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El sabio del pan y el agua

Autores y lectores de su obra homenajean a José Luis Sampedro

DANIEL ARJONA | 09/04/2013 


José Luis Sampedro. Foto: Carlos Díaz

Escritor de incontables lectores, profesor de economía con no menos y encandilados alumnos, la muerte de José Luis Sampedro ha oscurecido hoy los ánimos en los mentideros de la Red. Él avisó hará año y medio en una conferencia, con su bonhomía y no sin cierta adustez materialista: “Estoy feliz y no tengo ningún miedo. La muerte es compañera de la vida, no lo opuesto. Deberían educarnos para aceptar eso. Si nadie hubiera muerto desde los comienzos de la Humanidad, la Tierra sería un lugar inhabitable”. Más, ¿cuán inhabitable y frágil queda el suelo a los pies de aquellos de sus fieles lectores que son además compañeros suyos en esa extraña profesión de contador de historias?

Compañero, y no sólo de profesión, sino de bastante más, era Lorenzo Silva. Y así rompe la baraja: "Como estas cosas sólo pueden decirse una vez, voy a gastar gustoso mi único cartucho. José Luis Sampedro era el mejor, el más sabio, el más lúcido de los escritores a los que he tenido la oportunidad de conocer. Demasiado bueno, demasiado sabio y demasiado lúcido para que algunos pudieran apreciarlo. Tiene libros soberbios, como Octubre, octubre, y capaces de conmover a cualquiera, como La sonrisa etrusca. Tuve el honor de su amistad, y Getafe Negro, el festival del que soy comisario, tiene el honor de entregar el premio que lleva su nombre. Trataremos de estar a la altura".

Para el dramaturgo Alex Rigola la evocación se activa con tanta sencillez como penetración: “Yo tengo la imagen del abuelo de la serie de dibujos Érase una vez el hombre. La del sabio: ese hombre mayor, vivido, que después de reflexionar regala conocimiento y ética. Un conocimiento y una ética que necesitamos como pan y agua en estos días que vivimos”.

"Sampedro deja una actitud", afirma el poeta Luis Alberto de Cuenca. "De vocación tardía por la literatura, se erigió en los últimos tiempos en conciencia crítica de la sociedad, y adalid de los movimientos que enmiendan el sistema. Le recuerdo como una persona encantadora que no sólo se escuchaba a sí mismo, como tantos otros, sino que le gustaba y sabía escuchar a los demás.

El escritor Luis Artigue recuerda su encuentro con aquella “prosa apasionada y recia y fluidamente honda con gotas de lirismo de alta resolución que descubrí en sus relatos de Mar al fondo. Agradecido a esa prosa me adentré en sus novelas, entre las cuales mi favorita es La vieja sirena, compendio de sensualidad y poesía y mitología para llevarnos de la mano a la Alejandría del siglo III. Eso me hizo seguir con fervor sus conferencias y sus declaraciones públicas en las que irradiaba finura ideológica y pasión por vivir trascendiendo el imperante vitalismo elemental… Cuesta hablar de José Luis Sampedro en pasado pues pertenece a la estirpe de los clásicos que refinan nuestra vida. ¡Díganle a la muerte que la odio por su culpa!”

La estatura pública de Sampedro no se agota en unas líneas y, para algunos, dobla la apuesta de su propia obra. Por ejemplo, admira Fernando Aramburu de José Luis Sampedro "más su figura de humanista comprometido que anteponía las personas a los números, las estadísticas y los balances de cuentas, y que no perdía de vista en sus análisis a los desfavorecidos de la sociedad, que al escritor de novelas".

Para otros, como Joaquín Pérez Azaustre, su trayectoria intelectual se pespuntea y solapa con las lecturas de Sampedro: “Leí hace muchos años La escritura necesaria, un generoso ejercicio de autorreflexión narrativa de José Luis Sampedro. Para un muchacho de apenas 20 años, encontrarme con semejante transparencia con respecto a la propia obra -el libro es un análisis de sus métodos novelísticos, analizados con ejemplos textuales de sus novelas, desde la famosa La sonrisa etrusca hasta la más difícil, Octubre, octubre- fue un aprendizaje impagable en mi primera juventud. Años después, en el Círculo de Bellas Artes, me lo presentó una tarde Pere Gimferrer y tuve ocasión de contárselo. Más recientemente, su discurso ante la crisis económica lo ha vuelto, para mí y para otros muchos, más imprescindible que necesario”.

Mateo de Paz también coincidió con Sampedro en un encuentro del que guarda algo más que agradecimiento: "Lo conocí cuando asistía a las charlas que Andrés Sorel organizaba en la Asociación Colegial de Escritores. Recuerdo que, en aquellos tiempos, también estaban por allí Jon Bilbao, Roberto Bartual y Twiggy Hirota, entre otros. Yo había leído La vieja sirena por recomendación de una amiga y luego, por mi propia iniciativa, El río que nos lleva. Este libro había nacido de un viaje que el escritor hizo a lo largo del Tajo y que se iba a titular Pan y navaja, por una anécdota que había vivido en aquel viaje: un ganchero, sentado a la sombra de un árbol, con una enorme hogaza de pan que iba seccionando poco a poco ayudado por una navaja albaceteña. "¿Hay apetito?", le preguntó. "Pan y navaja", respondió el hombre. Afortunadamente, la censura se lo impidió y el libro fue titulado de una manera mucho más coherente y poética. Siempre admiré su energía y su fuerza de voluntad para no morirse nunca. Adiós. “

La vida como un aprendizaje continuo y admirado, como el tránsito de una curiosidad hambrienta. Así evoca la poeta Ana Pérez Cañamares al autor de La sonrisa etrusca: “Lucidez y longevidad son un raro regalo, no tanto para quien los recibe, sino para los que le rodean. Igualmente, saber de letras y de economía, en estos tiempos. Todo junto hace un ser humano completo y profundo, con una voz que no se apaga y de la que habrá que seguir aprendiendo y recogiendo aliento en los años por venir”.

"Ese entrañable hombre de rostro afilado y barba blanca poseía una voz plagada de armónicos que conseguía captar la atención de quien le escuchaba". Así recuerda a Sampedro el escritor y fiel lector de su obra Mario Crespo. "Contribuía a ello, sin duda, el hecho de que sus palabras tenían gravedad, importancia, peso. Tanto que cuando empezamos a valorarlas ya era demasiado tarde. En una sociedad y un mundo que se venía abajo, voces como la de José Luis Sampedro, que nos advertían de los peligros del sistema de vida occidental antes de que a la ciudadanía le pareciera que el sistema de vida occidental tenía algún tipo de problema, eran tan necesarias para los ciudadanos como contingentes para los gobernantes. Y así nos ha ido".

Y es que Sampedro fue en su últimos años tan sosegado como intratable en su impugnación de nuestro mundo. Enmienda a la totalidad que comparte Emilio Bueso:"'Este sistema se acaba', dijo Sampedro, apenas hace cuatro años. 'O se corta [esto pronto] o se cortará por el agotamiento de las fuentes de energía, por la perturbación del clima, por la contaminación del agua, que ya escasea en muchos sitios, por la contaminación del aire… por todo lo que se está destrozando'. Sampedro siempre vio todo esto en lo que nos hemos montado como un gigantesco despropósito:'‘o se termina [con nuestro estilo de vida] porque se produce un cambio, o se terminará por la barbarie'. Y poco después, ya en otro medio, añadió 'Ahora entramos en una época de barbarie'. Nos sentenció. Y ahora nos ha dejado. Abandonados a nuestra suerte”.



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