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Sami Naïr: "La izquierda utiliza demagógicamente a los inmigrantes"

El ensayista francés de origen argelino reúne sus reflexiones sobre inmigración y ciudadanía en el libro La Europa mestiza

ALBERTO OJEDA | 27/10/2010 


Sami Naïr. Foto: Carlos Barajas.

Sami Naïr nació en Argelia, en 1946, pero con 6 meses ya estaba en Francia, concretamente en Alsacia. Dice que nunca se ha sentido un desarraigado y su caso puede utilizarse como paradigma de integración: ha sido diputado en el Parlamento europeo, asesor del gobierno Jospin y consejero de Estado... Aun así siempre ha sufrido como en carne propia las desventuras de los inmigrantes. No quería haber consagrado su vida a estudiar el fenómeno migratorio -“yo quería haberme dedicado a la filosofía”, confiesa en una conversación con ELCULTURAL.es- pero en el año 82, Simone de Beauvoir, directora entonces de Temps modernes, le encargó preparar un número de la revista dedicado en exclusiva a la inmigración. Su publicación tuvo una tremenda repercusión. Abrió los ojos a muchos franceses sobre lo que se avecinaba, incluidos los del propio Naïr, que desde aquella época no ha cesado de buscar métodos para engrasar las fricciones surgidas en el proceso de mestizaje de la sociedad europea. Esta labor intelectual (entrevistas, artículos, ponencias...) ha sido compilada ahora por Galaxia Gütenberg en el libro La Europa mestiza.

Pregunta.- España es el país de la Unión Europea que tiene un porcentaje de población extranjera más alto (12,3 %). ¿Es por tanto el país que tiene por delante un reto más serio en materia de inmigración?
Respuesta.- En España se han hecho bastante bien las cosas en los últimos años. Ahora está pendiente la redacción del reglamento que desarrollará la ley de extranjería. Hay que ver en él cómo se reacciona en plena crisis económica. Yo no veo la gestión de la inmigración como un reto, sino como una herramienta para consolidar el Estado de Derecho. No se pueden utilizar los inmigrantes cuando se necesitan y luego desprenderse de ellos cuando llega la crisis.

P.- ¿Vamos aquí camino de repetir los errores de Francia? ¿Acabarán los hijos y los nietos de los inmigrantes de hoy por quemar con rabia la bandera española, como ha sucedido en el país galo?
R.- No se puede saber. Dependerá del éxito en la integración. Los inmigrantes de segunda y tercera generación que queman la bandera francesa son jóvenes en paro que se sienten rechazados, por eso muestran su odio a Francia siempre que tienen oportunidad.

P.- ¿La Unión Europea alcanzado su tope en la capacidad para absorber inmigrantes?
R.- Es matemático. Los países más importantes, Alemania, Francia, España e Italia, necesitan algo más de 20 millones de inmigrantes para que se sostenga su modelo de pensiones públicas actual. La pregunta es si somos capaces de integrarlos, y eso depende del paro, de las crisis económicas... El problema no es la inmigración, sino la capacidad de integración, y esta última no es posible en un sistema de economía liberal, porque no genera empleo... Hoy los políticos han arrojado a los inmigrantes a las garras del mercado.

P.- ¿Qué cabida tienen expresiones religiosas como el velo en la igualdad republicana que predica?
R.- Hay que diferenciar la esfera pública de la privada. La primera no debe mezclarse con las confesiones religiosas. En ella sólo caben los ciudadanos en abstracto, como sujetos de derechos y deberes. En el segundo cada uno puede vestir como quiera. Y si se topan los valores comunes con los específicos de una comunidad deben siempre prevalecer los primeros. En una sociedad republicana y laica el velo debe estar fuera de los colegios públicos. Y también los crucifijos.

P.- Es muy crítico con la manera en que la izquierda ha abordado el fenómeno migratorio...
R.- La izquierda ha utilizado a los inmigrantes de forma demagógica, sobre todo Miterrand, con el fin de dividir a la derecha. En Francia no han sido los políticos de izquierda los que más se han preocupado por ellos. Han tenido que ser los sindicatos los que se han ocupado de su defensa y de su integración. Y ahora con la crisis teme manifestar su solidaridad con los inmigrantes por motivos electoralistas.

P.- ¿Cómo valora la expulsión de los gitanos rumanos decretada por Sarkozy?
R.- Sarkozy ha perdido en los últimos meses varias elecciones parciales y regionales. Él ganó las presidenciales con el 80% del voto del Frente Nacional, gracias a una campaña basada en la seguridad. Ahora quiere recuperar ese voto perdido, porque el Frente Nacional está de nuevo en auge. El hecho desde que un ministerio suyo salga una medida expresamente dirigida contra una etnia es señal de que la extrema derecha se ha colado en su gobierno. La derecha tradicional está reciclando el discurso radical de la extrema derecha.

P.- ¿Fue Simone de Beauvoir la que a principios de los 80 le abrió los ojos sobre los conflictos que provocaría la migración en masa hacia Europa?
R.- De la importancia que revestía este asunto, no, porque para mí, francés de origen argelino, siempre fue una cuestión sensible. Pero sí de que se desarrollaría con tanta violencia en los años posteriores. Ella me encargó preparar un número de la revista Temps modernes sobre la inmigración, que tuvo mucha repercusión y sirvió para que muchos tomaran conciencia de la gravedad de este tema.

P.- ¿Usted nunca se ha sentido inmigrante en Francia?
R.- Soy profesor de la Universidad de la Sorbona, he sido diputado europeo y hace poco he dejado de ser consejero de Estado. Nunca me sentí un desarraigado. Me siento francés, republicano, y cada vez me siento más cerca de España que de Argelia.

P.- ¿A quién admiran más los franceses de hoy a Zidane o a De Gaulle?
R.- A los dos. Todos los franceses son gaullistas, porque el general representa su independencia, el rechazo al dominio del imperio norteamericano y la construcción europea. Y Zidane, por su parte, encarna el ideal de la Francia moderna y mestiza.

P.- ¿Y cuándo veremos un francés de origen magrebí en la presidencia de la República?
R.- Gran pregunta. Conociendo a la sociedad francesa como la conozco diría que habrá que esperar un largo plazo, y como decía Keynes en el largo plazo todos estaremos muerto.



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