En 2004, una novela levantaba un coro de carcajadas entre la crítica norteamericana. Se llamaba Wake up, Sir! y la firmaba un tal Jonathan Ames. Al seriófilo, al espectador empedernido de esta época dorada de las series norteamericanas, le sonará el nombre. Jonathan Ames se llama el pequeño protagonista de Bored to Death, genial sit-com que, desgraciadamente y tras tres temporadas, fue cancelada el pasado mes de diciembre. Este Ames -escritor en horas bajas, adicto al vino blanco y metido a detective privado- interpretado por Jason Schwartmann, era uno de los vértices de un trío de amigos que completaban el genial Ted Danson (Cheers) en el papel de un campechano pero muy elegante director de periódicos, y el desternillante Zach Galifianakis, metido aquí a dibujante de cómics con habituales idas de olla. Pues bien, detrás de esta serie que ya recomendó el blog To be continued, habitaba un escritor de verdad. La creó, con marcado carácter autobiográfico, el auténtico Jonathan Ames. Atención a su vida: ex boxeador y ex alcohólico, fue columnista del New York Press antes de debutar en la literatura con esta hilarante novela que el New York Times señaló como libro del año.
Una vez más, Ames narra la historia de un joven escritor con querencia por los problemas pero que, para esta manía suya, cuenta con la ayuda de un mayordomo, Jeeves, que le saca de las peores situaciones. Expulsado de la casa de sus tíos, en la que residía, por otra manía suya, el alcohol, emprende junto a su fiel ayudante un viaje por carretera hacia una colonia de artistas. Principal de los Libros edita por primera vez en español una obra de Ames y lo hace en un momento en el que se tercia este tipo de literatura capaz de hacer llorar de risa a los lectores. No en vano, las críticas de la contraportada -y hay al menos una decena- remiten todas al mismo adjetivo: "Desternillante". Como prueba, este capítulo, el noveno, que reproducimos a continuación.
Capítulo 9
Conozco a Debbie * Busco las palabras adecuadas *
Conozco a una montaña * Hago cosas que no sabía
que fuera capaz de hacer * Un arduo viaje
Puede que perdiera el conocimiento durante unos pocos minutos porque sentí como si hubiera pasado algo de tiempo, como
si me despertara de un sueño. Entonces una enorme y alta camioneta paró delante de mí, enfocándome directamente con
sus faros. Durante unos instantes, debido al deslumbramiento,
no vi dónde estaba. Pero luego lo recordé: estaba en Sharon
Springs, en la gasolinera, esperando a Debbie.
Las luces eran cegadoras; estaban al nivel de los ojos debido
a la inusual y muy alta suspensión de la camioneta y a sus impresionantes e hipertróficos neumáticos. Alguien bajó del lado
del pasajero de la camioneta. Por la silueta, parecía una mujer.
Entonces la figura, ahora claramente una mujer, se puso frente
a las luces y se detuvo allí, sin acercarse más. Yo avancé un paso
desde la pared, pero me mantuve a una respetuosa y tambaleante distancia. Tenía que ser Debbie.
-¿Me has llamado por teléfono? -preguntó, y no diría
yo que su tono era amistoso, pero tenía que asegurarse de que
yo no era simplemente un idiota parado junto a la tienda de la
gasolinera. Tenía que asegurarse de que yo era el idiota que la
había llamado.
-Sí -dije-. Soy Alan.
Era una hembra robusta, no una belleza clásica como la
chica de mi sueño, pero aun así me emocionó que hubiera
venido a verme en mitad de la noche para darme una oportunidad. Se teñía el pelo de un rubio lacio bajo el que asomaban
las raíces oscuras de los cabellos. Su pecho, embutido en un
top que le dejaba la espalda desnuda, era formidable y muy
atractivo, y su rostro algo regordete estaba más hinchado de
lo habitual, según pude observar, como consecuencia de haberse despertado en mitad de la noche. Parecía tener treinta
y muchos años. Debía ser agradable abrazarla. Hacía mucho
tiempo que no tenía en mis brazos a una mujer, así que la idea
de acurrucarme con aquella chica de aspecto duro me parecía
sumamente tentadora.
