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Fernando Schwartz

"La Transición empezó y acabó con dos explosiones, la de Carrero y la del 11-M"

FERNANDO DÍAZ DE QUIJANO | 22/02/2012 


Fernando Schwartz

Viví años de tormenta comienza con el asesinato de Carrero Blanco en 1973 y acaba con el 11-M, "las dos explosiones que marcaron el inicio y el final de la Transición". Entre ambas, Fernando Schwartz realiza una crónica sociopolítica del posfranquismo a través de una familia aristocrática, en una trama que se cruza con la historia de una acusación falsa y de un amor trágico. El que fuera diplomático, columnista de El País y presentador de Lo más +, se dedica por entero a la escritura desde 2004. En 1996 ganó el Planeta con El desencuentro y diez años más tarde, el Primavera de Novela con Vichy, 1940.

Pregunta.- Obras como Vichy, 1940, El cuenco de laca (2008), El príncipe de los oasis (2009) y ahora Viví años de tormenta ponen de manifiesto su predilección por la novela histórica, aunque en este caso se trate de la Historia inmediata.
Respuesta.- Me encanta fijar una peripecia dentro de unos límites que no se pueden saltar. Franco era Franco, Suárez era Suárez. Me gusta jugar con la capacidad de la imaginación para encajar la trama dentro de esos límites.

P.- Nunca había escrito sobre el franquismo y la transición. ¿Qué le ha llevado a hacerlo?
R.- La idea me rondaba la cabeza desde hace tiempo. No se trata de ajustar cuentas con aquella época, sino ponerla en perspectiva, porque faltaba una explicación de lo que le pasó al franquismo sociológico y a las grandes familias que, muerto Franco, seguían siendo franquistas. Como dice la propia protagonista: "Nos considerámabos la España de verdad, éramos la gente acomodada, que viajábamos y hablábamos idiomas, la gente fina, la gente pija. Los otros cuarenta millones eran la España de Bizet, de los turistas, del flamenco". Imagino que les costó muchísimo renunciar a aquella visión.

P.- ¿Se ha tenido que documentar mucho o le ha bastado con hacer memoria?
R.- Por los puntos más precisos y específicos he tenido que confirmar fechas, pero nadie me tiene que explicar cómo fue el entierro de los abogados laboralistas porque estuve allí.

P.- ¿Cuánto de biográfico tiene el libro?
R.- Nada, salvo que conozco bien el barrio de Salamanca y su ambiente. Pero la familia es inventada.

P.- ¿El carácter modélico de la Transición es un mito?
R.- Hay que revisar la Transición, por supuesto. Hay que comprender que no fue modélica, pero era lo que había. Se puede estar más o menos contento con las libertades que tenemos, o con la suerte que ha corrido Garzón, pero podemos decir que vivimos en una democracia.

P.- ¿Qué opina de la memoria histórica? ¿Hay que escarbar o dejarlo todo como está?
R.- Habría que abrirlo y explicarlo todo, comprenderlo todo. Los alemanes tuvieron su particular infierno con su particular Satanás y han sido capaces en poco tiempo de recuperar su identidad libre y de maldecir la figura de Hitler. No es que haya que condenar a los que defienden a Franco, pero sí conocer quién fue de verdad.

P.- Sus personajes suelen ser aristocráticos o, cuanto menos de clase alta. ¿Es porque ha conocido bien esas esferas?
R.- Sí, he conocido muy bien esas escenas y ese tipo de gente. Forman parte de mi acerbo, de mi juventud y mi madurez, me parecía que no había modo de enfocar este tema si no era colocando una familia con ese estatus social en el centro de la trama.

P.- Algunos de los miembros de la familia que protagoniza el Viví años de tormenta son diametralmente opuestos ideológicamente. ¿Cómo influye eso en su relación? ¿Ha conocido muchos casos en los que las ideas se han impuesto a la sangre?
R.- He conocido muchas familias cuyos miembros eran ideológicamente contrapuestos, pero por encima de todo estaba la sangre. Al final el cariño estaba ahí y era factible convivir.

P.- A juzgar por algunos personajes, parece que da igual la ideología, todos se atrincheran en el poder en cuanto tienen ocasión.
R.- Le ocurrió a muchos, que después de haber sido universitarios antisistema, antirrégimen, anarquistas, maoístas, etc., emprendieron el camino de regreso al conservadurismo. Fue un fenómeno bastante común.

P.- Esta crónica social de la transición se mezcla con una acusación falsa de eutanasia. ¿Qué opina de la muerte digna y su legislación?
R.- El caso del libro es terriblemente difícil porque se trata de un niño y la decisión corresponde a unos padres que padecen el sufrimiento de su amor por un hijo desvalido, pero en el caso de personas adultas y plenamente conscientes, por supuesto que estoy a favor de la eutanasia.

P.- El padre de la protagonista es diplomático, como lo fueron usted y su padre. ¿En qué se parece a ambos?
R.- A mi padre se parece en eso de jugar bien a las cartas y en lo bien que baila el vals, pero mi padre era mucho más liberal. Y yo también, por supuesto. He retratado a un hombre del régimen que se parece a muchos que conocí.

P.- Este personaje quería estudiar otra cosa pero fue diplomático para seguir la tradición familiar. ¿A usted le pasó lo mismo?
R.- Sí, quería ser cualquier cosa menos diplomático, nunca supe muy bien qué. Ahora sé que siempre quise ser escritor.

P.- Y desde 2004 se dedica plenamente a ello. ¿Cómo vive esta etapa de su vida?
R.- Maravillosamente. Soy feliz con las angustias de escribir, publicar y esperar la reacción de los lectores. Me encanta esa tensión.

P.- Vive, escribe y navega en Mallorca. No es mal plan de vida.
R.- He tenido suerte, pero también es verdad que tengo muchos años y ya me tocaba jubilarme. Y la jubilación ha sido realmente un júbilo: navego todo lo que puedo, escribo, disfruto y tengo muchos amigos.




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