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Patricia Highsmith: biografía definitiva

por Joan Schenkar

Circe


 | 05/01/2011 


1
POR DÓNDE EMPEZAR
Parte 1

Ningún escritor revelaría jamás su vida
secreta, sería como desnudarse en público.

Patricia Highsmith, 1940

El problema era que nunca la veías sola, en
su rutina normal; en cuanto estabas delante,
se volvía una persona diferente.

Barbara Roett, conversación con la autora

Un día cualquiera
El 16 de noviembre de 1973, un día que despuntaba fresco y húmedo en el diminuto pueblo de Moncourt (Francia), Patricia Highsmith, una escritora estadounidense de cincuenta y dos años que llevaba una vida aparentemente tranquila junto a un brazo del canal del Loing, encendió otro Gauloise jaune, apretó los dedos con los que sujetaba su estilográfica Parker favorita, se encorvó sobre su buró -con sus brazos de articulaciones peculiares y sus enormes manos llegaba al fondo del escritorio sin levantarse- y anotó en su cuaderno una breve lista de actividades útiles que podían hacer «los niños pequeños por la casa».

Es una pequeña lista hecha de pasada, la clase de lista que le gustaba elaborar cuando vaciaba los bolsillos traseros de su mente, y está garabateada con la forma que se emplearía para escribir una idea de última hora. Sin embargo, como cualquier lector atento de Highsmith sabe, es en los momentos en los que parece estar ociosa, despreocupada o (Dios no lo quiera) ligeramente relajada cuando hay que prestarle especial atención. En cada rincón «relajado» de su mente creadora hay una bestia agazapada y, efectivamente, se abalanza sobre nosotros con el desconcertante título de su lista. La llamó «Pequeños crímenes para los más pequeños». A continuación, por si acaso, añadió un subtítulo: «Cosas que pueden hacer los niños pequeños por la casa [...]»

Poco antes, Pat había confeccionado otra pequeña lista -para enviársela al historiador del cómic Jerry Bails a Estados Unidos- con información poco clara sobre su trabajo en los cómics del Terror Negro y el Sargento Bill King, que combatían el crimen en sus aventuras, así que es posible que aún estuviera contando de cuántas maneras se podía vincular astutamente a los niños con el crimen.1 En su último cuaderno de apuntes, escrito en ese mismo lugar privilegiado de la Francia semisuburbana, también había dedicado unos cuantos pensamientos a los niños. Uno de ellos era un simple cálculo. Calculó que «un golpe propinado en un momento de furia seguramente [podría] matar a un niño de entre dos y ocho años» y que «Para matar a los mayores de ocho años serían necesarios dos golpes». La persona a la que se imaginaba perpetrando este asesinato no era otra que ella misma; la circunstancia que la llevaría a hacerlo era muy sencilla: «Hay una situación (quizá la única) que podría llevarme a cometer un asesinato: la vida familiar, la cercanía.»

De modo que, por difícil que resulte imaginarse a Pat Highsmith mojando su pluma en los juegos infantiles, sus escritos privados nos revelan que a veces le gustaba analizar los problemas más extravagantes del trato con los más pequeños. Y no sólo porque sus sentimientos hacia ellos oscilaran entre un interés clínico en su educación (preguntaba constantemente por los hijos de sus amigos) y un violento rechazo de su presencia real (no soportaba los ruidos que hacían los niños cuando se estaban divirtiendo).

Como su batalladora abuela materna, Willie Mae Stewart Coates, que enviaba sugerencias al presidente Franklin Delano Roosevelt para mejorar Estados Unidos (y que recibió respuestas manuscritas de la Casa Blanca), Pat tenía un cajón lleno de originales ideas para cambiar la sociedad que deseaba fueran llevadas a la práctica. Sus cuadernos están amenizados con grandes planes para los más pequeños, la mayoría esculpidos con la piedra de algún duro afloramiento de su propio escabroso pasado. Cada uno añade una nueva atrocidad al estudio del desarrollo infantil.

Uno de sus planes para los jóvenes -sólo es una muestra- parece reproducir casi al pie de la letra la dolorosa separación que vivió ella en su propia infancia, cuando en 1927 se la llevaron de Fort Worth (Texas), donde vivía al cuidado de su abuela en la casa de huéspedes de la familia, a la otra punta de Estados Unidos, a vivir con su madre y el nuevo marido de ésta en la estrechez de un pequeño piso en la zona norte del West Side de Manhattan. La idea de Pat para contribuir al desarrollo de los pequeños -idea que se trasladaría de una entrada escrita en serio en su cuaderno de 1966 a la mente de la desequilibrada protagonista de su novela de 1977, Edith's Diary [El diario de Edith]- era mandar a los niños de corta edad a vivir a lugares al otro lado del mundo («¡Se podrían pedir voluntarios a los orfanatos!», escribió con entusiasmo, animada con su particular sentido práctico) para que sirvieran a su país como «jóvenes miembros del Cuerpo de Paz». Como una muestra de tejido extraída de la piel de sus pensamientos, su peculiar y espontánea lista del 16 de noviembre de 1973 (escrita en su casa de un pueblo tan pequeño que una visita a la oficina de correos significaba tener que soportar una atención que no deseaba) resulta ser una útil vía de acceso a la mente, la materia y la puesta en escena de la talentosa miss Highsmith. Entre otras revelaciones, la lista contiene consejos para personas (de corta edad) cuyas vidas son análogas a la de ella: personas lo suficientemente débiles para estar recluidas en casa, lo suficientemente libres para no necesitar vigilancia paterna aparente y lo suficientemente furiosas para dedicar sus pensamientos al asesinato.



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