-¿De dónde has sacado mi número?
-De la guía telefónica... He estado bebiendo... Sé que es
una locura y siento que sea tan tarde, pero...
-¿Has mirado mi número en la guía telefónica?
-No, en la nota que dejaste...
¿Qué podía decir? Claramente desconfiaba de mí. Busqué
las palabras románticas adecuadas, pero antes de que pudiera
dar con algo seductor e ingenioso sobre las inusuales circunstancias de nuestro encuentro, ella dio un golpe a la capota de
la camioneta y la puerta del conductor se abrió ominosamente.
No se me había ocurrido al verla salir del asiento del pasajero que quizá no estuviera sola, que alguna otra persona debía haber conducido, pero uno no puede estar en todo en estas
situaciones tan delicadas que implican llamar a mujeres que
dejan notas en cabinas de teléfono, especialmente cuando la
cantidad de alcohol en sangre hace que el coeficiente intelectual
dé un número inferior a la temperatura corporal.
Y tras esa puerta se bajó de la camioneta una bola enorme
y malhumorada en forma de hombre que me lanzó una mirada
terrible que debía llevar entrenando bastante tiempo, quizá los
últimos cuarenta años de su vida. El tipo podía haber competido con la mirada de ostra congelada del tío Irwin. Vestía una
camiseta azul y tejanos, y su cabeza era un enorme globo con
algunas cerdas. Tenía una barriga muy distendida, según lo que
parecía la moda en Sharon Springs. Le faltaban unos centímetros para el metro ochenta, pero lo compensaba sobradamente
con su anchura. Parecía una montaña pequeña.
La montaña contempló las dimensiones de Blair -mido un
metro ochenta y peso setenta y dos kilos, la mayor parte de ellos
a causa de mis zapatos de cuero, me temo- y luego avanzó hacia mí con un saludo sencillo e históricamente poco amistoso:
-¡Hijo de puta!
Ver moverse a una montaña me paralizó. No fue muy diferente a aquella ocasión en que una rata ascendió por mi pierna.
Me quedé congelado. Y entonces aquel continente humano se
detuvo justo frente a mí.
-¿Por qué la has llamado?
-Lo siento... -empecé a decir, pero entonces él me golpeó a
traición, lo que significa que me atacó sin previo aviso, hecho que
me sorprendió a pesar de que habría sido extraordinariamente
inusual que antes de hacerlo me advirtiera verbalmente.
La naturaleza de su golpe a traición consistió en que su puño,
que era del tamaño de una tostadora pequeña, me golpeó exactamente en la nariz. Se escuchó un crujido agudo -me viene a la
cabeza el sonido de un lápiz quebrándose- y el dolor fue cruel,
desagradable, como si me hubieran atizado con un martillo.
No me caí, pero se produjo una especie de eclipse, aunque
ya era de noche, porque todas las luces del mundo se apagaron.
Vi sólo la más oscura de las oscuridades y en ese mundo ciego
me llevé las manos a la nariz, buscándola como alguien que lee
en braille. Mi nariz, según noté, se había movido al lado derecho de mi cara tras descubrir que ya no la querían en el centro.
Oí que alguien gritaba:
-¡Dios mío!
Ese alguien, comprendí, era yo. Pero no pasa nada. A los
agnósticos se nos permite rezar bajo estas circunstancias, es una
de las ventajas de nuestra postura.
Entonces algunas de las luces se volvieron a encender justo a
tiempo para ver el puño de Montaña entrando en mi americana
de lino azul por la región de mi estómago. Eso provocó que me
subieran de nuevo a la boca la bilis y los vómitos que había
tragado antes pero, heroicamente, no vomité.
Sin embargo, no podía respirar demasiado bien y, para ser
sincero, tampoco veía mucho. Me sentía como si estuviera mirando a través del hueco de una pajita de beber. Vi una de mis
manos en la acera. Eso era todo lo que mi campo de visión
abarcaba. Mi pobre mano, pensé.
