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Quédate con nosotros, Señor, porque atardece

Álvaro Pombo presenta una intensa novela en que la indagación espiritual y filosófica se entrelaza con una insospechada trama criminal

 | 29/05/2013 


Álvaro Pombo. Foto: Iñaki Andrés

En un pequeño convento trapense situado al sur de Granada, en el caserío de La Gorgoracha, aparece ahorcado el padre Abel, uno de los monjes, y a pesar de que ha sido un suicidio, el prior ha tomado la decisión de declarar el hecho como muerte accidental. El impacto brutal que lo ocurrido provoca en cada uno de los cinco miembros de la comunidad se verá agravado por la determinación un tanto morbosa de un intelectual mediático granadino por ahondar en la verdadera naturaleza de esa muerte y sacar a la luz el diario del fraile, en que previsiblemente daba razón de sus razones.

A continuación se pueden leer las primeras páginas de "Quédate con nosotros, Señor, porque atardece".

«Und wolltest nichts, als eine lange Arbeit»
(y no querías nada más que un largo laboreo)

R. M. Rilke



Se acercaron a la aldea donde iban y Jesús fingió
seguir adelante. Obligáronle diciendo: «Quédate con
nosotros, porque atardece, y el día ya ha declinado».
Y entró para quedarse con ellos. Puesto con ellos a la
mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio.
Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron,
pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro:
«¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro
de nosotros cuando nos hablaba en el camino?».

Evangelio según san Lucas, 24, 28-32


Afuera es todavía de noche. Es la madrugada subtropical de los primeros días de adviento, al sur de Granada, en el pelagartal.

Son tan pocos. Solo seis monjes encapuchados, seis siluetas humanas, recogidas, inmóviles, delante del altar en corro. Seis bultos blanquecinos en una capilla blanca que recuerda un poco una panera vacía. Uno de ellos, el más alto, lee una lectura breve: (Rm 13, 11b-12): Ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Todos, en el responsorio: Cristo, Hijo de Dios vivo, ten piedad de nosotros. / Tú que has de venir al mundo, ten piedad de nosotros. / Oremos a Dios padre, que nos concede la gracia de esperar la revelación de nuestro Señor Jesucristo y digámosle confiados: muéstranos, Señor, tu misericordia.

Resulta sobrecogedor oír leer, uno a uno o en coro, a estos monjes. Es sobrecogedora la idea de que los seis a la vez, ahora mismo, tengan ante sí un mismo objeto intencional: seis atenciones individuales se dirigen, aquí y ahora, a un mismo objeto intencional. Y es sobrecogedor que este objeto sea un texto de la Epístola a los Romanos que describe la situación en que se encuentran, en este momento de la historia -de su intrahistoria, al menos- estos seis frailes. Y que describe un reino inverosímil, que solo parece sostenerse en las palabras que devotamente lo enuncian día tras día.

Se han levantado a las cuatro de la mañana. Llevan media hora con esto. Ya es hora de despertar del sueño: los seis aducen a la vez el mismo motivo: porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. ¿Cuándo empezaron a creer? A esta pregunta, sin duda, responden seis biografías diferentes. ¿Creían igual -y lo mismo- cuando eran niños? Tendrían, sin duda, creencias de niño, creencias católicas. Es de suponer que empezaron desde dentro y siguen dentro. Afuera, lentamente se alza un sol neblinoso que aún no ilumina la tierra: solo disuade la luz de la luna, con quien se compaginará todavía un buen rato en los cielos frutales de los mangos, los chirimoyos, los aguacates, las patatas, las berzas, los roquedos, la tierra granaína. Hace frío dentro de la capilla, alrededor del altar. Hace frío dentro de esta panera vacía. Haz, Señor, que durante este día caminemos en santidad / y llevemos una vida sobria, honrada y religiosa / ayúdanos a vestirnos del Señor Jesucristo / y a llenarnos del Espíritu Santo / Haz, Señor, que estemos preparados el día de la manifestación gloriosa de tu Hijo. Tendrían costumbres religiosas y no religiosas (las costumbres y los hábitos de la actitud natural) que les duraron toda la juventud y hasta el día en que entraron en el convento. Una vez dentro ¿sintieron todos que su salvación estaba más cerca por el hecho de estar dentro del convento y empezar a creer como de nuevo? ¿Sintieron que las creencias anteriores, con no ser distintas, no eran sin embargo las mismas creencias que vivamente creían ahora?

