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Mediocridad y pretensión en el peor día del certamen

Ante la inutilidad de Lee Daniels (The Paperboy) y la impostura de Reygadas (Post Tenebras Lux), Bertolucci aporta un poco de cordura con Io e te

CARLOS REVIRIEGO | 25/05/2012 


Nicole Kidman protagoniza The Paperboy. Foto: FIF/CD

Día plomizo, irrelevante, prescindible. Lo mejor es quitárselo de encima cuanto antes y esperar a que el viernes David Cronenberg nos devuelva el placer por Cannes. El proyecto The Paperboy, adaptación de una novela de Peter Dexter, estuvo a punto de dirigirlo Pedro Almodóvar, pero al final cayó en manos de Lee Daniels, perpetrador de esa infumable y obscena inmoralidad titulada Precious (2010). El relato versa en torno al esclarecimiento de un asesinato ocurrido en 1965 en los suburbios pantanosos de Miami. Un grupito de personajes bastante peculiares, aquí llevados a la caricatura, intentan demostrar la inocencia del preso John Cusack, condenado a freírse en la silla eléctrica por haber asesinado al sheriff del pueblo. Una mujer que lleva la sensualidad por bandera -el regreso de Nicole Kidman, rubia y espectacular, con unas ganas desesperadas de Oscar- se enamora del preso por cartas y toma la iniciativa de la defensa, secundada por dos hermanos (Mathew McConaughey, muy desaprovechado; y Zach Efron, pura inexpresivadad), hijos del propietario del Miami Times.

La tendencia a lo grotesco y a los golpes de efecto de Daniels, que en todo momento se hace notar con el empleo de sobreimpresiones y de una fotografía abrasiva, anula la fuerza potencial del relato, una historia que supura violencia y sensualidad por todos sus poros, con personajes que, de haber trascendido la mera caricatura, podrían haber salido de una novela de James Ellroy. De hecho, la investigación del crimen -que no empieza hasta mediado el filme- es lo de menos. A Daniels solo le interesa la estética de la época, pero su talento es tan mediocre y exhibicionista que condena al fracaso la energía turbadora del drama. Uno se pregunta qué podría haber hecho Almodóvar con este cuento criminal en torno a los poderes de manipulación del deseo sexual, donde las dinámicas del poder y la dominación (machismo, clasismo y racismo) rigen el destino de las personas. Imagina por ejemplo cómo habría rodado el autor de La piel que habito la mejor y más extraña secuencia del filme, ésa en la que Nicole Kidman simula un orgasmo frente al preso condenado, y el modo en que le hubiera dado el protagonismo que merece al homosexual reprimido interpretado por McConaughey. The Paperboy, con su ambiente sudoroso y grotesco, es como una especie de Tomates verdes fritos (1991) pero sin su nobleza y encantamiento. Completamente prescindible y desde luego nada merecedora de competir en Cannes. Exigencias de la alfombra roja.

Lo de Carlos Reygadas con la impostada y petulante Post Tenebras Lux -el título ya se las trae- tiene quizá más delito, porque The Paperboy al fin y al cabo es lo que es, viene de quien viene y no se podía esperar mucho más. El mexicano es uno de esos autores enaltecidos por cierto sector de la cinefilia debido a obras como Japón (2002) y Luz silenciosa (2007), pero que a este cronista siempre le ha parecido un astuto profesional de la impostura, que carga sus películas de misterios y ambiciones desmedidas, de un halo de pedantería y modernidad insufribles. Con su cuarto largometraje, sin embargo, ya no puede seguir dándonos gato por liebre. Sus excesos formales -como filmar inopinadamente con una lente que distorsiona y desenfoca los bordes de la imagen- delatan el deseo de Reygadas por epatar con las tendencias del momento, de ahí que abra y cierre la película con la intrusión en el relato del diablo, una silueta de luz roja que recuerda al monstruo de Uncle Boonme recuerda sus vidas pasadas, tan sorprendente como merecida Palma de Oro de 2010.

A su modo, con este filme Reygadas regresa al territorio de Batalla en el cielo (2005), su película más desmedida. Hay aquí, como en aquella, un misterio calculado en sus imágenes, un conflicto de clases y una historia dostoievskiana, más sumergida que evidente, de crímenes y castigos. Reygadas emplea a sus propios hijos como actores, interpretando a los hijos de la pareja protagonista, Juan (Adolfo Jiménez Castro) y Natalia (Nathalia Acevedo), que sufren los efectos de la adicción al sexo (con bestialismo incluido) del marido. El mexicano es un moralista que lleva al extremo su placer por los momentos de catarsis, como una orgía en una sauna francesa o la interpretación más ridícula y desatinada posible de It's A Dream, de Neil Young. Para terminar, en una secuencia sin cortes y en plano fijo, un personaje se planta de espaldas a la cámara y se autodecapita con las manos -momento involuntariamente Monthy Pyton-; acto seguido se desata la tormenta y la lluvia de sangre.

Bertolucci aporta cordura

El maestro Bernardo Bertolucci, con 72 años y postrado en silla de ruedas, sigue alimentado su amor por el cine con su último filme, presentado fuera de concurso. Se trata de su regreso después de nueve años, cuando hizo Soñadores. El flujo amable y agridulce de Io e Te, con algo de tributo a la Nouvelle Vague, es el de una película menor en su filmografía, que encuentra su mayor virtud en la ligereza de su desarrollo, en cómo evita tomarse demasiado en serio a sí misma -excepto en el plano final, un eco directo a Los 400 golpes- y en cómo acompaña a sus personajes con entendimiento y compasión. Lorenzo (Jacopo Olmo Antinori) y Olivia (Tea Falco) son dos desplazados sociales, dos hermanastros que coinciden durante una semana refugiados en un sótano: él, un chico muy solitario, huyendo de un viaje escolar; ella, una princesa sin trono, desenganchándose de la adicción a la heroína.

El veterano cineasta, que ha firmado algunas de las películas más trascendentes del cine moderno europeo -El conformista (1970), El último tango en París (1972), Novecento (1976)-, apuesta por la belleza de la sencillez, por la emoción sincera y capaz de surgir de las entrañas de la historia, sin imposiciones ni afectaciones, recurriendo en cierto momento -el mejor de la película- a un baile fraternal al ritmo de la versión italiana de Space Odissey de David Bowie. La película no trasciende sus modestas aspiraciones, pero tampoco se abisma en la grandilocuencia épica o la afectación lírica de otros filmes de italiano como El último emperador (1987) y Belleza robada (1996). Y eso, en los tiempos corren, y en el marco de un festival cargado de películas tramposas y disparates grandilocuentes, no es poca cosa.



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