Era vagamente consciente de estar asustado y triste por lo
que me estaba sucediendo. Pero existía también un curioso distanciamiento. Notaba que la Montaña seguía allí. Parecía estar descansando. Quizá ya me había castigado lo bastante. Me
merecía lo que me estaba pasando. Había cometido un terrible
y egoísta error haciendo la llamada, así que la paliza que estaba recibiendo estaba justificada, pero quizá ya fuera suficiente.
Mientras, arrodillado y encorvado, me esforzaba por respirar y
un hilo de sangre cayó de mi nariz.
Ya no estaba borracho. Estaba otra cosa. No borracho.
Ni sobrio. Apaleado. Los ruidos sonaban lejanos, amortiguados. Distinguí que la Montaña decía: «Joder, cómo te atreves
a llamar a mi novia» y que Debbie añadía: «Es un pervertido. Machácalo bien». Y a través de la pajita que delimitaba
mi campo de visión contemplé una bota acelerando hacia mí,
apuntando directamente al ojo que miraba, así que me giré y
la patada me dio en el hombro. Eso casi no dolió comparado
con la demolición de mi nariz y el aplastamiento de mi estómago, y me animó tanto que el dolor fuera menor que intenté
arrastrarme lejos de allí.
El golpe en el hombro me había despertado un poco y mi
visión funcionaba ahora casi con normalidad. Mientras me alejaba a gatas, humillado, volví la vista atrás y vi la parte inferior
de la Montaña avanzando amenazadoramente. Observé lo que
me pareció una rodilla, y no sé de dónde saqué una idea tan
fantástica, pero justo cuando la Montaña estaba sobre mí, le
di una coz con una pierna y con todas mis fuerzas -meses de
yoga tenían sus ventajas-, de modo que la suela plana de mi
zapato de cuero se encontró con la rodilla de la Montaña, se
produjo una escaramuza breve y mi zapato ganó.
La rodilla se hundió, que no es para lo que las rodillas están
diseñadas, como estoy seguro que saben, y fue casi grotesco ver
una rodilla doblarse de esa manera, aunque fuera una rodilla
malvada unida a una peligrosa Montaña humana.
No podía creerlo. Había dirigido mi pierna como si fuera
algo entrenado, como si fuera un servicio de tenis, y la Montaña gritó y luego cayó cuan largo era y acabó tirado sobre el
asfalto junto a mí, con aspecto dolorido, vulnerable y humano.
Incluso las montañas crueles le tienen cariño a sus rodillas y
quieren que funcionen bien. Me horrorizó el haber hecho daño
a alguien e intenté transmitir con la mirada -no creo que en
aquel momento pudiera hablar- lo mucho que lo sentía. Pero
por otra parte opino que fue un intercambio justo, casi bíblico:
ojo por ojo y rodilla por nariz.
Entonces me levanté, pensando que ya había acabado todo,
pero la Montaña se incorporó sobre su rodilla buena y me golpeó en la entrepierna, aunque por fortuna el sólido hueso de mi
cadera desvió el golpe. Me quedé estúpidamente anonadado.
¿Es que no había visto mi mirada de disculpa?
Entonces, rápidamente, descargó otro golpe y me dio en la
rodilla izquierda, intentando hacerme lo mismo que yo le había
hecho a él, pero mi rodilla no se dobló hacia atrás, gracias a
Dios, porque la golpeó de lado y no frontalmente. Y antes de
darme cuenta, por puro acto reflejo, hice entrar de nuevo en
acción a mi pie derecho, cubierto por la gruesa capa de cuero
del zapato, que encontró una abertura que resultó ser una boca.
La Montaña dejó escapar otro grito y sus labios se pintaron de
rojo sangre. Es sorprendente lo rápido que la boca produce sangre, pero no debería asombrarme tanto, pues siempre que me
paso el hilo dental sale tanta sangre que me dan ganas de salir
corriendo hacia la Cruz Roja a hacer una donación.
Cuando saqué mi zapato de su boca, la Montaña y yo, en
un momento íntimo -de hecho, pelearse es algo muy íntimo-
cruzamos miradas de nuevo. Ninguno de los dos podía creer
que yo estuviera ganando, y nuestros ojos lo expresaban con
claridad. Entonces él escupió dos dientes teñidos de carmesí.
