Antonio Muñoz Molina: "Todo maniqueísmo se espanta leyendo"
El escritor presenta estos días su nueva novela, La noche de los tiempos, en la que toma la guerra civil como ejemplo de lo fácil que es que cualquier equilibrio se quebrante
- ( 24/11/2009 )
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Lea la crítica del libro
Marta Caballero
¿Se ha apuntado Muñoz Molina a la moda de rastrear la guerra civil? No, no de forma deliberada, porque él no quiere oír nada de tendencias y sugiere además examinar con criterio ese binomio pantanoso que es la memoria histórica. Pero el escritor ubetense, por medio de un sinfín de testimonios, ha regresado al negro periodo con La noche de los tiempos (Seix Barral), libro de amor y miedo, afín a su compromiso de recuperar el pasado reciente de España y por el que desfilan voces reales como las de Negrín, Moreno Villa, y Bergamín. Pero, además, la obra está habitada por seres de ficción que, a su vez, les deben mucho a personajes como Salinas y Arturo Barea. "Leyendo a las gentes del momento, los periódicos, las memorias... me he librado del maniqueísmo", sentencia. Con todo, estas 960 páginas quieren ser una alegoría de cómo la normalidad puede quebrarse en cualquier momento, una sensación que el propio escritor experimentó al vivir el 11-S en Nueva York. No en vano, la cita de Salinas que abre la novela dice así: ¿Será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?. El autor de El jinete polaco la sencunda: A veces, en la democracia, actuamos con demasiada tranquilidad, como si no pudiera romperse la convivencia en cualquier momento.
PREGUNTA.- ¿Hasta qué punto el arquitecto de su novela es un cúmulo de personajes de la época? ¿Qué ha tomado de cada uno?
R.- De Arturo Barea, el origen humilde, su ascenso social y su condición de republicano y socialista que al mismo tiempo no tiene ninguna reserva en mostrar la brutalidad de los crímenes que se comenten en Madrid en el 36. Tiene los ojos tan abiertos a las barbaridades de sublevados como al caos del campo republicano. Y es además un hombre sensible al abuso. Es un personaje que reúne cosas que en esta época de simplificaciones parecen incompatibles. También de Salinas he tomado la condición liberal, el viaje a Estados Unidos, el origen de hombre de clase media -su familia tenía una mercería- pero que llega a catedrático. Es un hombre que en la cima de su estabilidad social y familiar de pronto se ve sacudido por el amor, por el encuentro con una mujer americana, y luego arrojado fuera de España. Luego hay otra mucha gente, por ejemplo arquitectos, porque es una época de grandes profesionales que aportaron mucho al espíritu de modernización. En definitiva, un personaje es siempre un río en el que confluyen muchos afluentes.
P.- ¿Podemos hablar ya de un subgénero literario de la memoria histórica?
R.- Yo veo mi novela como una prolongación de algo que ha estado en mi trabajo como escritor desde el principio. Desde luego hay una moda evidente de obras que abordan un término que debería examinarse con cuidado. Yo siempre cumplo con dos cosas: el presente y el pasado más inmediato de España. Ese pasado ya estaba en mi primera novela, en El jinete polaco y de alguna manera en Sefarad. Cada cual hace por una serie de motivos y estos son los míos.
P.- Repasando el periodo a lo largo de estas 960 páginas y de los muchos testimonios que consultó ¿cuál ha sido su gran hallazgo y cuál será el del lector?
R.- Para mí un descubrimiento ha sido el nivel extremado de la violencia verbal que precedió a la guerra, cómo mucha gente se lanzó a una especie de escalada de palabras que pronto se correspondió con una de violencia, de provocación que llegó a sus extremos con el golpe de Estado.
P.- ¿Es fácil librarse del maniqueísmo tratándose de la Guerra? ¿Cómo huyó de la simplificación?
