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El Incomodador por Juan Sardá

Carmen Maura et altri

  • 22/07/2009
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Hace poco, hablábamos (bien) de Maribel Verdú. Ahora toca hacerlo de Carmen Maura, flamante ganadora de la Medalla de la Academia en reconocimiento a su labor profesional. A mí, Carmen Maura, me cae mejor que bien. No sólo es una actriz maravillosa (y lo demuestra siempre, me he hartado de ver malas películas en las que ella sacaba petróleo de forma insospechada), también es una mujer excepcional cuya sonrisa no tiene precio. Para mis mejores recuerdos como periodista, la tarde en que me invitó a tomar bizcocho casero y chocolate espeso en su apartamento. Fue una experiencia memorable.

En septiembre del año pasado, El Cultural publicaba un reportaje sobre la escasa presencia española en los festivales internacionales. En el mismo, la programadora de Toronto especializada en lengua española lamentaba que las películas no estén a la altura del talento de los actores. Lo acabo de decir de otra manera, ha sido habitual ver a la Maura lucirse en películas muy poco lucidas. Y es cierto que en España hay muchos actores portentosos, entre los jovencitos, destaca Raúl Arévalo, Fernando Tielve o Mario Casas en el apartado masculino y Leonor Watling, Elena Anaya o María Valverde en el femenino. Queda claro que hay cantera.

Pero la programadora de Toronto tenía razón. No sólo es que haya pocas películas buenas, es peor de cara a los actores, es que uno de los defectos congénitas de éstas es que los personajes suelen ser flojísimos. Lo decía Alejandro Calvo el año pasado analizando la hornada de comedias españolas que se estrenan en verano, en el cine español uno no ve a "personas" sino a arquetipos que pertenecen a un universo inventado por el propio cine español y que sólo funcionan (es un decir) dentro de él. Lo normal es encontrarse con caracteres planos, incoherentes y, para colmo, zafios.

Pero este es mi último blog y no quiero terminar con un exabrupto. Así que les deseo a ustedes muy felices vacaciones que el señor incomodador se marcha de juerga durante un mes.

El verano americano

  • 20/07/2009
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1. La crisis no está afectando al cine americano. Es más, este 2009 está siendo uno de los mejores de los últimos años. Harry Potter 6 (80 millones de dólares en un fin de semana), Ice Age 3 (152 en dos semanas), Transformers 2 (363 en tres), Star Trek (253) o Up (279 en un mes) han funcionado mejor de lo que los propios estudios esperaban y resulta que este año se va a convertir en uno de los más memorables. En primer lugar, llama la atención que salvo Up todas las películas pertenezcan a una franquicia conocida. En segundo, que salvo Up y Star Trek, todas hayan tenido malas o muy malas críticas. Y en tercero, que en España está sucediendo lo mismo con la salvedad que cada año se venden menos entradas pero, sin duda, todas estas películas están arrasando que da gusto. Cada dos por tres me pongo como propósito ir a verlas para tener una opinión y jamás lo consigo. Yo me pregunto, ¿hay dos tipos de público totalmente distintos, los que van a ver Hollywood y los que prefieren la versión original? ¿Es bueno que exista una división tan clara entre productos super comerciales y productos para selectas minorías? No, no lo es. Hubo una época en la que calidad y éxito popular iban más de la mano. Lo cual nos lleva a otra pregunta, ¿a alguien le importa lo que dicen los críticos?

2. El padre de Michael Jackson, ese señor que a todo el mundo le cae mal, dijo la frase más inteligente que se ha escuchado tras su muerte: “Ya le podrían haber dicho que le querían mientras aún estaba vivo”. Pues sí. Su hermana La Toya, menudo personaje, dijo hace poco que “valía más muerto que vivo”. Mucho más. Sony acaba de anunciar que ha comprado el material que había grabado con los ensayos para hacer una película que se distribuirá en cines y montará su coreógrafo de toda la vida, Kenny Ortega, el señor que se ha hecho riquísimo con High School Musical. Al parecer, Jackson tenía firmado un contrato según el cual la compañía no podría hacer lanzamientos nuevos hasta nueve meses después de su muerte para evitar que sucediera lo inevitable, o sea, que todo se haya convertido en un circo. Por lo visto, Sony ha encontrado un resquicio legal (siempre lo hay) para hacer lo que le dé la gana. Y nadie ha opuesto resistencia. Mientras, queda comprobado que la línea entre las drogas legales e ilegales se basa, sencillamente, en una receta. ¿Para cuándo una buena película sobre el Hollywood de hoy? Ni me acuerdo cuándo fue la última vez que el cine retrató bien el show business. Claro es que quizás se han llegado a unos extremos tan brutales de degeneración que no hay quien se atreva con ello...

