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Arcadi Espada: "España es un país extravagante, sobre todo con su historia"

El escritor presenta en Budapest "En nombre de Franco" (Espasa)



NURIA AZANCOT | 13/03/2013 


Arcadi Espada en Budapest.

Desde la ventanilla del avión, el Danubio que corta en dos Budapest no es azul. Tampoco rojo, como dicen que dijo (no hay testigos) Ángel Sanz Briz cuando abandonó la ciudad. Es más bien verde sucio, pantanoso, muy triste, quizá porque quienes lo vemos, primero desde el aire y luego en la orilla de Pest, tenemos muy presente En nombre de Franco. Los héroes de la embajada de España en el Budapest nazi, el último libro de Arcadi Espada (Barcelona, 1957), convertido estos días en guía de excepción para explicar, in situ, su obra, que no es un ensayo histórico ni un libro de entrevistas, ni de viajes, ni un reportaje ni una reflexión filosófica, sino todo eso eso y mucho más.

Cuenta Espada que la aventura comenzó hace cinco años, mientras seguía las huellas de un cadáver, Aly Herscovitz (Francfort, 1904- Auschwitz, 1942), la novia de Josep Pla en Berlín. Otro de los hilos esenciales de esta historia parte de una exposición sobre la labor de los diplomáticos españoles durante la segunda guerra mundial. El más conocido era Ángel Sanz Briz (Zaragoza, 1910-Roma, 1980), un personaje sin sombras, pero Espada no se resignó, “porque los hechos no bastan”, así que empezó a husmear, a eliminar mentiras y libelos, a pesar de saber que “cuando se descubre la verdad de la leyenda, hay que publicar la leyenda” (El hombre que mató a Liberty Valance).

Poco a poco, con la ayuda de Sergio Campos, del Instituto Cervantes de Berlín, buceó en archivos oficiales españoles, alemanes, italianos y húngaros, leyendo todos los telegramas (más de 3000) que envió Sanz Briz al Ministerio de Asuntos Exteriores, “peinando” incluso mercadillos en busca de documentación, y entrevistando a los últimos testigos o a los hijos de los protagonistas de una de las mayores tragedias del siglo XX. Y también su reverso, la historia de ese puñado de héroes, encabezados por el propio Sanz Briz, que lo dieron todo, arriesgando su propia vida, para salvar, en primer lugar a los judíos de origen sefardí, y a todos los que pudieron después. Ahora publica la verdad. Con datos, fechas, documentos y certezas.

Pero empecemos por el principio. Estamos en marzo de 1944, cuando, como escribió Sandor Marai, Hungría ya no era una patria “sino un coto de caza”. El gobierno húngaro, aliado de los nazis, había sido derrocado por Hitler, ya que el país centroeuropeo que primero impuso leyes antisemitas se negaba a entregar a “sus” judíos para que fuesen enviados a campos de exterminio. El 19 de marzo del 44 todo cambió, y si en Polonia fueron exterminados millones de judíos a lo largo de cuatro años, en Hungría el genocio se ejecutó en poquísimas semanas.

Mientras, el representante de España en Hungría, Sanz Briz, tenía muy claras las instrucciones del Ministerio de Asuntos Exteriores franquista: aunque España era una nación neutral pero amiga del Eje, había que salvar al mayor número de judíos posible, “primero a los de origen sefardí, porque seguían siendo españoles, con esa imagen legendaria de la llave de la casa abandonada en 1492, y luego a todos los demás, para conseguir la ayuda de los judíos en caso de una cada vez más previsible derrota del nazismo. Pero, por mucho que moleste, fue el gobierno de Franco el que salvó a los judíos. Y Sanz Briz cumplió las órdenes como un funcionario ejemplar”, explica Arcadi.

Coordinados por el nuncio del Vaticano, Angelo Rotta, España, Suecia, Portugal y otras naciones neutrales, enviaron enérgicas protestas al gobierno títere protestando por los abusos antisemitas, hasta lograr que se creasen dos guetos, uno general y otro internacional, en el que los países neutrales protegían a “sus judíos”, pero “que estaban organizados por los propios nazis”.

Aquí comenzamos nuestra visita, en Szent István Park 35, a dos kilómetros de la embajada. Fue la mayor de las casas protegidas por España, escenario también de muchas tragedias. En la fachada hay una placa de homenaje a Giorgio (Jorge) Perlasca, “Il Impostore”, que gozó de la protección de Sanz Briz para luego suplantar sus logros en distintos libros hasta conseguir que en Hungría el verdadero héroe de la embajada española siga siendo él.

