Tamara Rojo lleva su magia al estanque de El Retiro
La primera bailarina del Royal Ballet actuó anoche ante más de 4.000 personas en Madrid
Resultados:
| Publicado el 14/05/2007
La primera bailarina del Royal Ballet actuó anoche ante miles de personas sobre el agua de El Retiro junto al bailarín cubano, Carlos Acosta y el Ballet Nacional de Lituania Pocos gestos solitarios hay más poéticos que el de una bailarina de ballet clásico. Si la portadora del verso es Tamara Rojo y el poema se pierde como un eco verde bajo el pulmón de la capital, sobre el agua de un estanque, ese gesto es capaz de hacer vibrar el alma de miles de personas.
Eso ocurrió anoche en el Parque de El Buen Retiro, en una de esas fiestas inolvidables que le toca vivir a la ciudad que, en estos casos, ejerce de capital mágica, capaz de soñar también el sueño de los cisnes. La varita de la primera bailarina del Royal Ballet de Londres convirtió anoche el estanque de El Retiro en lago de cristal y el parque en un hermoso jardín donde todo era posible.
Con un ojo puesto en el cielo empeñado, al parecer, en aguar la fiesta de las aves blancas y, el otro, en el escenario colocado en el centro del estanque, el público volvió a llenar las 4.000 gradas dispuestas para el acontecimiento, como lo hiciera el día anterior, durante el ensayo general. Pero más allá de los pocos asientos, los madrileños se subieron en escaleras, sillas y en sus propias puntas para mirar. Otros se quedaron cerca de las pantallas habilitadas en las esquinas del estanque, sentados en sus propias sillas y con sus bocadillos a medio comer entre las manos.
El espectáculo Una noche en el lago de los cisnes, con pequeñas variaciones del original ballet compuesto por Tchaikovsy, posó sobre el estanque desnudo de patos algunas nubes oscuras y varias estrellas: entre ellas las que componían el ballet de Lituania y otra que brilló con fuerza, la del cubano, Carlos Acosta, compañero de Tamara Rojo, en el prestigioso ballet inglés.
A las 22.00 horas el monumento a Alfonso XII se llenaba de luces rosadas. La pasarela que de forma casi mágica transformaba a los artistas en cisnes y acercaba con un abrazo la tierra firme al escenario, transportaba a los protagonistas en el prólogo del espectáculo dirigido por Loipa Araujo. Dos horas de función en las que los asistentes volvieron a colocarse el abrigo de entretiempo y contemplaron, reflejado en el agua, el triunfo del amor del príncipe Sígfrido y la bella Odette.
La adaptación de los cuatro actos original fue reducida para la ocasión en un prólogo y dos actos. Lo mismo ocurrió con algunos de los personajes principales, como el bufón o el mago von Rothbart, que vieron reducida su importancia. Quizá la lejanía conseguía desdibujar su rostro pero siempre ganaba el movimiento de los artistas, que la rigidez de las columnas, dibujadas a los lejos, conseguía acentuar. Entre los cisnes uno majestuoso que logra en cada función la máxima de la danza: transformar la fuerza en gracia.
Tamara Rojo brilló con ímpetu anoche, con esa rara inocencia al bailar que le hace parecer casi una niña y que la separaba de los demás cisnes, del resto de las bailarinas. El público formado por niños, jóvenes y mayores estaba entusiasmado. Cualquier estallido de júbilo era seguido, más allá de la arboleda que protege el monumento regio, por los espectadores de las pantallas. Más cuando la pareja Rojo-Acosta concluía su paso a dos.
Algún ave nocturna revoloteaba en el espacio que separa el escenario de la grada. Todo el parque dormía menos esta minúscula fiesta de luces y sombras. La música de Tchaicovsky salía como una exhalación de los gigantescos altavoces. Del tutú blanco del primer acto a las galas de la fiesta, donde el colorido venía a inundar la oscuridad de luces y la música pasaba de la alegría de la Danza Española a la Napolitana o a la melancolía del famoso Adagio. Tamara cambiaba el blanco por el negro aunque dejaba intacta la elegancia en sus ademanes antes de volver a ser cisne y derramarse por última vez en este lago.
Las luces se encienden: el espejo vuelve a ser agua verde, el monumento de Alfonso XII se despierta de su sueño de escenario. Rojo y Acosta saludaban contentos desde el centro de la plataforma al público que les aplaudía puesto en pie. Madrid vuelve a su presente, a su campaña, vuelve a la prosa.