Por qué Bruno es guay

  • 15/07/2009
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El mundo necesita a Sacha Baron Coen. Bueno, no sé si el mundo le necesita pero yo, desde luego, sí. Ayer fui a ver su última película, Brüno, y a pesar de las enormes expectativas que tenía no sólo no salí defraudado sino que salí entusiasmado. En la película, el cómico británico (de origen judío) repite la fórmula de su famosa Borat, o sea, el falso documental protagonizado por un personaje-reacción, es decir, ese que se define en función del efecto que provoca en los demás. Brüno aparentemente es lo contrario a aquel fantástico periodista de Kazajistán, se trata de un homosexual “fashionista” y frívolo hasta la extenuación que se muda a Los Ángeles para ser “megafamoso”.

La inteligencia de Coen reside en atacar una cosa y su contraria sin dar pávulo al espectador. Al contrario que tanto humorista español que busca la complicidad del espectador (prototipo de chiste de codazo debajo de la mesa y sonrisita por lo bajini, esa de “tú y yo sí que sabemos”), Coen arrastra al público hacia sus propias contradicciones en una actitud de “yo contra el mundo” que en España quizá sólo tiene equivalente en el siempre fantástico Boadella. En este caso, de lo que se trata es, primero, de lanzar un dardo envenenado contra la cultura de la imagen y la celebridad (con imágenes impagables, allí está esa madre dispuesta a que su hijo de ocho años adelgace 15 kilos en una semana o esa reunión con dos “asistentes de causas benéficas” a las que el protagonista sondea sobre la “causa más cool”), en primer término, y contra los vicios y defectos de la cultura gay, quizá ya un artificio en su propia formulación como tal.

Pero cuando el espectador cree que ha pillado el chiste, cuando siente la tentación de ser cruel con esa locaza descontrolada llamada Bröno, Coen le da la vuelta a la película y viene a explicarnos por qué quienes odian y desprecian todo lo que tenga que ver con la moda y el mundo del glamour, y de forma extensiva quienes son homófobos, son como mínimo tan imbéciles como los otros, si no peores. Coen es un cómico moralista, un impagable escrutador de nuestros vicios como sociedad que, en el fondo, carga una y otra vez contra una misma cosa: el prejuicio y la intolerancia, tanto de aquellos que necesitan verlo todo reducido a una imagen de revista como la de quienes se amparan en una supuesta “autenticidad” para confundir lo “natural” con lo exclusivamente bueno y convertirse en monstruos fascistas.

Conviene ver Brüno primero porque hace reír muchísimo y segundo, porque hace pensar. Si Coen no existiera, este mundo sería un poco más triste.

La televisión (española)

  • 13/07/2009
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1. La noticia audiovisual del día es que Vitoria anuncia un Festival de televisión. Su director, un tal Joseba Fiestras, dice: “Hay una saturación de festivales de cine en España tremenda y es imposible ser original. Así que lo que hicimos fue obviar el cine y decantarnos por la televisión”. La saturación absurda de festivales de cine en España es obvia aunque, hasta cierto punto, cumplen un objetivo: que se puedan ver en determinadas poblaciones películas que de otra manera jamás llegarían. Por eso, lo bueno sería no que desaparecieran sino que se convirtieran en “simples” muestras, harían un mejor servicio y saldrían más baratos. Por otra parte, después del éxito de Islantilla ahora todo el mundo se apunta al carro del festival televisivo. Después de Seminci TV, una apuesta ingeniosa de su nuevo director, Javier ángulo (por cierto que el anterior, Juan Carlos Frugone, quien también fue codirector junto a Fernando Lara durante muchos años acaba de morir y se le han rendido muy pocos honores) ahora llega el de Vitoria. Lo cual me suscita dos preguntas: 1. ¿Por qué todos los ayuntamientos de este país están empeñados en hacer festivales? y 2. Mucho me temo que la televisión española para “dignificarse”, objetivo del nuevo certamen como de los otros, no necesita un festival sino, sencillamente, ser mejor. Y se puede, señores, sí se puede.

