En noviembre de 2010 se inauguró con mucho ruido político -y con protesta sindical a las puertas- el Centro de Arte de Alcobendas, un vistoso edificio en una ciudad que, con 110.000 habitantes, es más grande que bastantes capitales de provincia. Costó 30 millones de euros pero, en realidad, es más un centro cultural que un centro de arte, a pesar de que tenga tres salas de exposiciones. Cuenta además con un auditorio, una mediateca y varias aulas para actividades. En febrero se supo que Belén Poole, hasta entonces comisaria en el Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria, sería la directora del centro -nombramiento a dedo-, que desde su apertura ha ido dando tumbos sin que se sepa quién es el responsable último de su programación. Aquella inicial manifestación de los sindicatos se oponía a lo que se consideró una privatización pues, al parecer, buena parte de los servicios culturales están externalizados y son cubiertos por empresas. Hay o había una coordinadora, Charo Martín -que ya trabajaba en la antigua Casa de la Cultura-, y José María Díaz-Maroto, conservador de la Colección de Fotografía de Alcobendas, echa una mano organizando dignas exposiciones de fotografía y facilitando contactos, como el que permitió traer la importante colección Los Bragales, formada por Jaime Sordo.





A principios de abril publiqué aquí un artículo sobre las galerías de retratos que mantienen diversos organismos públicos e instituciones, y le ponía final anunciando una segunda parte dedicada a los retratos de la familia real. He estado recopilando la información gráfica necesaria y creo que podremos comprobar que aunque no existen grandes diferencias entre las preferencias artísticas de los políticos y de los reyes, se dan circunstancias particulares en la representación de estos últimos que hay que tener en cuenta. La polémica desatada por la retirada de un retrato del Rey -por cierto, nadie mencionó quién era su autor y no lo he podido averiguar- del Ayuntamiento de San Sebastián, en julio del año pasado, nos hizo saber que los ayuntamientos tienen la obligación de colocar el retrato del monarca en un lugar preeminente de su salón de sesiones, lo mismo que la bandera española. Lo dice el artículo 85 del Reglamento de Organización y Funcionamiento y Régimen Jurídico de las Entidades Locales. El alcalde donostiarra, de Bildu, alegó dudas jurídicas sobre esa obligatoriedad y, que yo sepa, el retrato no se ha repuesto. Pero, con excepción de algunos municipios vascos o catalanes, o aquellos con regidores poco escrupulosos en el cumplimiento de las normas, deberíamos tener más de 8.000 retratos del rey en los correspondientes ayuntamientos españoles. Por supuesto, la mayoría son fotografías. La Casa del Rey ofrece, a través de Patrimonio Nacional, unas estupendas, impresas a diez tintas y en dos tamaños, a un muy módico precio. El autor es Dany Virgili, que, si cobra -como supongo- derechos de autor, debe sacar un sueldo con este servicio necesario.










































Algo así tenía que pasar. El coleccionista Jonathan Sobel ha interpuesto ante la Corte Federal de Manhattan una demanda contra William Eggleston: se siente perjudicado por la reciente subasta de nuevas copias -digitales y de mayor tamaño- de imágenes que el fotógrafo le vendió en su momento como ediciones limitadas. Sobel ha atesorado a lo largo de la última década esas codiciadas fotografías, comercializadas en ediciones pequeñas, y siente que ahora, al ponerse en circulación esas nuevas copias, las suyas han perdido valor. Independientemente de que Sobel tenga o no razón, el caso es interesantísimo pues son muchos los actores implicados que, en la definición de sus papeles, nos dan gran cantidad de información relevante sobre la evolución del mercado de la fotografía. Sepamos primero cuáles son, o han sido hasta ahora, las reglas del juego y examinemos luego las estrategias de cada uno de los jugadores.
