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El Incomodador por Juan Sardá

El futuro se toca

  • 27/11/2008
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Se ha insistido muchas veces en que al cine, como experiencia “total”, le queda por desarrollar varios sentidos. A pesar de algunos intentos, de momento no se puede “oler” una película. Y como señalaba Jeffrey Katzenberg (jefazo de DreamWorks) el otro día en Madrid, la inmensa mayoría tienen imagen en dos dimensiones cuando, como es sabido, la vida real se contempla en 3. Y, a lo que voy, las películas no se pueden “tocar”.



Sin embargo, en las últimas semanas he visto varias películas que vienen a corroborar que en el futuro desarrollaremos ampliamente el sentido del tacto. Del mismo modo que la aparición de Internet no conllevó la desaparición de la escritura (como profetizaban los agoreros habituales) sino que, al revés, propició que la gente volviera a escribirse, la tecnología hipermoderna está basada, cada vez más, en el tacto puro y duro.



Puede verse, por ejemplo, en Ultimátum a la tierra. Esta superproducción interpretada por Keanu Reeves, remake de un famoso título homónimo de Robert Wise, abunda en escenas en las que militares y científicos se dedican a toquetear pantallas como si fueran un IPod gigantesco y volátil. Por cierto, que el filme, que se estrena el próximo día 12, se queda en una película de acción convencional y a ratos bastante absurda, muy lejos de sus pretensiones redentoras y qualité.



Más rollo táctil hay en una película visionaria, Minority Report, donde Tom Cruise se dedicaba a manejar pantallas con las manos en un movimiento que nadie pudo imaginar entonces que fuera a popularizarse de tal manera. O en Iron Man, donde el científico tronado de Robert Downey lo hace todo con las yemas de sus dedos. O en la última de James Bond, Quantum of Solace, donde sucede algo que también vi en la cobertura electoral de las elecciones de Estados Unidos, las pantallas táctiles que ni siquiera existen, que son un holograma. Es rizar el rizo.



El futuro, está claro, pasa por el tacto. Me pregunto cuándo los magos de Hollywood lograrán que podamos “tocar” las películas. Algo me dice que no será pronto, pero tampoco muy tarde. Y estoy contento. Porque tocar es bueno.

¿Buenas noticias?

  • 24/11/2008
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El diario Público publicaba el viernes una encuesta cuyos resultados no dejan de ser francamente sorprendentes. La gran noticia es que resulta que a la gente le gustan las películas españolas. Más que gran noticia podríamos hablar de notición. Por no sé qué cálculos han acabado deduciendo que a la gente le ha gustado Camino, de Javier Fesser, y Los girasoles ciegos, de Cuerda, tanto como Indiana Jones o Batman. No dudo que quienes las fueran a ver salieran encantados de la vida, pero la realidad es que Indiana recaudó 25 millones de euros y Camino, uno.



Esto de las encuestas ya se sabe que es una ciencia esotérica, y si no que se lo digan a los políticos, especialistas en hacer que siempre les favorezcan (no digamos a los periódicos con las cifras de ventas). En cualquier caso, es loable el esfuerzo de Público por elogiar al cine español, muy en su línea habitual de salir en defensa de lo que los diarios que consideran antagónicos atacan. A mí reconozco que me va un poco a días, pero en general coincido con el diagnóstico de Albert Serra y el hombre de la calle, diga lo que diga Público, de que el cine español se acerca más a la catástrofe que al esplendor.



Siguiendo con la encuesta, llama la atención que las películas que más han gustado últimamente son El niño con el pijama de rayas, Che, el argentino o los Girasoles mencionados. De un tiempo a esta parte comienzan a funcionar muy bien las salas un tipo de película “adulta” que se caracteriza por dos cosas: tratar un tema serio e importante y al mismo tiempo hacerlo con las formas narrativas de Hollywood. Creo que cada vez veremos más ese tipo de películas que parecen realizadas con el pedagógico empeño de “enseñar divirtiendo”. Está visto que hay un público que quiere culturizarse en el cine sin comerse demasiado la cabeza. Está allí y está creciendo.