Pero todavía no había terminado. La Montaña era un digno
oponente. Intentó ponerse en pie, llegó a medio incorporarse, y
me lanzó un golpe ciego que no me alcanzó. Entonces yo descargué mi puño derecho -del tamaño de un buen diccionario
de bolsillo, no tan grande como una tostadora, pero aun así no insustancial- en un lado de su cabeza, sobre la oreja, que me
pareció blanda y carnosa, aunque el cráneo que había debajo
era duro. Un dolor terrible ascendió desde mi mano y mi muñeca, y creo que también un dolor terrible le recorrió su oreja y su
cabeza, pues se desplomó sobre la acera, llevándose una mano
al oído y cubriéndose el rostro con la otra, como un niño que
no quiere que le peguen más.
Entonces se apoderó de mí un terror incontenible -la consabida reacción retardada a cualquier experiencia traumática
que sufro- y empecé a gritar y a correr. Tenía que largarme de
allí, pero un feroz monstruo vestido con un top con la espalda
al aire -¡Debbie!- me amenazó con sus garras. Pude apartarla de mi camino con el brazo, como haría un atacante en fútbol
americano con un defensa, y vi que se tambaleaba pero que no
se hizo daño -una cosa es desmantelar montañas, otra muy
distinta pegar a una mujer- y entonces el cajero salió de la
tienda de la gasolinera con un bate de béisbol en la mano.
-¿Qué demonios está pasando aquí? -preguntó, pero yo
pasé corriendo a su lado, gritando como si estuviera loco.
Impulsado por una cantidad descomunal de adrenalina que
llevaba años acumulándose y se liberó de golpe, corrí a toda velocidad en dirección al Adler, con la sangre todavía manándome
de esa cosa que antes había sido mi nariz.
Temeroso de que la Montaña fuera a perseguirme en cuanto se levantase, corrí por la calle oscura, luego bajé el ritmo
y, finalmente, cuando el efecto de la adrenalina se disipó, me
escondí, agotado y muerto de miedo, bajo unos arbustos cerca
de una casa no lejos de donde había visto a los niños hasídicos
en bicicleta. Me tumbé en el suelo, incapaz de creer lo que me
había sucedido. Con cuidado, me puse un poco de tierra en la
nariz, pues se me ocurrió la demente idea de que quizá eso me
ayudaría a curarme.
Me quedé allí quieto unos minutos, pero temía que me descubrieran, así que me obligué a levantarme y caminé un poco
más por la calle oscura iluminada por unas pocas estrellas y
una franja de luna hasta llegar a la casa de baños en ruinas,
dentro de la cual me escondí. Pensé en pasar allí la noche, quizá en una de las bañeras; la luz de la luna era la justa para distinguir sus formas, pero el sitio me daba demasiado miedo.
Así que salí de la casa de baños y caminé y corrí; el trayecto se me hizo eterno, los tres kilómetros me parecieron cien, y
constantemente temía que apareciera a mis espaldas la Montaña, quizá con un grupo de amigos, para acabar conmigo. O
quizá la Montaña no había podido levantarse y Debbie había
llamado a la policía y un coche patrulla iba a buscarme y arrestarme por agresión, por no hablar de lesiones, y sin olvidar una
llamada de teléfono que quizá un jurado poco comprensivo podría calificar de acoso.
Pero no me persiguieron ni turbas vengativas ni la policía.
Llegué sin mayor perjuicio al Adler y, con mis últimas fuerzas,
subí la escalera de cemento. La puerta principal no estaba cerrada. Gracias a Dios, la anciana la había dejado abierta para
mí. ¿Cómo iba a llamar al timbre y dejar que me viera la cara?
Pasé de puntillas por el oscuro vestíbulo, subí rápidamente
la escalera que llevaba a mi habitación, entré a toda pastilla y
pasé frente a la mezuzá como un relámpago.
-¡Jeeves! ¡Jeeves! -grité.