La fotografía heredó de la estampa la práctica de la edición limitada. Las matrices de madera, cobre o incluso piedra se degradan progresivamente, de manera que los primeros ejemplares de la edición pueden ser más valiosos que los últimos, y si se hacen posteriores ediciones, las imágenes irán perdiendo definición. Muchos grabadores y artistas rayaban la plancha para garantizar que no se hicieran nuevas copias con ella. En fotografía, la limitación de la edición no surge de la necesidad, pues los negativos -y no digamos las imágenes digitales- pueden utilizarse repetidamente sin sufrir deterioro, sino de la mercadotecnia. Hasta hace sólo unas décadas, muchos fotógrafos hacían ediciones que no limitaban e incluso no numeraban, a la vez que otros sí seguían la costumbre adoptada de la obra gráfica. Pero a medida que el mercado del arte se profesionalizaba, los coleccionistas se hacían más exigentes y la fotografía entraba definitivamente en el campo del arte, se impuso el control de las ediciones. En Nueva York están reguladas por la Arts and Cultural Affairs Law, que incluye la trampa: se acepta que, después de haber puesto a la venta una edición limitada, el artista pueda realizar nuevas copias de la fotografía siempre que cambie la numeración, el tamaño, la técnica... Aunque los coleccionistas y los galeristas más serios no lo aprueban y a pesar de que no es una práctica extendida, la presión de la demanda sobre algunos artistas provoca estas reapariciones de obras agotadas. Cuando el artista hace a la vez dos ediciones diferentes de la misma imagen -normalmente una en mayor tamaño, con menos ejemplares, y otra más pequeña y extensa- no suele haber problema, porque el comprador ya sabe lo que hay en el momento de hacerse con su ejemplar. También es relativamente normal que se hagan nuevas ediciones cuando el artista ya ha fallecido-caso de Diane Arbus, por ejemplo- y son siempre más baratas. El conflicto surge cuando la segunda edición, con la variación que sea, la realiza después de la primera el propio artista y por razones que podemos identificar como crematísticas.




Hace unos días se levantó una gran polvareda mediática a cuento del encargo de un retrato de José Bono para la Galería de Presidentes del Congreso. Se dijo en principio que el pintor Bernardo Torrens cobraría 96.000 euros por el cuadro pero fuentes del Congreso precisaron que serían 82.600 euros: 70.000 más el 18% de IVA. Pues que sepan que están pagando de más, porque el tipo de IVA aplicable a la venta directa de obras de arte -cuando factura directamente el artista- es del 8%. ¿Y han contabilizado la retención del IRPF? En cualquier caso, un dineral, aunque mucho menos de lo que cuesta el retrato que Francisco Álvarez-Cascos encargó en 2009 a Antonio López para la galería de ministros de Fomento y que aún no se ha presentado: 194.000 €.
Resurge, con estos casos, la polémica de los retratos oficiales. Se suele hablar del coste para los contribuyentes y del ego de los políticos pero casi nunca se habla del valor artístico de los cuadros o de la estética imperante en este tipo de obras. Aparte de la galería del Congreso y de la del Senado, son varios los ministerios que mantienen desde hace décadas galerías de titulares. No es una costumbre exclusiva de la Administración estatal: ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas la cultivan. Entre unos y otros, estamos invirtiendo cantidades muy importantes en colecciones que pueden tener un interés documental y de afirmación institucional pero que no constituyen ningún tesoro artístico. Pasa con el retrato lo mismo que con el arte eclesiástico: los mejores artistas se han desinteresado del género, que ha quedado en manos de un puñado de pintores de corte muy conservadores que se están haciendo de oro.
¿Por qué siempre los mismos? Hay, claro está, pintores figurativos con lenguajes más actuales que tienen la habilidad técnica necesaria para responder a esta demanda pero, o bien no parecen adecuados a los comitentes -que seguramente no quieren correr riesgos- o bien no se prestan a realizar tales servicios al poder. Las instituciones no parecen entender que, puesto que están manejando dinero de todos, deberían demostrar una gran responsabilidad y destinar esos fondos a enriquecer el patrimonio artístico público; lo que prima es el deseo de los retratados de verse favorecidos, elegantes y revestidos de nobleza. De hecho, son siempre ellos quienes eligen a su pintor. Se amparan en el apartado 'd' del artículo 154 de la Ley de Contratos del Sector Público, que dice que podrá hacerse un encargo directo cuando por razones técnicas o artísticas o por motivos relacionados con la protección de derechos de exclusiva el contrato sólo pueda encomendarse a un empresario determinado.
¿Quién podría tomar este tipo de decisiones? Muchas de las instituciones no tienen personas u órganos asesores en materia de arte contemporáneo -deberían- pero otras sí. El Estado, a falta de algo más apropiado, dispone de una Junta de Calificación, Valoración y Exportación de Bienes del Patrimonio Histórico que tiene, entre sus funciones, la de analizar y emitir propuestas sobre la adquisición de bienes culturales por parte del Estado que pasan a formar parte de la colección de museos, archivos y bibliotecas estatales. Puesto que hablamos de colecciones públicas, esta Junta debería ser escuchada.