R.- De la única forma que se puede evitar: leyendo libros de Historia, acudiendo a los periódicos de la época, a las memorias de las personas. Con sólo leer el relato de los hechos históricos, uno está libre de simplificaciones. La última obra culminada es la de Ángel Viñas (El desplome de la República. La verdadera historia del final de la Guerra Civil), o libros como Víctimas de la Guerra Civil, de Santos Juliá. O empezando por las obras de Gerald Brenan, entre otros muchos.
P.- ¿La escasa profundidad de la narrativa española en el asunto de la guerra se debe a la falta de consulta entonces?
R.- No se puede juzgar en bloque una narrativa, cada libro tiene que ser juzgado en sus propios términos. Y yo no creo que esté en condiciones de hacer un juicio. De hecho, no suelo manifestar opiniones porque tengo la suerte de no ser crítico literario.
P.- La cuestión lingüística es uno de los aspectos fundamentales del libro. ¿Cómo trajo el lenguaje del periodo a la actualidad sin perder la naturalidad?
R.- El lenguaje es lo que te explica de verdad cómo es una época. Es importante usar como materiales rasgos del lenguaje de esa coyuntura. Yo no quería hacer un pastiche escribiendo como si fuera un señor de ese tiempo. La novela la escribo yo en el siglo XXI pero acudiendo a los usos de la lengua periodística y política. Hay partes del libro llenas de citas de periódicos. Es una forma de demostrar el tono de una época, porque son los titulares, sobre todo los de secciones como sucesos, los que otorgan ese matiz al momento.
P.- De los muchos sentimientos que afloran en el libro, se imponen el amor y, sobre todo, el miedo. ¿El segundo era patrimonio suyo?
R.- Hay una parte de tentativa de ponerse en la piel de personajes que han vivido situaciones horrorosas, de saber qué ocurre cuando se produce el derrumbamiento del mundo. Ese miedo a mí me ha influido mucho y de alguna forma está implícito por ser yo alguien que vivió el 11-S en Nueva York. Entonces tuve esa sensación de que el mundo parecía que se va a quebrar. Tengo una conciencia clara leyendo libros y hablando con gente de saber lo fácil que es que surja lo atroz. A veces, en la democracia, actuamos con demasiada tranquilidad, como si no pudiera romperse la convivencia. Pero es algo que puede suceder en cualquier momento.
P.- ¿Entonces, lo que usted cuenta en La noche de los tiempos, es extrapolable a todo tipo de sociedad? ¿Hasta qué punto son particulares los males de aquella España o hasta qué punto son compartibles con, por ejemplo, el miedo, la crueldad y la estulticia de cualquier nación?
R.- Hay una mezcla de circunstancias específicas y universales. La crisis de los 30 en España es la misma que la de Europa. Lo que pasó aquí no tuvo nada de específico, pues es lo que iba a suceder en Europa muy poco tiempo después. La expulsión de muchos españoles tras la guerra ya se había anunciado en Rusia y en Alemania. España forma parte de esa marea de una época que, afortunadamente, no se parece a la nuestra. Pero hay rasgos universales que son esos que comento de la fragilidad del tejido de la normalidad, el hecho de que pueda pasar cualquier cosa en cualquier momento.
P.- ¿Cree que a la gente que conoció el periodo le gustará su obra o ha pensado más en el testimonio para los que no lo vivieron?
R.- Me gustaría que las personas que lo vivieron me dijeran que el libro se parece a lo de entonces. Pero, más allá de esto, yo escribo para cualquier lector, no sólo el español sino para los no familiarizados con la historia de este país, y quisiera que les acercase a cómo fue.
P.- Eligió un título de novela de ciencia ficción que es también una expresión coloquial. ¿Por qué?
R.- Me gustan mucho las expresiones comunes porque están llenas de poesía. Cuando uno convive en otra lengua, se percata más de su belleza. Por ejemplo, cuando un amigo no español pregunta qué significa un dicho o una expresión, uno se hace más consciente de lo poético que es. Lo coloquial tiene una poesía muy poderosa. La noche de los tiempos alude, claro, a la noche que cae sobre España y sobre Europa y a algo que pasó hace mucho tiempo. Cuando pienso en mis personajes, me doy cuenta de que hoy casi todos estarían muertos... por eso elegí ese título.