Así de primera escucha, el nuevo disco de Tom Waits me parece otra ración más de la misma cazuela, su raro guiso de desguace y pantano, vudú y manicomio, circo, bar nocturno y suburbio. Es más de la misma refundación, de la misma apoteosis que convirtió lo popular en arte sofisticado y la vanguardia en popular. Esa iglesia y comunidad que Thomas Alan Waits ayudó a levantar en su segunda generación y de la que hoy, a punto de cumplir los sesenta y dos años de edad, es uno de sus príncipes.
Es un clamoroso disco del rey rock'n'roll, el bastardo: la música más vieja de nuestra era. La música más global de nuestro globo. Ese truco que parece tonto siempre reinventándose. Como un conejo viejo y listo saliendo de una chistera manoseada y medio hundida pero con el pelo lustroso de brillantina y los cuellos de la camisa bien planchados. Destilado de muchas plantas: el blues antiguo, el R&B de antes, las derivaciones simplificadas del jazz de otro siglo, el menú de vodevil, la balada de chicle, gamuza y gomina, el espiritual africano y la goma caribeña, el soul a brincos de Brown o Charles, el eco siempre melódico y espacioso de la música agraria, la poesía hipster fuera de la Underwood, la síntesis surreal de la agitación en la ciudad... No sigo.
El rock'n'roll es la sustancia elemental, la materia atómica de este nuevo destello de genio de uno que no necesita seguir emitiéndolos y podría vivir tranquilo en su rancho o choza o lo que sea que tiene en California. Pues rock'n'roll destilan los tiempos rápidos e insistentes, en su ansiedad y rock'n'roll los medios tiempos perturbadores. Pues rock'n'roll son incluso las nuevas variaciones de los tiempos lentos, piruetas en torno a un estándar de balada del que TW es gran maestro y que nunca repite. Rock'n'roll con todos los tópicos de la carretera, la carne, el pecado y el deseo, las tribulaciones y miserias, estallido por estar vivo y la inevitable calavera, todos flotando en el aire con un halo virginal.
Que nadie pierda un tren. Que nadie pierda un bus. Que nadie pierda un avión. Que nadie enferme ni se quede dormido. Que el batería pueda hacer esa conexión low cost en Milán y llegue a tiempo y mínimamente en forma de esa gira por Japón con otro de los grupos en los que toca. Que el teclista no se rompa un brazo haciendo esquí acuático en algún bar. Que al bajista lo dejen salir del trabajo, del curso, del hospital.
Colocas las prendas amontonadas con el menor aire posible. Aplastadas. Sin florituras. Las cubres con una bolsa de plástico. Algunos de los pedales de efectos de la guitarra tienen que caber encima. Poca ropa. Exactamente, la mínima, la suficiente para ir aseado durante varios días junto con alguna camisa especial, cualquier cosita que parezca un poco elegante, que te imprima dignidad para cuando tengas que estar en el escenario. Rezas porque quepa todo. No hay espacio para una maleta más grande. Metes algunos discos para vender en la otra bolsa de pedales y cables. Siempre pones de más, porque en el fondo siempre sales animado. Cinco de cada. Casi ni por error se venden tantos pero
¿quién sabe si esta vez? Como después de aquel concierto, hace tantos años
¿en Granada fue?
Coges la maleta y las demás bolsas y sales pitando a por el coche de alquiler. Ya es tarde. Miras tu reflejo en el cristal del metro y te ves empapado, sudando la gota gorda y sonriendo con cara de bobo. La pequeña furgoneta que has reservado no está. Confusión de la empresa. Improvisan un plan B que consiste en un coche grande. Sale más caro y el seguro a todo riesgo, por supuesto. Te diriges al local de ensayo a recoger el equipo. Otro de los grupos con que compartes el sitio practica en ese momento. Mientras esperas a que acaben, empiezas la que al final del día parecerá una interminable ronda de llamadas. "Qué tal, tío, ¿dónde andas?"