Dos detalles interesantes. El primero, conocido, y es que los jóvenes van mucho más al cine e incluso ven más películas en casa que los mayores. Es un fenómeno sabido por los productores de trágicas consecuencias que lo retroalimentan. O sea, que cada vez se hace un cine más “juvenil” y menos películas para personas mayores. El segundo, que los hombres ven más cine (el 65%) que las mujeres (54%). En el campo de la literatura sucede lo contrario. Me temo que tiene que ver con que en las novelas las mujeres no hacen de meros “floreros” como sucede en tantas, tantísimas, películas que se estrenan, protagonizadas mayoritariamente por hombres.

Los festivales y la pasta

  • 19/11/2008
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Los responsables del Festival de cine de San Sebastián, encabezados por su director, Mikel Olaciregui, acaban de lanzar un comunicado en el que condicionan su continuidad con la normalización de las deudas adquiridas por el certamen, algo más de medio millón de euros en 2007 y algo menos en 2008.



El comunicado que han lanzado tiene tres puntos. En el primero, niegan que ese déficit haya generado, por el momento, ningún desembolso por parte de las administraciones ni que se esté en una situación de anomalía. Son “gastos estructurales” debidos al crecimiento y que se producen, además, dicen, a consecuencia de dos ediciones de lo más exitosas.



En el segundo punto, se congratulan del aumento de los patrocinios (que cubren el 48% del presupuesto) y en el tercero, en un ejercicio de equilibrismo algo extraño, por una parte exigen más dinero y por la otra se promete rebajar los dispendios debido a la situación de crisis general.



Hasta aquí, la noticia. Hace años que San Sebastián viene padeciendo la falta de dinero y no fue ni hace dos cuando, por ejemplo, Nicole Kidman acabó apareciendo en el Festival de Roma y no por el País Vasco debido, sencillamente, a que los italianos contaban con más dinero. Si bien es cierto que Donosti ha ganado en prestigio desde que está Olaciregui, también que la falta de estrellas de Hollywood y estrenos apoteósicos ha reducido su visibilidad no sólo internacional, también en España.



San Sebastián, que en sus mejores tiempos se medía con Cannes, Berlín y Venecia (de hecho, mantiene su clasificación de categoría A junto a éstos en la lista elaborada por los productores internacionales), pasa por dificultades mientras Valladolid, el otro gran festival español por antonomasia, se enfrenta a un futuro incierto tras un reciente y poco amable cambio de director.



Es injusto lo que le está pasando al Festival de San Sebastián. Me parecen un error los progresivos descensos en las subvenciones que se le otorgaban y en Valladolid no me meto porque, me temo, tiene más que ver con que los políticos tienen muy poca idea de cine y así no hay director, por bueno que sea, que valga.



Debería plantearse muy en serio un acuerdo general que establezca un mapa de los festivales en España, que elimine muchos y reduzca los gastos de muchos otros, que no tienen ninguna necesidad de ser festivales, que pueden convertirse simplemente en “muestras” necesarias en lugares donde apenas llegan películas más minoritarias. Esa necesidad puede cubrirse perfectamente sin los fastos y los jolgorios que requiere un Festival.



Está más claro que el agua que se ha abusado hasta la extenuación de la fórmula del Festival y, lo dije en alguna ocasión, muchas veces por la poca imaginación de unos concejales de cultura motivados por unos alcaldes deseosos de cenar con Maribel Verdú a costa de montar un show con su correspondiente trofeo y gala.



Lo dicho, menos festivales y mejores. Y muchos de ellos, con ser “muestras” van que arden. De hecho, ahora da pena que reciban ese nombre. Así por lo menos mantendrían la dignidad.