2. Mientras, la consultoria audiovisual Barlovento Comunicación, especializada en el análisis de audiencias y producción televisiva, acaba de publicar un demoledor informe según el que el sector atraviesa una situación dificílisima por culpa de la dichosa crisis de marras. Al parecer, el 79% de los ejecutivos del sector opina que la actividad ha decrecido de forma notable y un 78% cree que la cosa no ha hecho más que empezar y que la segunda mitad del año será incluso peor. Eso sí, el 66% cree que el cacareado “apagón analógico” de abril de 2010 será un revulsivo. Otro dato negativo, la consultora británica Screen Digest sitúa la caída de inversión publicitaria de los últimos meses en España (un 25%) como la más acusada de los cinco grandes países europeos (sumen Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia). Así que, la verdad, no se me ocurre qué celebrarán los de la tele en Vitoria. Pero ya se sabe, quien canta su mal espanta.

Los cotilleos

  • 09/07/2009
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En verano, la información cinematográfica más o menos seria desaparece casi por completo. Actores y actrices (en menor medida algunos directores) dejan de ser profesionales de la interpretación o la dirección para convertirse en meros personajes de una suerte de culebrón eterno con algunas tramas sólidas (Penélope y Bardem o Pitt y Jolie) y otras subtramas que repentinamente pueden acaparar mucho protagonismo (ahora Daniel Radcliffe dice que no es virgen y mañana Lindsay Lohan encuentra nuevo novio y deja de ser lesbiana). Todo ello sucede mayormente en todas partes. Las webs, las revistas, los programas de televisión y los suplementos veraniegos de los diarios se convierten en sucursales temporales de la prensa del corazón para contarnos, básicamente, una nadería detrás de la otra.

Sin ir más lejos, ayer el ABC nos explicaba que a Megan Fox le dio plantón un rico al que rondaba; El País nos cuenta hoy que Penélope está enfadada por una supuesta entrevista falsa que publica la revista Psycologhies y El Mundo refleja un fenómeno que es el colmo de la estupidez planetaria con las celebridades, o sea, el de personas que se ganan la vida gracias a su parecido con el famoso de turno. No creo que haya nada indigno en algo que uno haga para ganarse el pan honradamente, pero deja asombrado que haya quien pague para tener en su fiesta a una doble de Shakira. En el mejor de los casos, es servil y, en el peor, cruel con el doble en cuestión, reducido a mera atracción de feria.

Lo que viene sucediendo desde hace ya varios años es que la gente ha dejado de ser consciente de que los “famosos” además de serlo, hacen algo. O sea, que es muy fácil olvidarse de que Johnny Depp, Keanu Reeves o Zac Efron además de ir a estrenos y tener novias se levantan todas las mañanas para ir a un set, aguantar horas de maquillaje para finalmente ponerse detrás de la cámara. La televisión los ha reducido, insisto, a personajes de una comedia inventada por ellos mismos en la que incluso el guión ha sido escrito de antemano (por eso las muertes repentinas impresionan tanto, porque no estaban en ningún argumento previo).

No quiero ser hipócrita. Me divierten los cotilleos y creo que un poco de frivolidad en esta vida es necesaria. Me fastidia tanto el que se cree inteligentísimo y dice que le importa un bledo que Pitt deje a su estupenda mujer como el que se pasa el día consumiendo basura sin importarle nada más. De todos modos, me temo, que hemos llegado a un punto absurdo y delirante que no dice nada bueno ni sobre nosotros mismos ni sobre el estado mental de Occidente. El escarnio público, brutal y continuado a Michael Jackson ha sido el último chispazo de una tendencia terrible de la hipermodernidad: la voracidad carnívora del público y los medios. Esta histeria por la carroña tiene que cambiar porque ha dejado de resultar cansina para comenzar a dar asco.

