Gerard Mortier: "La ópera no puede dar la imagen de una rígida estatua de museo"
El próximo director artístico del Teatro Real define la líneas clave de su proyecto
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| Publicado el 04/12/2008
Benjamín G. Rosado Esta mañana, en el Teatro Real de Madrid, Gérard Mortier ha comparecido por primera vez ante los medios de comunicación desde que el pasado 26 de noviembre se hiciera oficial su nombramiento como director artístico del coliseo madrileño. Flanqueado por Miguel Muñiz, director general del coliseo; Gregorio Marañón, presidente del patronato; y Juan Carlos Marset, director de INAEM, ha comenzado su discurso de presentación con unas breves palabras de agradecimiento en castellano para luego explicar, ya en francés, las razones que lo han traído a Madrid. "Si me he decidido por el Teatro Real es porque me gustan los cambios, detesto enormemente la rutina".
Tras un largo recorrido de aprendizaje que lo han llevado desde Alemania a Bruselas, del Festival de Salzburgo en Austria a la Ruhr Triennale en Alemania, y finalmente a París, ha confesado sentirse un "europeo convencido". Y ha querido destacar también la situación clave de Madrid, "capital europea", como nexo de unión con una cultura, la hispanoamericana, con la que se siente especialmente familiarizado. "El hecho de haber sido educado por los jesuitas y de haber nacido en la misma ciudad que Carlos V ha creado en mí un vínculo natural con vuestro país". "Como todos sabrán -ya en tono de complicidad- los flamencos tenemos un 25% de sangre española". Para alcanzar el 75 % restante, se ha comprometido a aprender el idioma y, antes de incorporarse al equipo de Muñiz, se ha reservado en la agenda cuatro meses sabáticos para conocer bien España.
En una suerte de declaración de principios, ha querido destacar "la fuerza del canto y de la música en nuestra sensación existencial del mundo" y, en contra de lo que se ha venido publicando, ha reiterado su preocupación, antes que nada, por la calidad musical. En cuanto a la puesta en escena, su principal cometido en Madrid, ha aludido a El espacio vacío de Peter Brook para hablar del "lugar teatral" que espera poder levantar en el escenario del Real, "tarea que nada tiene que ver con levantar decorados". En cualquier caso, no ha querido (o podido) disimular la fama de transgresor que le precede y ha repetido aquello de que "la ópera no puede ser una rígida estatua de museo, necesita una lectura actual".
De ahí que al menos el 35% de su programación, de la que no va a concretar nada hasta el próximo enero, vaya a estar integrado por óperas del siglo XX. "Puccini incluido", ha bromeado. "No se trata de modernizar sino de crear una referencias con las que el público se pueda identificar". En cuanto al plantel de directores que rotarán en el foso a partir de 2010, tampoco ha querido adelantar nombres y, en un alarde de prudencia, ha declarado su admiración y respeto por Pedro Halffter, actual director del Maestranza de Sevilla, y Pablo Heras-Casado, muy vinculado a la ópera Nacional de París.
En sus escasas horas en la capital, las primeras impresiones del belga son todo elogios. Le gusta el Real, "un teatro de la primera liga operística", del que le ha impresionado, nada más llegar, su orientación al Palacio, "dando la espalda a la ciudad". Sus esfuerzos irán encaminados precisamente a acercar la programación al mayor número de gente posible y reducir la media de edad del público, de los 58 años actuales a 42. "Hay que tener más confianza en el público".
Finalmente, y en alusión a las recientes y malogradas experiencias de Bayreuth, Berlín y Nueva York, se ha definido "muy quijotesco" y, esquivando las suspicacias sobre su nombramiento, no considera Madrid "la oferta menos mala". "He venido aquí a trabajar, no quiero hacer sombra a nadie".