubre), de Daniel Burman, ese director argentino que conmocionó a todos con El abrazo partido y Derecho de familia. Su nuevo filme cuenta las dificultades de una pareja cuando los hijos abandonan el hogar. Hay más, como Acné (enero de 2009), de Federico Veiroj, una comedia con adolescente que ha entusiasmado en numerosos festivales internacionales. O Gasolina, de Julio Hernández Cordón, sobre unos jóvenes rebeldes y desesperados de Guatemala. En este caso, los jóvenes cineastas que están revolucionando el panorama son los que mandan.
Es obvio insistir en que la conexión americana es uno de los grandes plus con los que cuenta nuestro país. A mí siempre me impresiona que personas tan lejanas geográficamente se expresen en mi mismo idioma. Por eso, y porque el continente está viviendo un momento de gran inspiración, es importante pasarse por el excelente ciclo Vivamérica.
Defendiendo a Garci
- 03/10/2008



Desde hace un par de semanas, defender a Garci ante mis amigos se ha convertido en una de mis ocupaciones. Uno de ellos, especialmente belicoso, terminó por confesarme que jamás había visto una película suya. Por lo visto, simplemente le caía mal. Mi amigo, por supuesto, vota al PSOE y el principal motivo de encono era, en realidad, que el director está asociado de un tiempo a esta parte al PP.
El propio Garci, en un programa de Telemadrid, acusó hace pocos días a El País de ser un periódico sectario y de tenérsela jurada. Lo cierto es que el diario de Prisa lleva años, y años, negándole el pan y la sal a un realizador que, guste o no, es uno de los más importantes en la historia del cine español. Aunque el ninguneo duela, tampoco tengo la impresión de que la mejor respuesta sea el ataque a la prensa. Claro que ya se sabe, la mejor defensa....
Con la nueva película de Garci mucha gente se mete por tres motivos. En primer lugar, porque la Comunidad de Madrid ha aportado íntegramente los 15 millones de euros que ha costado. En segundo, porque es patriótica a más no poder. Y en tercero, porque es vieja. Por partes.
No le veo nada de malo a que Garci se haya llevado unos 15 millones que, además, estaban presupuestados para realizar una película. Cualquier director de España los hubiera pillado encantado y si entramos en esa senda lo que toca es poner en solfa todo el sistema de producción en nuestro país. La inmensa mayoría de películas se hacen gracias a subvenciones y lo que la ley obliga a las televisiones a aportar a nuestro cine, a sumar el plus que se concede cuando la película recauda un tercio de su presupuesto en taquilla. Cosa que sucede siempre porque los productores, sencillamente, se autocompran las entradas. Esta es la realidad y Garci ni pincha ni corta. Son todos.
En segundo lugar, no me parece mal que Garci haya hecho una película patriótica. Va siendo hora de que en este país abandonemos esa actitud de escepticismo continuo, esa mueca de desprecio y mal rollo que nos ha caracterizado durante siglos. En este sentido, bien por Garci. Y está el tema viejuno. A mí me gustan las pelis de Garci, algunas más que otras, pero reconozco en él algo que muy pocas veces encuentro: oficio. El director, es cierto, tiene tendencia a una cierta artificiosidad naftalinosa, al chascarrillo antiguo y la cuchufleta relamida. Pero sabe filmar, sabe encuadrar, sabe dirigir actores y monta como nadie. Cualquiera que vea mucho cine español (como es mi caso) sabe que encontrar eso no es raro, es casi un milagro.