Los franceses

  • 12/11/2008
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El próximo viernes se estrenan dos películas francesas que han fascinado a la crítica digamos “sesuda”. Por una parte, Las horas del verano, de Olivier Assayas. Por la otra, La cuestión humana, de Nicolas Klotz. Ahora, para ser alguien, te tiene que pirrar ésta segunda, es un fenómeno parecido al que sucedió hace un par de años con Les amants reguliers, de Philippe Garrel. O babeabas con ella o es que sencillamente no te enterabas de nada.



Tengo tendencia a tenerle manía a priori a este tipo de películas que llegan precedidas de ese aire místico de secreto para unos pocos, de cota intelectual sólo accesible para mentes privilegiadas. Vista la película tengo muy claro que me parece una producción interesante (adjetivo muy parecido al de “mono” cuando preguntas por la belleza de tu pareja) pero no, ni de cerca, la obra maestra que se está vendiendo.



La película traza la trayectoria vital (y muy nocturna) del responsable de recursos humanos de una empresa que se dedica a la industria. El protagonista, Mathieu Almaric (que hace de malo en la próxima de James Bond), es un señor gris al que le gustan las discotecas y que en su trabajo se dedica a juzgar a la gente en base única y exclusivamente a su pericia para un puesto determinado. No hay humanidad en sus decisiones, simplemente criterios de producción.



Cuando le encargan que examine al propio director general de la empresa, el hombre acaba encontrándose con una oscura intriga relacionada con pasados (y presentes) crímenes nazis. Los nazis tienen una cosa buena y es que, como ejemplo supremo del mal, sirven para lo que se les ponga por delante. En este caso, el pobre prota acaba hecho polvo porque se da cuenta de que su forma robótica y desalmada de proceder no es muy distinta a la de aquéllos que perpetraron el genocidio.



Lo que Nicolas Klotz quiere decir es que todos llevamos dentro a un burócrata comodón que prefiere cumplir órdenes a contestarlas aunque sean inhumanas. La película está bien contada, el actor está mejor que escrito su personaje y las escenas rodadas en clubes nocturnos están muy logradas. Hay un cierto misterio en la película que la beneficia y una ambición sana por ir más allá, pero un exceso de densidad y, al mismo tiempo, obviedad acaban sumergiendo a la película en el saco de las buenas (y pedantes) intenciones.



Mucho mejor es Las horas del verano, de Olivier Assayas. El director de Finales de agosto, principios de septiembre ensaya en esta película una no-película, un filme en el que todo sucede sin que aparentemente suceda nada que plantea el eterno conflicto entre la necesidad de tener raíces y la de emprender el vuelo. De forma clara, sutil, Assayas refleja en la pantalla la nostalgia por lo que se fue así como la alegría efímera de lo que es. Es un filme triste, no tanto por lo que pasa como por lo que no pasa, una reflexión sobre la familia y un cortante comentario social sobre la globalización. Vale mucho la pena ir a verla.

Obama y el cine

  • 06/11/2008
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Anda todo el mundo muy excitado con el triunfo de Obama. No es para menos. Sin embargo, hay algo muy “viejo” en la novedad del presidente. Algo tan viejo como la narrativa estadounidense, muy notablemente la creada por Hollywood, que ha triunfado en estas elecciones a lo grande, dando nuevos bríos a un argumento (la del chico del que todos desconfiaban y salió adelante gracias a su fe en sí mismo) que es el paradigma del propio país, su épica fundacional. Una épica que todo el mundo estaba poniendo en duda, cuyo final vaticinaban muchos, pero que acaba de demostrar un potencial enorme.



Ejemplos los hay a montones. De hecho, la mayor parte del cine comercial americano parte de esta premisa. Desde una película tan mala como , en la que el protagonista se acaba convirtiendo en un gran benefactor de la humanidad tras inundar el mercado de armas, hasta una película tan buena como Cinderella Man, de Ron Howard, en la que un boxeador al que todos dan por “muerto” acaba resucitando para imponer su estilo de veterano en el campeonato mundial.



