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Alonso de Santos

"Los suplementos culturales son la censura oficial de España"

  • ( 09/02/2010 )
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Ediciones Irreverentes acaba de reeditar 'Fuera de quicio' una de las obras más feroces del dramaturgo



Marta Caballero
Escrita en la misma época en que firmó La estanquera de Vallecas y Bajarse al moro, Fuera de quicio es una de las obras más impúdicas, irreverentes y políticas del dramaturgo Alonso de Santos, y también una de las que más dificultades halla hoy para ser representada. El autor vallisoletano, que se inspiró en su experiencia en un psiquiátrico para escribirla, se excusa en un “entonces era joven” para explicar su falta de autocensura en esta pieza. Hoy, asegura, el tiempo le ha hecho más prudente. Lo cual no significa que culpe de ese mal sólo a los autores, sino también a la política cultural de “un país alucinado con un gobierno alucinado”. Justo la misma parábola que se plantea en Fuera de quicio, en la que se celebran unas elecciones dentro de un hospital mental donde no está claro quiénes son los lúcidos. En mitad de esto, monjas, drogas, espionaje. Todo, en una edición revisada de un texto que ahora publica, obvio, Ediciones Irreverentes.

PREGUNTA.- Tenía 30 años cuando escribió esta obra. ¿Qué sentimientos le despierta hoy?
RESPUESTA.- Es mi obra más política, la novena que escribí y, por tanto, una pieza de juventud. Es la más irreverente, porque el que yo era entonces no caía en la trampa de la autocensura. Luego, con los años, uno se hace más respetable. El editor ha visto que este es un momento ideal para publicarla, porque España está hoy fuera de quicio. Si quieren saber por qué, compren un periódico. Este es un país alucinado gobernado por un alucinado. Y un contagiado no puede curar a los enfermos. La alucinación ahora, de todas formas, es distinta a la de la época de Franco, menos grave de alguna manera. Yo entonces trataba de ser crítico con un país de locos, así que hablaba del gran psiquiátrico nacional, de una sociedad con una democracia débil y con intereses creados. Hoy lo que he hecho es adaptarla un poco al presente, porque en muchos casos se producen situaciones similares. Un Gobierno que en plena crisis reparte 400 euros a todos los ciudadanos para que estén contentos es un Gobierno alucinado.

P.- Nárreme el episodio de la representación de la pieza en la Cárcel de Yeserías, ante ilustres miembros del Gobierno, que se relata en el prólogo.
R.- La función de las presas contó con la presencia de la bienpensante plana mayor de las señoras del Gobierno, entre ellas, la esposa del presidente, Ana Botella, que entonces era la esposa de Dios. Allí fui yo, muy bienpensante también y, de repente, me di cuenta de que todos me miraban escandalizados. Me dieron ganas de decir: “Perdonen, es que es una obra que escribí de joven”.

P.- La obra nació de su experiencia en un psiquiátrico.
R.- Sí, durante ese tiempo yo, que soy psicólogo, me di cuenta de que los enfermos mentales crean un lenguaje paralelo que altera la realidad. Cuando esto ocurre en política, es que el país alucina, porque los políticos son incapaces de encontrar el nombre exacto de las cosas. Estamos en el juego de la alucinación colectiva. Los locos no son malos, sólo son locos, no descubren su locura pero ven lo mal que están los demás. Que yo haya situado la acción en unas elecciones en un psiquiátrico no es casual... Para mí nuestro sistema electoral está enfermo y loco. Y con este panorama los personajes tienen que ser capaces de sentir, gozar y vivir en un mundo distorsionado en el que las cosas no son lo que parecen. Las consecuencias de una crisis las sufren los infelices, los desgraciados, no los que van a la ópera, a la que se siguen destinando millones de euros.

P.- ¿Sigue sintiéndose cómodo en la polémica?
R.- En la vida, o un creador es perseguido o es que algo va mal. El autor tiene que ser el tábano que le pica al gobierno y no el que le aplaude. Esta obra mía esta escrita con una niña en los brazos dentro de una camioneta antisistema. Partiendo de la base de que el teatro tiene que ser entretenimiento, hay que considerar que a veces el escritor debe ser testigo de su tiempo. En ocasiones le canta a las flores y otras veces habla de los presos. Yo he tenido épocas más violentas. La edad nos hace más cautos y de mayor se te quita el humor. Es diferente tener humor y ser agresivo.

P.- ¿Encuentra, pues, dignos tábanos -de esos que surcan España en camionetas subversivas- entre las nuevas generaciones de dramaturgos?
R.- No, sinceramente. Aunque he encontrado una excepción en Fernando Quiñones con la obra El testigo.

P.- ¿A quién culpa de esa falta de crítica en el nuevo teatro?
R.- A los suplementos culturales, que son la censura oficial de España. Los jóvenes creadores los leen y hacen lo que ellos les dictan. Imponen un pensamiento estético y dan una representación sesgada de la producción cultural. ¿Qué se puede esperar de un país en el que una de sus mejores obras, El garrote más bien dado, se representa bajo el título de El alcalde de Zalamea? Pero el problema es también que los creadores dependen económicamente del Gobierno, así que acaban haciendo lo que les cantan. A mí, desde luego, esto ya me da igual.


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El dramaturgo José Luis Alonso de Santos. Foto: Ediciones Irreverentes

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