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Jueves, 02 de octubre de 2014
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Eulàlia Valldosera

"La función del artista no ha cambiado desde la época de las cavernas"

La artista imparte desde hoy un taller en Es Baluard, Palma de Mallorca


PAULA ACHIAGA  | 03/10/2013 | 


La artista Eulàlia Valldosera.

Seguimos los pasos de Eulàlia Valldosera (Vilafranca del Penedès, 1963) desde que en 1990 analizase en aquellos primeros trabajos conceptuales El ombligo del mundo, un personal mapa del cuerpo que, con el tiempo, ha ido ampliándose hasta llegar al cuerpo social, como tantas veces ha explicado. Valldosera, de impecable trayectoria y coherente trabajo artístico, ha ido efectivamente ampliando sus intereses hasta llegar al abordaje de los espacios que nos rodean, la relación con el otro y con la sociedad. Siempre pensando en el espacio y en la manera de ocuparlo con míticas instalaciones que el Museo Reina Sofía recuperó en la retrospectiva Dependencias (2006), su último trabajo, Lazos de familia tiene una deriva fotográfica que es de la que parte el taller que desde hoy se celebra en Es Baluard.

Pregunta.- Desvelos es el título de este taller que imparte hasta el sábado en Palma de Mallorca. ¿De qué va a tratar?
Respuesta.- La idea parte de la serie de fotografías que expuse en la galería Maior, Lazos familiares, un trabajo que va más allá del arte, que además del interés técnico que pueda suscitar, intenta resolver el problema de enfrentarse al otro, del cuerpo, de la sombra.

P.- Aunque la fotografía no es su principal medio de trabajo...
R.- Quizá ha sido una vía secundaria pero también es donde la presencia humana es más destacada. Desde la investigación sobre la identidad y el género femenino en particular, se ha ido extendiendo al entorno inmediato y ahora englobo la relación entre el grupo y la idea de que los grupos tienen una conciencia, de que formamos parte de diversos colectivos, la familia, las actitudes, el trabajo, etc. Ahora abordo el ser humano en su dimensión grupal. Las fotos son el resultado de una acción performática que se lleva a cabo previamente y a puerta cerrada, son el final de un recorrido.

P. Este análisis de la dimensión social del ser humano, ¿a qué conclusiones le ha llevado? Con el grupo ¿mejoramos o empeoramos?
R.- En realidad no hay nada ni bueno ni malo, porque hasta de lo más nefasto se aprende. Me ha sido muy útil el método de constelaciones creado por Bert Hellinger, que viene a decir que nuestro destino viene fijado por el grupo, nuestra identidad es una suma de muchas otras subjetividades. En la misma línea que Sloterdijk, el filósofo alemán. Somos parte de un sistema que hacemos entre todos donde tu capacidad de respuesta debe estar en sintonía con el grupo y si no lo está, se genera sufrimiento, dolor, exclusión. Y a este punto me ha llevado aquí todo un trabajo previo con la luz y la sombra, la sombra no solo física sino psicológica.

P.- ¿Hasta qué punto es la luz materia principal de su trabajo?
R.- De alguna manera la sombra me sirve para colocarme en una zona problemática: la frontera entre espacio público y privado, arte y vida, correcto e incorrecto. En mi trabajo sobre la mujer, por ejemplo, no se puede decir que he actuado como feminista sino que retrato la realidad bella y oscura de cuál es el lugar en que se sitúa la mujer en el entramado social, mostrando aquellas partes heredadas que hay que sanear, hay que señalarlo, verlo, corregirlo y tirarlo a la basura. A mí me ha tocado señalar.

P.- ¿Se ha encontrado con muchas sombras?
R.- La sombra me ha servido para dar respuesta a cuestiones que uno se formula en la vida, en las relaciones. Mi trabajo es crear entornos que impliquen una apertura sensorial por parte del espectador, procuro experiencias sensitivas al espectador que se encuentra con situaciones que no están solucionadas y en las que debe proyectar su propio bagaje para rellenar huecos. Mi papel no es tanto de producir objetos como contenido o sensaciones.

P.- Creo que se ha cubierto con creces la matrícula, ¿le hace pensar que hay más gente interesada en el arte contemporáneo de la que puede parecer?
R.- El arte contemporáneo ha sufrido una espectacularización tal que crea una tensión con los contextos donde tiene que tener lugar. Hay muchos públicos y mucha necesidad de intercambiar con creadores directamente. Lo que no se puede es producir a destajo. Creo que hay que entender los centros de arte como centros producción de conocimiento y de experiencias más que de objetos. El gasto solo de existir para un museo es inmenso y no dan cabida al bullir cultural. Por otro lado esto vendría a cubrir una laguna inmensa en el mundo académico muy endogámico y en el que los artistas no tienen cabida porque la docencia está en manos de otros. Somos fábricas de objetos que hay comprar, asegurar y conservar. En este sentido, ¡bienvenida la crisis!

P.- También ha analizado en trabajos anteriores el rol del artista: ¿cómo ha cambiado en estos últimos años de tanto movimiento social?
R.- Hay unos cuantos que se empeñan en defender ciertas actitudes, como su valor, su firma y viven en la queja constante y hay quien vende más porque se sigue especulando mucho. Pero también hay un bullir de prácticas que son muy positivas y que escapan a los muros de las instituciones, que son la vía de cambio de renovación y esto tiene que ver con que la creatividad no es patrimonio del sector artístico, tal y como se veía hasta ahora, hay una creatividad increíble en ámbitos de la salud, del medio ambiente, de los recursos.

P.- ¿Cuál es ahora la función del artista?
R.- Esencialmente no ha cambiado desde la época de las cavernas. El artista es alguien que está en comunicación con mundos que van un poco más allá de lo razonable y somos necesarios para recordar al resto que este mundo es la gran creación. No es un rol de sacerdote ni de curandero pero sí de alguien que tiene visión de largo alcance.

P.- ¿En qué está trabajando? ¿Dónde veremos su próximo trabajo?
R.- Me veréis en Barcelona donde preparo una intervención en la Fundación Miró con motivo de la Navidad. Voy a invertir la práctica económica llevando el dinero que hay para producir la obra a los tenderetes ambulantes ilegales y recrearlos en la Fundación. Inspirada en Navidad y en el término de la caridad que uno invierte en ONGs. La idea es reinvertir este dinero en esos tenderetes, objetos de algún modo encontrados siguiendo la filosofía de Miró. Es también un guiño a esa parte de Miró casi olvidada.





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