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Inocencio Arias

"Es un pecado mortal que nuestros presidentes no hablen inglés"

Presenta el libro 'Los presidentes y la diplomacia', en el que narra como testigo directo qué tal lo hicieron nuestros dirigentes en el extranjero, de Suárez a Zapatero


MARTA CABALLERO | 28/05/2012 


Inocencio Arias. Foto: Roberto Cárdenas

Inocencio Arias, que tiene una carrera diplomática de lo más seria, es Chencho para mucha gente, lo cual dice bastante de su carácter cercano y de lo que dista su imagen de la de sus colegas, a veces traducidos por el ciudadano de a pie como una suerte de seres intocables, los más preparados del mundo mundial. Preparado está, lo prueba su escritura, pero sobre todo está trabajado, pues ha vivido en medio mundo y ha asistido "desde el burladero, en la barrera o a veces de peón" a la política internacional de España. Hoy, ya jubilado, se desanuda la pajarita para seguir contándole a sus lectores, ahora con menos tapujos si cabe, porque no tiene jefe, los vericuetos, trapos sucios, patinazos y aciertos de nuestros políticos extramuros. Tras abrir la veda con La trastienda de la diplomacia, vuelve a convertir un tema poco apasionante, el de los presidentes españoles y las relaciones internacionales, en un anecdotario pleno de humor contado por un testigo presencial. Desde cómo vendió Suárez al mundo la Transición, a la foto de Aznar en las Azores pasando por el amor no correspondido de Zapatero a Obama. En esta entrevista habla de los cinco líderes que conoció durante su carrera profesional, pero también del traspiés del Rey y de cómo puede hacerlo Rajoy de puertas para afuera.

Pregunta.- Después de haber abierto la puerta de La trastienda de la diplomacia, ¿Qué otros terrenos quiere descubrir con este libro?
Respuesta.- Este es un libro que he podido escribir gracias a la cercanía que he tenido con cuatro o cinco presidentes con los que he trabajado y viajado. En los viajes se aprende mucho, porque allí te das cuenta de si a un presidente le gusta o no la política exterior, si se siente a sus anchas en el extranjero o si, por el contrario, está cohibido, o ves si se siente más cómodo en una zona del mundo que en otra. He tenido mucha suerte en mis destinos, soy un profesional de la diplomacia, he leído mucho sobre diplomacia y ese es el cóctel con el que he escrito el libro, pero lo principal es que yo no he toreado en la plaza pero sí he estado en el burladero, en barrera o a veces de peón en la política española.

P.- También hace falta tener muy buena memoria para rescatar, por ejemplo, una anécdota de los ochenta.
R.- Tengo memoria pero, sobre todo, tomé muchas notas a lo largo de esos años y, además, he guardado infinidad de recortes de prensa, chistes, titulares, reportajes, columnas... pero es que estaba allí, por muy poco observador que fuera, habría captado cada escena.

P.- Es vox populi que a González se le dio mejor que a ninguno el tema internacional, usted lo confirma en el libro.
R.- Sí, es justo, se le ha considerado un estadista, que lo era, y se movió con soltura y conocimiento en la escena internacional, donde era muy conocido. Pero otros presidentes han tenido menos reconocimiento y también lo hicieron bien, como Calvo Sotelo, que era muy culto y que mal que bien se desenvolvía, no en inglés, pero sí en otros idiomas. Pero su Gobierno breve, su partido deshilachado y su concentración en el golpe de estado, etcétera, hicieron que fuera una persona irritantemente ignorada como presidente y como político internacional.

P.- A Aznar tampoco lo pone mal...
R.- A Aznar se le ha vituperado. Por ejemplo, cuando la boda de su hija parecía que hubiera cometido un acto de lesa majestad, como si hubiera violado a 40 doncellas por hacer aquello. Aquí todo ha sido bueno para fustigarlo y yo he hecho de abogado del diablo. Aznar para nada hizo el ridículo fuera, era respetado aunque a veces lo consideraban terco, como relata Blair en sus memorias, donde lo describe como un hombre que siempre se salía con la suya. Él era cumplidor y, como dicen los americanos, entregaba la mercancía. Aquí era la bestia parda de la izquierda. Cuando insinúo que era capaz de desenvolverse en algún idioma, la gente se ríe. Yo he estado con Aznar en la Moncloa en una reunión en la que Kofi Annan hablaba en inglés y Aznar pedía sólo el 50 por ciento de traducción y contestaba en francés sistemáticamente.

P.- Pero a nadie se le han olvidado episodios como el "estamos trabajando en ello"...
R.- Todos los presidentes han tenido algún desliz, no sólo Aznar. González, con su trayectoria impecable en la política exterior, dio a entender en una rueda de prensa que España no ganaría ninguna medalla en los Juegos Olímpicos y luego lo tuvo que arreglar. Pero ha sido reconocido en el exterior como estadista, cosa que Aznar no. En algunas ocasiones he contado que cuando Argentina estaba muy mal económicamente, le pidió ayuda a Estados Unidos y el Gobierno estaba claramente dividido sobre lo que había que hacer. El Departamento del Tesoro decía que no y el de Estado estaba dudoso. Condoleezza Rice tuvo que intentar aunar voluntades y ver si se llegaba a un acuerdo. Cuenta ella en sus memorias que Aznar llamó al presidente y al poco Bush le indicó que había que darle algo a Argentina porque le había llamado su colega español. Es una sandez decir que cortó los puentes con América Latina.

