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Andrés Trapiello

"En la guerra quedaron mal los escritores del 98, los del 27 y los del 36"

 | 10/05/2010 


Andrés Trapiello. Foto: J.M Lostau

Alberto Ojeda
Las armas y las letras sigue creciendo. El libro de Andrés Trapiello sobre el papel de los literatos en la Guerra Civil, de inexcusable consulta para entender la relación entre literatura y política en aquellos años cruentos, sale ahora reeditado con su masa documental robustecida. Incluye novedades llamativas: una carta de Neville en la que afirma que a Lorca lo mataron de un tiro en la nuca, pasajes de un diario inédito de Cansinos Assens, un texto de Sánchez Mazas donde refiere su errático fusilamiento... También se abre con un nuevo prólogo del autor, un pórtico en el que rebate la equidistancia que le han venido reprochando estos últimos años. Ahora Trapiello delimita los terrenos: “Los irrenunciables principios de la ilustración sólo estaban representados en la República; la lucha del otro bando fue por la civilización cristiana de Occidente”.

PREGUNTA.- ¿Tan incómodo se sentía en la equidistancia que le habían asignado como para dedicar su prólogo, casi íntegro, a rebatirla?
RESPUESTA.- Es un prólogo de dos folios, y se le dedica un párrafo. La equidistancia lleva a considerar que en la guerra todos fueron iguales, es decir, que todos fueron unos asesinos. Y eso es injusto para los mejores. Decía Hanna Arendt que en “en el Tercer Reich tan sólo los seres excepcionales podían reaccionar normalmente”. El libro hace un elogio de los no sectarios, de los excepcionales, los Chaves Nogales, los Juan Ramón Jiménez, las Clara Campoamor. Ninguno de ellos fue equidistante, y pese a que la República se mostró incapaz de salvaguardar sus vidas, jamás dejaron de ser ni de sentirse republicanos.

P.- Decir que la República era la que representaba el ideal de la Ilustración, como afirma en el prólogo, ¿no es simplificar demasiado las cosas?
R.- En absoluto. Cierto que en el Frente Popular hubo partidos y sindicatos que no defendieron esos ideales, tanto como que los sublevados, en bloque, los combatieron con saña. Pero el hecho de que no todos los que lucharan con la República fueran demócratas o ilustrados, ni que todos los que lucharon con los fascistas fuesen fascistas o dejasen de ser ilustrados, si lo eran antes, no debe hacernos olvidar esto bien simple: el 18 de julio del 36 hubo un golpe de estado contra un gobierno legal y legítimo. Y eso es lo que todavía hoy deberían condenar todos los demócratas, de derechas y de izquierda. Punto.

P.- ¿No percibe que se ha atenuado con el tiempo la derrota en los manuales de literatura de los escritores de las derechas?
R.- Creo que sí, que se ha atenuado la insignificancia de ciertos escritores del bando de los vencedores, al tiempo que se ha atenuado la importancia que tenían algunos escritores del bando de los vencidos. Eso ha ocurrido en cuanto la gente ha empezado a leer a unos y otros. Y quienes verdaderamente han salido gananciosos de esas lecturas son aquellos a los que no se les había leído ni antes ni después, porque no formaban parte propiamente ni de los vencedores ni de los vencidos. Entre todos ellos habían conseguido borrarles del mapa: me refiero a Chaves Nogales, Gaziel, Morla Lynch, Chacón y Calvo, el Baroja de Ayer y hoy, Joaquín Maurín, Juan Ramón Jiménez, Clara Campoamor...

P.- Qué credibilidad le concede a la carta de Neville en la que afirma que a Lorca le mataron de un tiro en la nuca y no en un fusilamiento?
R.- A la carta le concedo toda la credibilidad. Está escrita de su puño y letra. Del hecho concreto deben ocuparse los historiadores. Y de ser cierto, es significativo y añade aún más infamia, si cabe, a las circunstancias de su muerte.

P.- ¿Qué destacaría del contenido de las 2.000 páginas del diario de Rafael Cansinos Assens?
R.- La mayoría siguen en la lengua en que Cansinos las escribió. Pero prometen ser la digna continuación de La novela de un literato. La intención de su hijo Rafael Cansinos es colgarlas en la red, en su página web, a medida que vayan siendo traducidas.

P.- En esta nueva edición carga la suerte en favor de la figura de Carlos Morla Lynch. ¿Por qué considera oportuno reivindicarlo?
R.- Él solo salvó la vida de más de dos mil personas. Escribió un diario extraordinario, lleno de detalles exactos y valiosísimos. Jamás fue víctima de la propaganda ni de unos ni de otros. Era generoso y era tolerante, hasta el fanatismo. Contó lo que vio, no lo que le contaron. Y estuvo siempre en primera fila de una retaguardia plagada de asesinos, traidores y oportunistas sin arredrarse. De pocos españoles podríamos decir lo mismo que de este chileno.

P.- ¿Es también Las armas y las letras un reproche a los literatos del momento, que emponzoñaron con su oficio la convivencia en España?
R.- No se le reprocha nada a nadie. Es un libro que nos pone frente a lo que hicieron, lo que dijeron y lo que escribieron unos y otros. Y el lector saca sus conclusiones. Baroja dijo aquello que “los escritores del 98 hemos quedado muy mal en esta guerra”. Pero lo cierto es que quedaron bastante mal los del 98, los del 14, los del 27 y los del 36.

P.- ¿Cuál de estos literatos diría que es, ideológicamente hablando, el más poliédrico, el que es más difícil de calificar, el que tuvo una trayectoria más errática, o más dubitativa, si quiere?
R.- El más difícil de entender probablemente sea el más grande: Unamuno. Aunque la guerra nos obliga a considerar las circunstancias de todos, y las circunstancias fueron difíciles y excepcionales para casi todo el mundo. Fue una guerra en la que la frontera entre atenuantes y agravantes resultó a menudo muy delgada y frágil. Y eso es lo que nos ayuda a estar más cerca de las víctimas de uno y otro bando. Esa es la única equidistancia en la que creo, la que nos deja a la misma distancia de las víctimas de un lado y de las víctimas del otro, y por tanto, de sus verdugos. Lo dijo bien claro Juan Ramón: “Yo no me he exiliado para acabar dándole la mano a un asesino”.



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