El equipo también será, exactamente, el mínimo. Nada de segundas guitarras, ni esas cosas. En carretera, el ambiente es o loco o huraño. O dormitáis o saltáis de canción en canción hasta que el reproductor de música es una parada de monstruos. Hoy se charlotea sin parar, se habla con voces extrañas, se va llenando todo de humo, de migas, de azúcar, de papelitos, de líquidos. Niños de excursión. Gremlins. Calculáis el retraso. El de siempre. Habrá que parar a comer poco rato. Bocadillos y café. Al entrar en la ciudad, habrá que estar listos con los mapas para no perder más tiempo. Habrá que probar sonido rapidito. Habrá.
Tu micro no suena bien y da calambre. Tu guitarra se acopla. La batería es un follón reverberante afuera. Apenas oyes la guitarra y el bajo. Los demás no oyen sus propias voces. Se acaba el tiempo para probar. Malas caras. Uno intenta animar al resto: "el técnico lo arregla fijo". Miradas al suelo. Silencio.
Llegáis al hotel. El más barato más o menos cerca de la sala. No es cutre, decís todos, aguantando las muecas. Mientras llega tu turno para entrar al baño, escribes el listado de canciones, repasas las letras nuevas, pones pequeñas marcas rojas en las trampas. Has hecho bien en pedir un atril. Un maldito atril pero no hay nada peor que olvidar las letras. Ni los taladrantes acoples de ballena eléctrica. Ojalá te hayan escuchado los de las luces. Vas a necesitar leer esas dos letras nuevas.
Limpio y perfumado, en el camerino tomas dos cervezas. Te rugen las tripas pero no hay tiempo para más. Es la hora, te dicen. El público apenas ha empezado a entrar. Sólo un puñado de benditos seguidores que te sonríen junto al escenario. Atacáis la primera de las ocho canciones que caben en el tiempo asignado. Suena fuerte. Es asombroso pero se entiende todo. Tiemblas de placer imperceptiblemente y miras a tus amigos y empiezas a cantar.
Cada día nace el rock y eres un montón de huesos. Como el hijo de cualquier vecino. Huesos sonando para la carne. Y aquí dejas los restos apurados.
MGMT, el dúo que ha firmado esas dos iluminaciones del rock contemporáneo que son Oracular Spectacular y Congratulations no dejan de ser noticia en los últimos tiempos, casi siempre por su genio y en relación con versiones.
Por ejemplo, a finales del pasado mes apareció apresada en la red de nuestros ordenadores, todavía vivita y coleando, su versión de "Lucifer Sam" dentro del homenaje que el talk show de Jimmy Fallon para NBC le dedicaba a Pink Floyd durante una semana. Andrew VanWyngarden y Benjamin Goldwasser con su banda atacaban con ganas y corrección el clásico de los británicos insuflados de espíritu de Syd Barrett y ataviados con petos amarillos de pescadores de altura, ayudados por un Bradford Cox (Deerhunter, Atlas Sound) caracterizado como Joey Ramone que los acompañaba haciendo ruidos de cinta magnetofónica.
MGMT - "Lucifer Sam" from rubyrecluse on Vimeo.
En mi particular lista de discos del ilustre 1991, además de las joyas de Slint (Spiderland) y My Bloody Valentine (Loveless), acaso sólo otro disco hace sombra a la estrella de Nevermind, aunque suele ser el gran olvidado de esos años: el inclasificable y descomunal Laughing Stock, quinto y último elepé publicado por Talk Talk.
La banda británica tiene una de las trayectorias más extrañas de la Historia de la música pop. Así, muy en resumen, ésta describe una parábola que les lleva de ser un intento de continuación (muy mejorada) del éxito de Duran Duran a partir de la moda de los New Romantics a portar el estandarte del pop adulto con buen gusto, tan exitoso durante el segundo tercio de los años ochenta. Desde ahí, darán un viraje hacia la terra ignota, el abandono quijotesco y la agonía comercial que suele gustar de acompañar al arte. Ya en su tercer disco, el extraño genio de Mark Hollis y los suyos avisaban del viaje que podían estar planeando en algunas canciones raras e incluso en singles tan celebrados como Life's What You Make It con su insistencia tan kraut.