P.- Bueno, aunque se defendieran en algún idioma, ninguno de ellos hablaba inglés.
R.- Ninguno lo hizo y es un pecado mortal. Pero, además, Suárez y Zapatero no hablaban ningún idioma. No debemos perdonárselo al que venga después de Rajoy. En el caso de Zapatero, el más opaco en política exterior, el que ha tenido menos credibilidad, esto ha debido influir en que no se sintiese muy a gusto en las reuniones internacionales, estaba deseando que terminaran, hacía faena de aliño. Y no es sólo cosa de su carácter sino de su desconocimiento del idioma. Suárez no lo hablaba pero no le pasaba a eso. Qué duda cabe de que te da una comodidad y una complicidad. No sé si recuerda la foto de Zapatero solo en una reunión de la OTAN, aislado mientras el resto conversaba.

P.- Con su ojo experto, dígame qué tal lo va a hacer Rajoy fuera de España.
R.- Ahora Rajoy está acumulando un capitalito de credibilidad con los dirigentes internacionales y creo que no lo va a despilfarrar. Fuera todos dicen que parece de palabra, serio y coherente. El otro día me decía un inglés que lo bueno era que no se alteraba porque la opinión pública estuviera airada, que no se deja influenciar y que eso es una buena característica en tiempos de tormenta. Si está convencido que lo que propone dará resultado, está bien que se mantenga, que no vacile.

P.- Dígame cuál ha sido el mayor flechazo de un presidente español con un político de primer nivel del extranjero.
R.- Hubo uno entre González y Gorbachov, otro de Aznar hacia Bush, muy correspondido, y uno no correspondido de Zapatero con Obama, que no es que lo despreciara, pero era uno más de 55 o 60 y para el bueno de Zapatero él era el ser ideal, supremo, amoroso. A los corifeos de Moncloa se les llenaba la boca de comentarios sobre la complicidad entre los dos que rozaban lo circense. Cuando ganó las elecciones, Obama no recogió la llamada de felicitación de Zapatero el primer día sino el segundo o el tercero. Hasta ahí todo bien, no estaba haciendo el ridículo. Pero cuando habló con él los corifeos de Moncloa dijeron que había habido una sintonía que no se podía aguantar, y eso entra en el terreno de lo grotesco. ¿Es que en 10 minutos, por teléfono y con intérprete se puede decir eso? Seguramente le dio las gracias y le dijo que la colaboración de España era importante. Aquello fue un amor no correspondido. Obama no vino a la Cumbre, lo que prueba que no quería hacer manitas. El desplante, en realidad, fue a la Unión Europea, no a Zapatero, que para él era el líder número 37, 38. Obama había estado en 40 países cuando Zapatero se fue. Nunca en España.

P.- Este humor y esta mala uva que está sacando en la entrevista lo derrocha también en el libro.
R.- Sí, porque la diplomacia no es apasionante. A uno le apasiona el bolsillo, el amor, el cine... pero este tema no le interesa a nadie, el libro es divulgativo fundamentalmente. Quiero que el que lo lea pase un buen rato.

P.- Voy a preguntarle por el Rey. Usted dijo en este medio que era un diplomático impecable. Pero lo del elefante...
R.- Lo es pero ha tenido un desliz con el elefante, sí, lo que pasa es que ha sido agrandado ad infinitum. Tanto, que ya hay un antes y un después del incidente en su reinado. A mí me parece que es demasiado elefante. Todos sabemos que el Rey y multitud de personas cazan elefantes y, en cambio, muchos se han rasgado las vestiduras. La veda contra el Rey se abrió hace cinco o seis años pero ahora está abierta del todo. El episodio, de una torpeza infinita, es buen pasto para los que son republicanos sinceros, para los separatistas, para los que les gusta la comidilla y para aquellos que quieren que España no vaya bien.

P.- Ahora que está jubilado, ¿echa de menos la diplomacia?
R.- Sí, preferiría haber seguido de cónsul en Los Ángeles, aunque ese fuera de los puestos de menor importancia que he ocupado. Pero, admitiendo que por mi gusto no me habría jubilado y que podría haber estado viviendo en Corea o en Chile, puedo decir que he pasado página. Tengo algo más de tiempo libre y, sobre todo, ¡no tengo jefe! Si un ministro está haciendo una tontería, lo digo. Antes estuve al borde de que me sancionaran en varias ocasiones. Una vez durante el Gobierno de Aznar dije que si no aparecían las armas de destrucción masiva, todo lo que habíamos hecho sería puesto en tela de juicio. Y no aparecieron. Ese comentario me costó que me obligaran a volverme de mis vacaciones.

P.- Pues cuente alguna que no haya podido soltar hasta ahora.
R.- Hay una del libro que había permanecido inédita, de cuando Pérez-Llorca fue recibido por Reagan, que nadie sabía si al final acudiría o no. Finalmente fue y él tenía que aprovechar para hablarle de España. Al parecer, cruzaron un par de comentarios sobre la democracia española, que a nosotros nos tocaba vender, y acto seguido se pasó diez minutos hablando de Moscardó y del Alcázar de Toledo, y que qué grande era, que "What a man! What a man!".



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