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Cine  

'Los juegos del hambre', una película brutal hija de su tiempo

El viernes llega a nuestras pantallas el primer filme fruto de los bestsellers de Suzanne Collins, que está arrasando en la taquilla de Estados Unidos



JUAN SARDÁ | 17/04/2012 




En el adocenado panorama del blockbuster de Hollywood, Los juegos del hambre, que lleva cuatro semanas consecutivas en el número uno de la taquilla de Estados Unidos con 336 millones de dólares, brilla como una de las más asombrosas sorpresas de los últimos años. Basada en la primera parte de una popular trilogía de best sellers escritos por Suzanne Collins, el filme es un brutal puñetazo a las conciencias. La maquinaria multimillonaria de Los Angeles nos ofrece, y no es tan frecuente, un explosivo cocktail en el que una producción fastuosa, unos efectos especiales descomunales y todo el brillo de la industria más poderosa del mundo se pone al servicio de una historia que merece la pena ser contada, que te deja hecho polvo y te hace replantear cuál es la deriva del mundo en el que vivimos. Es mucho para una película notable con momentos de verdadera grandeza.

Situada alrededor de finales de este siglo, Los juegos del hambre nos propone un futuro en el que se mezclan lo vintage con la imagineria del reality show y de una sociedad del espectáculo llevada hasta su último extremo. En ese futuro, Estados Unidos está dividido en 12 distritos surgidos tras una guerra civil. Para recordar ese conflicto y como forma de mantener a la población aterrorizada si se le ocurre volver a rebelarse contra el poder de un oscuro y malvado Capitolio, todos los años se organizan unos "Juegos del hambre" en los que se recupera la vieja tradición de matar a cristianos en el circo romano con los alardes hiperbólicos de los medios de comunicación de masas. En esos crueles "juegos" participan 24 chavales (una docena por sexo, una pareja por distrito) entre 12 y 18 años que son lanzados a un bosque para matarse entre ellos hasta que sobreviva uno para regocijo de un público aterrorizado y fascinado ante el espectáculo en crudo de los instintos más bajos del ser humano.

El argumento parece una salvajada y lo es. La película, dirigida por Gary Ross, quien ya hurgara en las heridas y sombras del "american way of life" en su versión televisada en aquella espléndida Pleasentville, tiene hechuras de clásico sobre todo en la primera parte, cuando sentimos en nuestras carnes la angustia y el pavor de esos "juegos" a través de una niña de 12 años que teme ser elegida para participar en la competición y encaminarse a una muerte segura. La protagonista, Katniss Everdeen, interpretada de forma portentosa por una Jennifer Lawrence que da cuerpo y alma a un personaje arquetípico de "mujer dura" que en su piel adquiere otra dimensión, se ofrece como voluntaria para salvar a su hermana, esa niña muerta de miedo, y se encamina junto al inocente y noblote Peeta Mellark a matarse literalmente con otros adolescentes en un show televisado. A partir de aquí, la tensión se convierte en carnicería. El romance de la pareja de "tributos" (así se llaman los llamados al sacrificio como ofrenda a los muertos de la guerra) será el contrapunto romántico. Hay quien ha querido ver ecos de Crepúsuculo. No tiene nada que ver.

Pueden rastrearse muchas influencias en Los juegos del hambre. Ese futuro alucinado y desquiciado recuerda al que Kathryn Bigelow describió en la magnífica Días extraños. La brutalidad de la persecución tiene ecos de Perros de paja, y esa Katniss Everdeen es casi un trasunto de aquel Dustin Hoffmann al que Peckinpah sometió a martirio en el clásico de 1971. Sin duda, la influencia de Gran hermano, tan alargada en la ciencia ficción desde entonces, se deja notar como en aquel show de Truman en el que Jim Carrey era un hombre reducido a cliché televisivo. En la estética, Los juegos del hambre plantea un futuro ultrafashion en el que sus protagonistas van vestidos como cortesanos de María Antonieta, no en vano hay ecos a la película de Sofia Coppola en las ropas, los peinados, los maquillajes y etc. Rodada con numerosos primeros planos (un crítico amigo dice, quizá acertadamente, para que se pueda ver bien el el Ipad) la película da miedo, aguanta la tensión durante dos horas y media y consigue tener el mejor desenlace posible.

A estas alturas, el fenómeno es imparable y si no conocía esta historia, hágase a la idea de que va a ser imposible que continué ignorándola. Camino de convertirse en Estados Unidos en una de las películas más taquilleras de la historia del cine, las novelas, pues hay tres y aun faltan dos películas más por llegar, han vendido 26 millones de volúmenes en 33 idiomas. En España, la editorial Molino ya ha despachado 120.000 ejemplares y lógicamente esa cantidad aumentará cuando la película se estrene el viernes. En Estados Unidos, Collins consiguió que su historia acaparara el primer puesto en la lista de libros más vendidos y de películas más vistas al mismo tiempo. Es posible que algunos ataquen a esta película por su brutalidad. Los juegos del hambre deja mal cuerpo pero eso no es malo, todo lo contrario. Es cine que hace pensar, inteligente y profundo. Es la metáfora que necesita nuestra contemporaneidad. Salta a la vista que un mundo que atraviesa una crisis tan aguda no puede conformarse con otro Harry Potter. Son tiempos duros, y Los juegos del hambre cobra su pleno sentido como hija de su época.



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