Cuestión de pantalla

  • 07/07/2009
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Al parecer, según un informe (eEspaña 2009, de Orange) la gente ya no se descarga películas sino que las ve en streaming. Eso significa que accede a páginas web como Seriesyonquis.com o Sinlamula y peliculas online para disfrutar de sus títulos favoritos gratis total. Más allá de lo mucho que me asombra que haya páginas que oferten películas por las que no han pagado ni un duro en derechos (de verdad, me deja absolutamente anodadado, debe de ser que soy un clásico) me preocupa, y mucho, la mala calidad de imagen con la que la gente se ha acostumbrado a ver cine. O sea, que nunca ha habido televisiones y reproductores mejores que ahora pero, al mismo tiempo, tampoco se han visto tan mal las películas (me asombra, incluso más, que haya quien sea capaz de ver el último éxito de Hollywood, que para más inri suele basarse en la espectacularidad de sus imágenes) en una versión que incluye a gente levantándose del cine o ruido de las palomitas. ¿De verdad no es mejor gastarse 7 euros en el cine o 2 y medio en el DVD?


Los adolescentes franceses

  • 02/07/2009
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Por algún motivo, la cartelera se ha llenado de adolescentes. Hay películas sobre ellos de todos los tipos y colores. Desde el humor grueso de Fuga de cerebros (que, por cierto, está a punto de alcanzar los siete millones de euros en taquilla, exitazo) a la sofisticación tétrica de Déjame entrar o la más marciana El niño pez, esa edad se está convirtiendo en la verdadera protagonista de la cartelera (hay más, como la aparentemente horrorosa Supercañeras y la penúltima ganadora de Cannes, La clase, que por cierto se ha convertido en la película más longeva de la cartelera). La lista se completa con dos títulos, Pagafantas, que se estrena este jueves, LOL, recién estrenada y gran éxito en toda Europa además de Paranoid Park, de Gus Van Sant, que llega la semana que viene. Por partes. Ya hablé de Pagafantas y no quiero repetirme mucho. Es una comedia simpática e irregular con algunos momentos notables (el personaje de óscar Ladoire es fantástico) y otros poco verosímiles (la fiesta sorpresa de cumpleaños). Es, sin embargo, una comedia digna y, sobre todo, no tiene la caspa tan habitual en este género.

LOL, de Lisa Azuelos, se ha convertido casi en un fenómeno en todo el continente y atrajo a tres millones y medio de espectadores en Francia. Es una película correcta, muy entretenida y algo superficial sobre la relación de una adolescente adicta a Internet con su reprimida madre (estupenda Sophie Marceau), su novio rockero y sus amigos en general. LOL se parece mucho a otro reciente éxito venido de Francia, El primer día del resto de mi vida, en el sentido de que son películas muy bien hechas, con un punto tierno y entrañable al gusto de todos los públicos (cierta moralina incluida) y algunas (legítimas) ínfulas artísticas. En realidad, se trata de una adaptación local de un modelo de tragicomedia familiar inventado por Hollywood (con algunos momentos sublimes como Beautiful Girls o incluso estimables como Tomates verdes fritos) que ahora resulta que los franceses hacen mejor que los propios americanos.

Es posible que para valorar una cinematografía merezca, sobre todo, la pena valorar el nivel medio de producción, es decir, no las presencia de grandes genios u obras maestras puntuales sino la calidad de las películas dirgidas a todos los públicos. En este sentido, creo que LOL es un buen ejemplo de cine comercial y popular que, al mismo tiempo, mantiene una dignidad artística. No quiero ser cafre, pero viendo LOL uno se da cuenta de por qué Francia nos sigue dando sopas con onda en muchos sentidos. No es sólo que la película está mucho mejor escrita, dirigida y tiene mejor ritmo que películas de intenciones similares españolas, es que los protagonistas son infinitamente más cultos (y guapos en el buen sentido de la palabra) que los que aquí frecuentamos. Sí, por lo visto, se puede pretender retratar al ciudadano medio sin que haga chistes vulgares, se regodee en su ignorancia ni esté orgulloso de su tripa cervecera.

    El Incomodador

    Juan Sardá


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