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Decir su nombre da miedo

Leonard Cohen no es poeta para agradar, entretener, ser mediático. Es poeta porque puede

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A. SÁENZ DE ZAITEGUI | Publicado el 01/06/2011


Parece una persona corriente. No es una estrella. Tiene algo de Clint Eastwood (lo tierno) y de Patti Smith (lo duro). Aires de filósoso francés postmoderno. Da la impresión de estar permanentemente roto. Escribe. Básicamente, escribe. El qué es lo de menos. Empezó por la poesía, como los héroes: Comparemos mitologías nació 22 años después que él, en 1956. Luego vinieron ocho o doce más: no es sencillo contar sus versos. Los hay bastante ortodoxos, casi normales, a pesar de llamarse Flores para Hitler (1964) o La energía de los esclavos (1972). Otros son más elusivos, al interactuar con las artes visuales (Libro del anhelo, 2006) o con la música. De hecho, su mejor poema es una canción. En Hallelujah coinciden todos los hombres que él es: el poeta, el profeta, el rapsoda, el hombre que eclipsó a Handel.

El místico. Su escritura es siempre palimpsesto de la Escritura: inmersión en el imaginario universal, no importa el credo, judío, cristiano, budista, todos, uno. Concibe la creación como la Creación: si los pitagóricos creían que la materia era numérica, si Yahvé inventó el mundo diciéndolo, él forja lo humano cantándolo, con o sin música. Para entender cuál es su religión, lo mejor es leer a Whitman. También su fe es el hombre.

Cada poema, un templo. La construcción de su poesía se basa en las ruinas: es un discurso inacabado, siempre derrumbado. Las palabras esconden más de lo que comunican, abriendo monstruosos abismos en el texto y en nuestra mente. Surgen voces de no se sabe dónde, hombres y mujeres entran y salen de escena sin razón aparente, la narración es un silencio sólo aliviado por las vigas maestras, los puntos de anclaje: las ideas. Para contar la Historia, hay que callar la historia.

Se considera un redactor de salmos, oraciones, apocalipsis. No es poeta para agradar, entretener, ser mediático. Es poeta porque puede. Asume que (como dice Spiderman) un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Evita manipularnos mostrándonos las piezas, no el puzzle. En sus versos se exhiben trozos de vida, pedazos de mundo, tragedias shakespearianas interrumpidas por anuncios de la tele. Leerle es un proceso de reconstrucción perpetua. Las combinaciones posibles se miden en cifras borgesianas: somos absolutamente libres de interpretarle o malinterpretarle a nuestro antojo. No podemos equivocarnos. Su complejidad nos salva de nuestra simpleza.

Es un mito. Un ídolo. No tiene edad (77 años). No tiene patria (Canadá). Parece impermeable a su propia inmortalidad. Enseña que la poesía se escribe en vinilo, se escucha en el iPod. Nos ha redimido para siempre de nuestra manía de distinguir entre literatura y no literatura, ficción y realidad. Si uno pasa demasiado tiempo leyendo su poesía, acaba por sentirse un personaje, una voz de su poesía. Y al cerrar el libro y salir a la calle y disponerse a vivir, se da cuenta de que el libro sigue ahí, en la calle, en la vida, abierto de par en par.
En España acaban de darle un premio.
Es Leonard Cohen.




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Imagen del disco Songs From The Road, de Leonard Cohen