Desde luego, el cine adolescente es el que más ha abusado del argumento. Desde Footloose (1984) hasta llegar a la reciente High School Musical, siempre es la misma historia de autosuperación, de fe en uno mismo a pesar de las adversidades y, en fin, la exaltación de una sociedad que permite el éxito a quien se lo gana y lo demuestra. No es casual que el candidato fundara todo su discurso de aceptación de la nominación sobre la idea del “sueño americano”, mantra que ha repetido a lo largo de toda la campaña.



Sin duda, la referencia más inmediata son las películas de Capra. No cuesta imaginarse a Obama como trasunto contemporáneo de James Stewart en Caballero sin espada. Pero la película que más rápidamente me viene a la cabeza es Matar a un ruiseñor, Obama, muy parecido físicamente a Gregory Peck, es como ese abogado ilustrado que devuelve la paz y la justicia al sur, sin prisas, sin histerias. Así sonó ayer Obama, a quien no casualmente Ridley Scott ha definido como un “excelente actor, cálido, humano, preciso”.



En suma, que queda narrativa americana para rato. Estaba en decadencia, pero hay que reconocer que nadie ha aprovechado el interín para proponer nada mejor.

Adiós a Bush, adiós a un género

  • 03/11/2008
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Mañana los estadounidenses votan en medio de un clima de histeria mundial. La aparición de Obama ha creado una expectación tan enorme que es imposible recordar un precedente. Gane quién gane, todo indica que será el demócrata, el que seguro que se va es George Bush. Será difícil echarlo de menos como presidente, pero no cabe duda que los artistas van a perder una fuente inagotable de inspiración.



No es que Bill Clinton no sirviera al cine (ahí está esa divertida Colores primarios con John Travolta para probarlo), es que lo de Bush ha sido brutal. En el cine hemos podido ver de todo, desde cómo lo matan, literalmente, en la irregular Muerte de un presidente (en la que con formato de falso documental se fantaseaba con un magnicidio para acabar denunciando el racismo contra los árabes), hasta cómo Michael Moore le dedicaba uno de los filmes más duros y tremendos que se recuerdan contra nadie, Farenheit 9/11.



Es muy posible que la contundencia de Moore ayudara a Bush más de lo que lo perjudicara por aquel entonces. El retrato de Moore tenía tan pocas aristas que uno terminaba, inconscientemente, tratando de rebatir lo que veía en pantalla. O sea, deduciendo lo evidente, que algo bueno tiene que tener Bush, aunque hay que reconocer que él mismo se ha encargado de ponerlo muy difícil a quienes juzguen su presidencia.



Sobre la guerra de Iraq ha habido películas para todos los gustos, todas críticas: desde el manifiesto posmoderno de Brian De Palma en Redacted pasando por la solemnidad didáctica de Robert Redford en Leones por corderos. A cualquier espectador asiduo le ha quedado claro que a Hollywood esa guerra no le gustó nada (también tuvo sus apóstoles, como Tom Cruise o Steven Spielberg).



Es curioso que a la gente en general las películas sobre Iraq le hayan traído al pairo. La inmensa mayoría han sido fracasos de taquilla y en Estados Unidos se han escrito ríos de tinta sobre esa indiferencia del público. Me temo que lo que ha sucedido es que la gente ya ha estado bastante saturada con la violencia y la desgracia que han enseñado las pantallas de televisión como para tomarse la molestia de dedicar su tiempo libre a redundar en ello, encima pagando.



En España aun nos queda por ver W., el vitriólico retrato sobre el presidente que ha realizado el incombustible Oliver Stone. Recibida con simpatías por la crítica de Estados Unidos, supone la culminación (y el fin, de momento) de un género con suficientes títulos como para tener entidad por sí mismo: el cine antiBush.

    El Incomodador

    Juan Sardá


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