¿En qué consiste esto, este creer en lo mismo pero creerlo de un modo distinto? ¿En qué consiste esta variación? Vivían en la falta de vivacidad, de vigor, de sus creencias heredadas, imitadas, copiadas, de su entorno. Vivían apegados a sus prejuicios familiares y sociales: cada cual, sin embargo, a su modo, sintieron que vivían como en un sueño. Por eso entraron en el convento, para despertar, para ser exaltados por una experiencia especial, la experiencia cristiana que hasta entonces, aun habiendo formado parte de sus vidas, no había tenido, sin embargo, vigencia. Entonces empezaron a creer, cuando empezaron a despojarse de las inanes convicciones que habían tenido hasta la fecha, hasta esa fecha. Y esto es sorprendente, porque casi nadie hace esa experiencia. Lo más parecido que conocemos todos es la experiencia del amor: enamorarnos de alguien que nos saca del rutinario creer y sentir lo que siempre habíamos sentido. Ese sentirse extrañados, ese fue el gran asunto. No suele durar mucho. Pero, a la vez, puede durar toda una vida. ¿Cuánto tiempo les durará a estos seis monjes?

Desde fuera, el más alto del corro, el prior que dirige la oración matutina, tiene un aire resuelto, esa natural preponderancia que confiere, casi por sí sola, la estatura a los varones. Lleva ya ocho años de prior, elegido prior en dos elecciones sucesivas. Se adivina una cierta tendencia a distanciarse irónicamente de los demás, templada por el hecho de que cree que hace las veces de Cristo en el convento. Ser prior es no hacer distinción de personas en el convento. ¿Cómo va a hacer las veces de Cristo? ¿De verdad este hombre, de aspecto juvenil todavía aunque ya pasa de los sesenta, es el vicario de Cristo en el convento de la Gorgoracha?

Desde su reducto irreal, casi solo digital, solo virtual, el espectador no puede no sentirse extrañado ante la extrañeza de la vida de estos monjes que rodean a su prior y que rezan. ¿Quién les ha metido en esto? Los tres mayores -el prior, Abel y Raimundo- se entusiasmaron juntos entre la mitad y el final de sus carreras universitarias, con la idea de un cambio radical en sus vidas, un instante de lucidez cristiana. Nadie puede decir Jesús es el Señor, si no es por obra del Espíritu Santo. Aquellos tres pudieron decir Jesús es el Señor, justo en un momento en que su juventud desembocaba en madurez y en vigor intelectual y físico. Y se sintieron llenos del Espíritu Santo.

Cuando le eligieron prior, le leyeron el capítulo segundo de la Regla de san Benito en voz alta. Le impresionó esto: cuide sobre todo no despreciar la salvación de las almas que están a su cargo, de modo que prefiera esta obligación al cuidado de las cosas transitorias, terrenas y caducas. Iban a vivir, pues, de cualquier manera en medio de las cosas transitorias terrenas y caducas. Y de un modo exaltado y fiel y constante en busca de la salvación colectiva, litúrgica, comunitaria de sus almas. ¿De verdad aceptó este joven estudiante de Derecho, ese brusco, violento hiato entre alma y cuerpo, entre este mundo y el otro mundo? ¿Cómo pudo ser tan raro ya entonces, tan joven? Un sentimiento de extrañeza sobrecoge al espectador que observa la oración matutina de estos frailes.

