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Elisa K, una valiente historia sobre la fragilidad del alma

Jordi Cadena y Judith Colell dirigen una película de riesgo que se adentra en el mundo de las emociones a través de recursos que rompen con las propuestas del cine español

ALEJANDRO G. CALVO | 21/09/2010 


Un momento de la inquietante Elisa K.

El cine español se mueve. Mejor dicho, el cine de calidad español, aquél que parece no existir para los grandes medios e instituciones, aquél que está escondido para el gran público y que es reivindicado desde festivales como Cannes, Locarno o Bafici. Ahora parece empezar a reproducirse, a contagiarse de forma lenta pero contumaz, dando luz a jóvenes realizadores que deberían marcar las pautas del cine de autor del futuro.

Hablamos de nombres ya conocidos, como los de Albert Serra, Javier Rebollo o Isaki Lacuesta, pero también de Daniel Villamediana, de Oliver Laxe, de Carla Subirana, de Andrés Duque, de Virginia García del Pino y de los descarados chavales que conforman el colectivo Los hijos.

Elisa K, adaptación de la novela homónima de Lolita Bosch -tan lejos, tan cerca, del relato de David Foster Wallace Sin ningún significado-, ha sido rodada a dos manos por Jordi Cadena, veterano realizador a contracorriente (e irregular) del que nadie parece acordarse, y Judith Colell, directora de la interesante 53 días de invierno (2006), siguiendo dicha línea rebelde, anticonformista y ajena a los gustos del mainstream más aceptable por la mayoría. Un relato conceptual que juega con las formas plásticas y las figuras dramáticas para estilizar una narrativa que mezcla el pasado lejano -el Bergman de Persona (1966)-, lo próximo -el Godard de Elogio del amor (1961)- y la rabiosa actualidad: la colección de películas-bisagra que desde Apichatpong a Isaki Lacuesta han ido trufando de éxitos el cine de autor contemporáneo.

Un filme conceptual
Elisa K, pese a que acabe resbalando en su obsesión por formalizar su condición de filme conceptual, posee el suficiente interés como para despertarnos del estancado letargo en que nos suele sumergir el cine patrio. Dividida en dos partes, separadas por una elipsis de catorce años, entabla un interesante debate entre el cine filmado y el cine hablado. La primera parte, fotografiada en blanco y negro, con abundancia de planos fijos y con una exquisita voz en off que avanza unos segundos lo que las imágenes nos van a mostrar a continuación, resulta lo mejor, mientras que la segunda mitad, filmada en color y con cámara nerviosa, donde el monólogo (de nuevo un off posiblemente prescindible) surge desde el interior de la protagonista, resulta bastante más impúdica y descontrolada.

Lo decía Julio Cortázar a través del falso crítico Morelli: la literatura (en nuestro caso, el cine) que nos interesa no es la que pone a los personajes en situación, sino la que instala la situación en los personajes. Sublime propósito -Antonioni sería el maestro-- que subraya las virtudes y los defectos de esta, aunque abrupta, valiente e interesante propuesta.



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