- ( 12/05/2009 )
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BEA ESPEJO
Para Pedro G. Romero (Aracena, Huelva, 1964) no hay mucha diferencia entre adorar a la Virgen de Triana, a la imagen de Fernando Alonso o al escudo del Barça. Todos son objetos de culto o alegorías y, por tanto, una cadena de metáforas que encierran cierto mensaje de fe. Leyes de adoración iconoclasta que el artista lleva tiempo intentando desentrañar. Con ese propósito nació en 1999 Archivo F.X., un proyecto colectivo cuya base es el estudio de la iconoclastia en España entre 1845 y 1945 y que como la memoria, siempre portátil, se amplía cada vea que se expone. Y son ya varias las fases por las que ha pasado atendiendo, en cada una de ellas, a distintas denominaciones, niveles o acepciones. Por un lado, y siguiendo la definición del Archivo F.X. como File X, hace referencia al archivo de lo inclasificable, de lo desconocido, de lo oculto, el archivo que desntierra documentos, datos e imágenes clasificadas. Por otro lado, bajo la definición del Archivo FX como FX, es decir, efectos especiales (como los pirotécnicos, sonoros o visuales en las películas o en la televisión, también en el teatro, incluso en las manifestaciones políticas), se producen trabajos, textos y discursos que han tenido lugar a lo largo de estos años en los distintos laboratorios que al amparo del archivo se han realizado. Desde 1999 ha pasado ya por muchas fases, con paradas en la Fundación Tàpies de Barcelona, en el MACBA o el Conde Duque, de Madrid. Hoy presenta una nueva versión, bajo la invitación del Museo Reina Sofía, en la Abadía de Santo Domingo de Silos, en Burgos.
PREGUNTA.- Hablaba de la televisión como el nuevo santo que todos tenemos en la pared de casa. ¿Han perdido los santos y las vírgenes su poder?
RESPUESTA.- Todo lo que el catolicismo empezó a perder con el protrestantismo lo empezó a ganar con la televisión. Esa imagen popular de la señora hablándole al santo es exactamente igual a esa imagen casi almodovariana de una mujer hablándole a la tele. De hecho, como no empeñamos en leer las imágenes a veces pensamos de manera casi paranoica, que incluso nos responden. De hecho, es la misma relación que tenemos con el arte.
P.- ¿Qué se esconde tras su afán de inventario?
R.- Me interesa el archivo en tanto que anarchivo, un archivo sin mandatos, que no sea necesariamente positivo y que no pudiera ser utilizado por las distintas policías como sistema de control. De hecho, mi trabajo es hacer un archivo contra el archivo con el que, como en el sistema de los números primos desarrollado por Primo Levi, abordar temas transversales para describir la realidad.
P.-De nuevo, vuelve a la carga con su mal de archivo, que este año cumple diez años. ¿Se ha propuesto un final?
R.-De momento no. Al contrario, estoy embargado en dos proyectos finales: De una economía 0 y Una violencia pura. Igual que el proyecto de La ciudad vacía trataba de utilizar el archivo como una herramienta para pensar la ciudad en su concepto más politico, en estos dos nuevos casos se trata de pensar el archivo como una colección de herramienta para pensar las economía y la violencia. De hecho, en la exposición en Silos se presenta el libro que recoge todo el proyecto Archivo F.X. y que anticipa estos dos nuevos proyectos.
P.- La exposición permite ver una reconstrucción exacta de la checa de tortura psicotécnica que se instaló en la iglesia de la calle Vallmajor de Barcelona durante la Guerra Civil. Una modalidad de tortura que consistía en una decoración con dibujos geométricos que conseguían marear y obsesionar visualmente al recluso y que tenían un parecido sorprendente con obras de la Bauhaus, Kansdinsky, Moholy Nagy o Paul Klee. Arte al servicio del poder... ¿Está planteando una crítica al arte moderno?
R.- Esta obra pone en cuestión muchos de los mitos y simbologías culturales del arte moderno. Checa es una palabra como piltra, un nombre popular que se da a un tipo de centro de detención ilegal dentro de todos los conflictos. El testimonio má claro de la checa de la iglesia de la calle Vallmajor de Barcelona es la de Tàpies cuando la visitó, ya que explica que estaba llena de dibujos para él de referencia. Al arte moderno el primer uso que se dio fue el de al tortura. Incluso antes que a los fines terapéuticos. El sentido de este trabajo es poner en crisis la narración ética moderna del positivismo, la cosntrucción de nuevos mundos, del arte
incluso la entrada en el archivo.
P.-¿Cree que todavía hay imágenes que nos esclavizan? ¿Tal vez la del consumo?
R.-Las imágenes nos esclavizan, aunque el vacío de imágenes es atroz. Las imágenes son un sistema de dominio y, como no nos enseñan a leer las imágenes, siguen abrumándonos. La pedagogía es la gran asignatura pendiente de todo el sistema artístico.
P.-¿Cómo vincula su archivo a los problemas reales de la sociedad civil?
R.-ése es el trabajo final del archivo, el objetivo último. Ver cómo ser produce eso. El archivo es una base para otra forma de presentar las cosas. Quizás, en lo que hago especial hincapié es en construir un sistema de significados desde abajo. En realidad, hablar de lo popular es hablar de uno mismo.
Un chico triste y solitario
Se ha ido Antonio Vega. Con él se nos va gran parte de la historia del pop español reciente. Su leyenda nació en la movida madrileña. Aquellos años ochenta en los que Madrid fue una centrifugadora de talentos que no han vuelto a repetirse. De aquel big bang y de su grupo Nacha Pop nacieron canciones como Chica de ayer (el himno de todo aquello) y álbumes para la historia (Buena disposición, Una décima de segundo...). Marcó a fuego a toda una generación que salía aturdida de una transición marcada por las tensiones políticas. Madrid fue una fiesta y de las letras de Antonio Vega salió la crónica de una resaca que en muchos aspectos aún no hemos superado. Con él, la música se fue a otra parte y lo cambió todo. Dejó su atormentada huella en todos los músicos que surgieron después. Ya no hubo cantautor que no se dejara llevar por su Lucha de gigantes o Una décima de segundo ni grupo que no quisiera emular sus directos. Luego vino su apuesta en solitario, tan genial como la que invirtió en su grupo. No me iré mañana o Anatomía de una ola fueron algunos de los títulos de su inmenso testamento. No hace falta decir cómo era ni lo que sentía: todo está grabado en sus canciones, en sus poemas, porque para los que hicieron cultura entre las cuestas de Malasaña, Antonio Vega tuvo la altura de Dylan, la profundidad de Lou Reed y la leyenda de Jim Morrison... Pero ahora el genio se ha marchado. El dolor que sintió por la vida no le ha dado más tregua. Si Madrid fuera Nashville, ya habría una calle con su nombre.
JAVIER LÓPEZ REJAS