El Incomodador
por
Juan Sardá
El estreno de la Coixet
- 28/08/2009



1. Se supone que la gente va a los estrenos a que le guste la película. De hecho, he ido a un montón de ellos en los que los invitados parecían hooligans y aunque la película fuera un asco se aplaudía a rabiar cuando terminaba. No es el caso con Isabel Coixet. Como me comentó Raúl Arévalo (el actorazo), la gente fue a la premiére de Mapa de los sonidos de Tokio dispuesta a que la película no le gustara. Así no se puede, hombre. De hecho, el silencio cuando terminó la proyección fue tan glacial que podía cortarse con un cuchillo hasta que a mí se me ocurrió comenzar a aplaudir básicamente porque comenzaba a sentir vergöenza ajena. Hubo quien se apuntó pero no fueron muchos. Después, en la fiesta, la Coixet estaba de un mal humor que sacaba chispas y fue la primera en largarse. Aunque va de modesta por la vida, ella también es divina. La realidad es que la Coixet cae mal y en parte lo entiendo, va de moderna en un país como España en el que queda mejor no saber inglés y ser un paleto, en un país en el que se confunde la autenticidad con la vulgaridad y ser cool es casi un delito.
A mí la Coixet, para qué engañarnos, también me da un pelín de rabia y me ha costado años darme cuenta de que tiene mucho mérito. Proveniente de una familia modestísima, ha erigido una filmografía irregular pero no exenta de interés que la ha llevado hasta el mismísimo Cannes, donde su película estuvo en la sección oficial. Mucho me temo que en esa manía a la Coixet subyace cierto machismo. Si triunfar es pecado, hacerlo siendo mujer se acerca al agravio absoluto. Dicho esto, Mapa de los sonidos de Tokio no es una buena película aunque tampoco sea una porquería. Empecemos por lo bueno. La Coixet rueda bien (a ratos, incluso, muy bien), tiene un sentido estético hiperdesarrollado y el filme tiene una fotografía, un diseño de producción y una música (Antony y sus Johnsons otra vez) impecables. Hay momentos de cierta autenticidad, como el primer encuentro entre la japonesa (la muy fashion Rinko Kikuchi) y Sergi López en el hotel o la conversación entre López y su asistente.
Pero Mapa de los sonidos de Tokio tiene dos defectos insoslayables. Tres si me apuran. En primer lugar, la historia es demasiado inverosímil. Esa asesina a sueldo que trabaja en el mercado de pescado de Tokio resulta de por sí muy difícil de creer. Es cierto que Almodóvar también juega con lo rocambolesco, pero a Almodóvar le suele salir mejor. Segundo. La interpretación de López no es mala, pero la pasión amorosa que desarrolla la protagonista es difícilmente creíble con un señor de cuarenta años barrigudo. Es posible que en la vida sucedan cosas así, pero esto es una película y el cine exige, más en estos casos, actores guapos. Y tercero, al final la película es sencillamente aburrida.
2. Teddy Bautista, presidente de la temible SGAE, habla en El País. Dice: ¿Qué coño pinta el Gobierno en todo esto si estamos hablando de economía de mercado. Prosigue: Los autores pagan unos impuestos de cojones. Añade: Manda cojones que en un país como éste.... Y termina: Si es una válvula de escape para que la gente se divierta, cojonudo. Señor Bautista, es usted un maleducado de puta madre.
Lars enciende la reentre
- 24/08/2009



1. Comienza una nueva temporada. Y viene marcada por el gran danés, o sea, Lars von Trier. El director de Rompiendo las olas o Dogville lleva años liándola parda y con Antichrist ha vuelto el escándalo. La película ha suscitado una agria división de opiniones en todas partes aunque muchos creen que en realidad no ha gustado a nadie. Por dos motivos. Por una parte, porque en Cannes le pitaron, claro que también hubo quien aplaudió pero el escarnio y el pitido son siempre más llamativos que el elogio. Por la otra, la influencia (tremenda) de Carlos Boyero (que odió la película) ha hecho que muchos piensen que es un bodrio o está cerca de serlo. En primer lugar, me sorprende muchísimo la piel tan suave que tienen algunos. Se ha tachado la película de morbosa y escandalosa, de obscenamente explícita e incluso de insoportable. No soy muy aficionado al gore ni disfruto demasiado la violencia, pero después de Peckinpah o Tarantino me asombra que algunos se tiren de los pelos con algunas de las imágenes de Antichrist. Respecto al sexo ya no hablo, que a estas alturas haya gente a la que le escandalice ver una penetración en la pantalla me resulta incluso ridículo. Por Dios, si vivimos en una sociedad en la que el porno acecha en cada esquina, ¿realmente nos sorprende eso? Lo importante, como siempre, no son las polémicas sino la película. Y Antichrist es un filme soberbio y profundo que explora como pocos en los misterios de la culpa y las pulsiones más íntimas del ser humano a partir de la peripecia de una pareja marcada por la trágica muerte de su bebé. Von Trier penetra hasta lo más hondo de la bondad y la maldad humanas para extraer conclusiones tremendas (sí, es posible desear la muerte del propio hijo) que nos colocan frente al espejo de nuestros demonios más ocultos. Por no hablar de la espléndida fotografía, que recuerda a las virguerías de Van Sant en Last Days. Vayan a ver Antichrist aunque sea para odiarla.
2. El nuevo curso se presenta calentito en el cine español. Por una parte, los estrenos más prometedores de momento han resbalado. Almodóvar no se la pegó, pero casi, con Los abrazos rotos; Cesc Gay triunfó pero no deslumbró con V.O.S., Isabel Coixet fue la gran perdedora de Cannes con su Mapa de los sonidos de Tokio y faltan por ver la ágora de Amenábar o El baile de la victoria de Trueba. Pero además de películas el cine español es, sobre todo, política y subvenciones. Y ahí están la ministra Sinde y Guardans, tanto monta, montando el pollo con un desarrollo de la ley del cine (que está costando más que terminar las obras de la Puerta del Sol) cuando menos pintoresco, que como siempre no contenta a nadie. Y todo eso con la piratería campando a sus anchas, con la asistencia a las salas cayendo en picado (un 10% en lo que va de año por tercero consecutivo), y etcétera. En fin, que habrá como para no aburrirse. Eso seguro.