A la derecha del prior, Abel, que también instantáneamente vio lo que el prior veía, al acabar la mercurial juventud de un universitario aplicado y oscuro, introvertido y severo y deseoso, también confusamente, de romper la viscosidad de la vida cotidiana, su pegajosidad afectiva, su desocupación de estudiante estudioso. La viscosidad de la incertidumbre juvenil de universitario aplicado que no sabe bien qué quiere hacer después. Pero no fue tanto la influencia del entonces José María Labordieu, ahora prior, sino la influencia de Raimundo: Raimundo era el fuerte, el férreo, el más justo, el más violento, el que más se resistió a entrar en lo que por aquel entonces Raimundo llamaba «vuestro ideal de clausura monjil; se os ve como monjitas, chicos -eso decía-. Se os ve huidizos. Incluido yo».

Los otros tres monjes son mucho más jóvenes, llegaron a la Gorgoracha para completar la comunidad. Es otra generación, más vivaces, menos intelectuales, menos contemplativos, más inquietos, más laboriosos -el laboreo de la tierra cobró vigor con la llegada de estos tres nuevos frailes: Ignacio, Pablo y Lorenzo.

Ahora están haciendo la oración silenciosa, que durará una hora. Hacia las ocho y media dirá misa el prior y celebrarán la Eucaristía. A las nueve y media desayunarán los seis en silencio y comenzará la hora tercia, el trabajo de diez a una hasta la hora sexta.

No hay nadie en la capilla de la Gorgoracha esta madrugada. Pero luego más tarde, a mediodía, entre la hora tercia y la hora sexta o la hora nona, vendrán gentes absortas, sin nombre, que se arrodillarán o se sentarán en los exiguos bancos de la capilla solo para ver lo que hacen estos extraños encapuchados, solemnes, inverosímiles, concentrados. Las gentes que vienen a observar el rezo de la liturgia de las horas, unas veces lo entienden y otras no. En realidad, es pura curiosidad: vienen, curiosos, para ver la vida inverosímil, oír la oración inverosímil, la súplica inverosímil, que en sus gastados oídos cotidianos resuena de pronto como una novedad, una renovación, una fuente. Nunca son muchos, solo unos cuantos que aparcan sus coches o sus motos al otro lado del muro del convento y que, de algún modo, al entrar en la capilla se sienten cohibidos y caminan de puntillas. Son conscientes de que van a asistir a una representación de la inverosimilitud y la extrañeza. Algunos llegan temprano hacia las ocho y media para asistir a misa. Después no hay nada, no hay espectáculo, hasta la tarde. En la vida de los seis frailes, sin embargo, hay, desde la hora tercia hasta la hora sexta, la hora de comer, trabajo manual entre las diez de la mañana y la una, con una interrupción para el Ángelus. Algunos días, los que vinieron a misa, remolonean por la huerta para ver a los frailes labrando los arroyos de patatas o barriendo las hojas de los arbolitos de otoño. Se limitan a observar a una media distancia estos acontecimientos rurales, agrícolas, de otro tiempo, que evocan la vida de sus abuelos en los lejanos pueblos de bellos nombres arábigos: Alhendín, Vélez de Benaudalla, los Guájares, Ízbor, Lobres, Ítrabo, Alhama de Granada, Güevejar, Haza del Trigo. Son tan poca gente, tan separados entre sí, que motean la capilla de la Gorgoracha, con sus figuras indistintas, silenciosas, curiosas, como animales domésticos, con la curiosidad repentina de los gatos.

De pronto parece que ahí fuera queda atrás, a un lado, un mundo monótono. Aquí dentro hay, al parecer,un mundo excepcional. Contra lo que pudiera pensarse, lo excepcional sucede dentro y lo ordinario afuera. Contra todo pronóstico, la originalidad viene de la anulación del yo, procede de la anulación del yo, y la vulgaridad de la exaltación del yo. ¿Son nuestros seis monjes originales, genuinos, únicos? Ninguno de los seis reclamaría para sí semejante gansada. Dirían, supongo, que forman parte de la Iglesia, una y única, y que sus voces litúrgicas son anónimas. Esta es la gracia del relato: que lo anónimo sea de pronto singular y que regrese, en plena extrañeza, día tras día, al anonimato, en la liturgia de las horas.



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