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Elena Blasco

"No me siento maltratada. Nadie me debe nada por ser artista"

La artista acaba de inaugurar su retrospectiva en Madrid, en la Sala Alcalá 31


PAULA ACHIAGA | 29/03/2012 


La artista Elena Blasco en su estudio

Aunque no le gusta hablar de retrospectiva, lo cierto es que esta exposición, primera institucional dedicada a Elena Blasco (Madrid, 1950) en su ciudad natal, es la más completa realizada de su carrera en los casi cuarenta años que lleva trabajando. 140 obras en la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid que resumen su especial entrega al arte, una dedicación desde los márgenes, alejada de modas y convencionalismos, que le ha llevado quizá a estar, como suele decirse, 'fuera del circuito'. "Cuando yo empecé había que ser como Bacon o como Oteiza, y yo tenía otras necesidades y otras cosas que contar". A ella le interesa el mundo, todo lo que le rodea y plasmarlo con ironía en muebles de plástico y cuadros coloristas con mujeres de ojos grandes. Piezas, no por eso menos comprometidas, que hablan de injusticias, de la violencia contra las mujeres y de ciertos comportamientos o prejuicios.

Pregunta.- ¿En qué consiste esta exposición?
Respuesta.- Recoge más de veinte años de trabajo, aunque no es una retrospectiva estricta porque no hay orden cronológico. Es más bien una mirada a mi mundo, de hecho no hay tanta diferencia entre las primeras obras y las últimas, y no es que no haya habido evolución es que mi voluntad ha sido siempre contarlo todo. Puedo hablar de relaciones humanas, de problemas sociales, de la naturaleza de lo que me fascina. Del mundo. Empieza la exposición con una de las piezas más antiguas, Princesita, un cuestionamiento sobre si ser mujer es un horror o una maravilla. Al principio reflexionaba más sobre los problemas, sobre la violencia de género o sobre la injusticia social. Ahora todo es más abstracto, me vuelco en la naturaleza, estoy muy abierta hacia lo positivo, aunque también me duelen más todos los problemas. Esta mirada sobre mi obra de la comisaria Alicia Murría me ha venido muy bien porque nunca había visto tanto tiempo desplegado de mi trabajo y eso ayuda mucho, sobre todo a despedirme de él.

P.- Millones y abundantes razones es el título de la muestra, pero, razones ¿para qué?
R.- En realidad el título me lo encontré. Era el nombre de un restaurante chino, lo leí y pensé 'qué incongruencia tan graciosa'. Si son millones ya son abundantes... Y es que las incongruencias me atraen, en el lenguaje, en los materiales, son marca de la casa. Por otro lado me gustó la idea de abundancia. En la exposición hay muchos materiales, muchas tendencias artísticas, mucho color, muchos temas, muchas ideas.

P.- Y muchos lenguajes, de la pintura a la escultura y de ahí al dibujo, sobre el papel o sobre la pared. Lienzos que se convierten en instalaciones o viceversa.
R.- Para mí es natural usar lenguajes artísticos como se usa una paleta de colores. En la música todo es fusión, por ejemplo de jazz con flamenco, todo es interdisciplinar. Yo mezclo lenguajes pero también materiales, porque ya los materiales marcan los diferentes lenguajes, el pop es muy plano, el povera es cutre, etc. No soy sólo pintora o fotógrafa o escultora y esto me da una libertad enorme. Me muevo como si fuera una maga. En realidad mi forma de trabajar es como el mundo, una mutación constante.

P.- Hábleme de la ironía y el humor en su trabajo, ¿por qué decide enfrentarse a los temas desde ahí?
R.- La ironía es una forma de hablar de cosas terribles de forma digerible. Los chistes son ideas contradictoras, chocantes, que resultan graciosas pero que no lo son. Leo, por ejemplo, que un juez le pregunta a una mujer violada que cómo sabemos que no disfrutó, parece un chiste pero no lo es. Son temas espinosos que pueden ser intratables, pero si los llevas con humor, con ternura, puedes acercarte. En una misma pieza, el color es tierno, pero la palabra no, el material es duro... Volvemos a las incongruencias.

P.- Y partiendo de esta ironía dibuja una imagen de la mujer un tanto especial.
R.- Yo soy mujer y tengo mirada de mujer y sí, somos diferentes. Creo que es el tema del momento y que el mundo está necesitado de la parte femenina, que no sólo la tenemos las mujeres. Las cosas están cambiando pero poquísimo, quizá un 3 por ciento de lo que deberían cambiar, hay que conseguir muchísimo más. Yo soy feminista, defiendo que no nos maten, que no ganemos menos, que vendamos igual que los hombres. Defender que no haya desigualdad es de cajón. No hace falta pertenecer a ningún 'ismo' para querer eso.

P.- Inauguró su primera exposición en 1976, pero no fue hasta los 90 cuando su obra empieza a ser apreciada y entra en colecciones y museos, ¿se ha sentido una artista marginal?
R.- Al principio me sentía, no tanto incomprendida, sino poco valorada, se me tachaba de ecléctica. Si usabas colores fuertes y materiales efímeros parecía que estabas de broma, que eras una niña y estabas jugando, pero luego se ha demostrado que el arte iba hacia eso, que todo es más fresco y más rápido y que para comunicar una idea no hay que hacer una pieza de mármol, que para emocionar no hay que trabajar con bronce. Ahora me siento más cercana al trabajo de artistas de hoy, las nuevas tecnologías han abierto el campo hacia nuevos materiales y apetece usarlos. Pero ha sido un camino muy arduo. He estado muchos años exponiendo y llevándome todo a casa. Creo que poquísima gente, incluidos los críticos, decide por sí misma lo que le gusta y lo que no. No me siento maltratada pero sí siento que he estado mucho tiempo en una especie de desierto. No he tenido ayuda pero tampoco la esperaba, jamás he pedido una beca. El arte no te lo pide nadie, nadie te exige que lo hagas y nadie me debe nada por ser artista. Esa ha sido mi premisa. He hecho lo que he querido, si además lo hubiese vendido hubiera podido hacer más cosas y a mayor escala. Yo me he financiado mi trabajo con mi sueldo de profesora, lo he hecho porque me ha dado la gana y no hay más que hablar.

La rebeldía de esta artista "al margen" se traslada también a sus textos y escritos, algunos de ellos colgados en su web, www.elenablasco.com: "Otras querían ser, sobre todo, azafatas, que manía. Otras bailarinas, o trapecistas, el vestido era importante. Yo me callaba como una puta, porque lo que yo quería ser de mayor era puta". Una irónica declaración de principios.



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