Si en verdad es necesario dar continuidad a estas galerías de retratos, sería preciso introducir una mayor flexibilidad en los medios empleados. Manuel Marín, antecesor de Bono, ha pedido a la fotógrafa Cristina García Rodero que realice su retrato y ha tenido que esperar a que Bono dejara el cargo para poder hacerlo, pues la anterior Mesa del Congreso se oponía frontalmente a tal ruptura de la tradición. Sumar al patrimonio del Congreso una obra de García Rodero es, sin duda, una buena idea, aunque no haya sobresalido ella precisamente en el retrato sino en el documento antropológico. El precio -26.000 €- es elevado, más de la cuenta, pero menos disparatado que el de los retratos al uso. Y no es Marín el primer efigiado que prefiere la fotografía: el año pasado Juan Ávila, ex-presidente de la Diputación Provincial de Cuenca, se hizo retratar por Ricky Dávila.
Como decía, hay algunos pintores que se están forrando. Pasó el reinado de Ricardo Macarrón y Álvaro Delgado. Ahora se lleva un estilo más sereno, más acabado, que se cotiza al alza a pesar de la crisis. Si pensamos que muchos museos españoles apenas pueden hacer adquisiciones por falta de presupuesto, cada euro que va a estos relamidos retratos parece un delito. Aquí les dejo un somero e incompleto repaso de encargos oficiales de los últimos años para que puedan calibrar las dimensiones del fenómeno: tengan en cuenta que existen otras muchas galerías de retratos institucionales que hay que engrosar a cada relevo. Como verán, la estética dominante es un hiperrealismo que emula el retrato fotográfico pero algunos personajes se salen del tiesto y muestran sus predilecciones personales, la mayoría de las veces con resultados cuestionables. Doy el precio de las obras en los casos en los que se ha hecho público.
| Autor desconocido | |
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Retrato de Abel Matutes. 2000. Galería de retratos de Exteriores |
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Ginés Liébana |
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Ana Palacio. 2004. Galería de ministros de Exteriores |
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Daniel Quintero |
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Pedro Solbes. 2001. Galería de ministros de Hacienda |
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Adolfo Suárez. 2011. Galería de parlamentarios ilustres en el Congreso |
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Miguel Ángel Moratinos. 2012. Galería de ministros de Exteriores |
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Cristóbal Toral |
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Federico Trillo. 2004. Galería de presidentes del Congreso. |
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Bernando Torrens |
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Félix Pons. 1998. Galería de presidentes del Congreso |
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Pedro de Oriol |
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Esperanza Aguirre. 2009. Galería de presidentes del Senado |
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Juan Moreno Aguado |
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Mariano Rajoy. 2010. Galería de ministros de Educación |
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Manuel Blázquez |
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Jesús Caldera. 2011. Galería de ministros de Trabajo |
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Pilar del Castillo |
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Autorretrato. 2009. Galería de ministros de Educación |
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Jaime Lorente |
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Mercedes Cabrera. 2011. Galería de ministros de Educación |
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Juan Fernando López Aguilar |
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Autorretrato. 2011. Galería de ministros de Justicia |
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Manuel Pérez Ramos |
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Salvador Pendón. 2012. Galería de presidentes de la Diputación de Málaga |
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Luis Massoni |
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Antonio Asunción. 2010. Galería de presidentes de la Diputación de Valencia |
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Rocío Gella |
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Virgilio Zapatero. 2011. Galería de rectores de la Universidad de Alcalá |
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Mariano Fernández Bermejo. 2011. Galería de ministros de Justicia |
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Germán Aracil |
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Luis Díaz Alperi. 2011. Galería de alcaldes del Ayuntamiento de Alicante. 2.000 € |
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José Mosquera |
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Concepción Dancausa. 2011. Galería de presidentes de la Asamblea de Madrid |
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Hernán Cortés Moreno S. L. Así figura en los contratos el mayor adjudicatario de retratos oficiales. Que en el Ministerio de Sanidad -no sé si en otros- se incluyen en el capítulo de complementos de mobiliario. |
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Luisa Fernanda Rudi. 2007. Galería de presidentes del Congreso. |
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Ignacio Berdugo. 2007. Galería de rectores de la Universidad de Salamanca |
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José María Aznar. 2009. Presidentes del Gobierno. No se ha difundido ninguna imagen. Cortés inmortalizó también, en 2005, a Felipe González. |
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Elena Salgado. 2010. Galería de ministros de Sanidad. 45.000 € |
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Obra Conmemorativa del XXX Aniversario de las Primeras Elecciones Democráticas celebradas el 15 de Junio de 1977 (34 retratos de pequeño formato). Senado. 417.000 €. En la imagen, Ramón Rubial. |
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Miguel Florencio. 2011. Galería de rectores de la Universidad de Sevilla. 69.600 € |
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Ángel Gabilondo. 2011. Galería de rectores de la Universidad Autónoma |
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José Bono junto al retrato de Hernán Cortés en Defensa |
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Magdalena Álvarez. Encargado. Galería de ministros de Fomento. 76.560 € |
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Luis Navarrete. Encargado. Galería de presidentes de la Diputación de Sevilla: 81.200 € |