-”Es evidente -destaca Arcadi Espada- que Perlasca estuvo ahí, y que seguramente acompañó a los verdaderos héroes de la embajada a salvar a esos 5200 judíos cuya supervivencia él mismo se atribuye, pero cuando acabó todo consiguió que trascendiesen sus supuestas hazañas y que se le considerase el ángel ‘español' de Budapest, a fuerza de insultar, de echar a patadas de la historia a su verdadero salvador, a Sanz Briz. Los documentos no demuestran que Perlasca mantuviese los contactos privilegiados de los que presume con el gobierno húngaro, ni que España le considerase en ningún momento su representante. Perlasca era como Zelig, el personaje de Woody Allen, siempre estaba ahí, se imponía a los nylas, los nazis húngaros, las mayores bestias de esa época, sin saber una palabra de húngaro... No, no es justo que Perlasca se haya apoderado de parte de la memoria de Sanz Briz, que fue quien, obedeciendo al gobierno de Franco primero, y luego por su propia cuenta, salvó a muchísima gente. Aunque lo importante es no olvidar que los que se salvaron fueron unas gotas en un océano de sufrimiento y muerte casi general”

-¿Por qué España jamás lo ha reivindicado como merece?
-Porque España es un país extravagante, sobre todo con su historia. Olvidamos que el gobierno de España es el gobierno de España, mande quien mande, y que hay que asumir lo que se ha hecho, sea Franco, el PSOE o el PP. Es España... Despreciamos “la razón de Estado”, y consideramos que la ‘obediencia debida' es siempre indigna cuando, en algunos casos, puede propiciar los mejores logros. España le concedió a Perlasca el Impostor la Cruz de Isabel la Católica por salvar a los judíos húngaros, mientras que Sanz Briz, el verdadero héroe, logró numerosas condecoraciones por su brillantísima carrera diplomática, pero ninguna por lo que hizo en Hungría. En realidad, ni su propia familia sabía quién era. Creo que ahora Margallo está haciendo gestiones para lograr un reconocimiento mayor, pero cuando Sanz Briz fue distingido en 1966 como “Justo entre las Naciones” por Israel, el propio gobierno español le sugirió que era mejor que no diera a conocer este honor por nuestras relaciones privilegiadas con los países árabes. Y una vez más, se calló. Ni su familia se enteró...

Damos la vuelta al edificio y ahí está la primera placa que veremos en honor a Sanz Briz: la familia del diplomático, en un gesto de orgullo muy español, se negó a que estuviese al lado de la del “impostore”. Frente al edifico está el Danubio, donde han dormido tantas historias espeluznantes que revela el libro de Espada.

Sin ir mucho más lejos, nos encontramos con el Memorial de los Zapatos, obra de Can Togay y Gyula Pauer, que rinde homenaje “a la memoria de las víctimas asesinadas y arrojadas al Danubio por las milicias del partido nazi húngaro en 1944-45”. Para ahorrar balas, según algunos, o “por simple crueldad”, según Arcadi, amarraban a dos, tres, cuatro personas, hermanos, padre e hijo, amigos, les obligaban a descalzarse, y disparaban una sola bala para que el peso del muerto arrastrase al otro u otros a las aguas del Danubio...

La visita nos lleva a callejear por el distrito XIII, el de los judíos acomodados y las mejores embajadas, desde el Hotel Danubio a la Gran Sinagoga y el Templo de los Héroes, y a conmovernos ante el Memorial del Holocausto y la antigua nunciatura. Antes, hemos recorrido, con el embajador Enrique Pastor de Gana -nuestro anfitrión en la presentación oficial del libro de Espada- los sótanos de la Embajada, en los que Sanz Briz ocultó a tantas familias.

-¿Es posible -le pregunto-conciliar la tragedia que describe en el libro con el optimismo de uno de sus autores esenciales, Steven Pinker, para quien la II Guerra Mundial fue un pico anómalo en un proceso de civilización “profundo, duradero e imparable”?

-Sin duda alguna. A pesar de todo, al final acaban ganando los vencidos. Yo soy optimista, la historia te invita a ser optimista, porque el horror acaba siendo eso, una anomalía. Hitler y Stalin fueron finalmente derrotados, y la vida sigue, sus víctimas han ganado la partida.

-Escribe que la memoria es una conquista social, pero que el olvido es un fruto de la civilización...
-Sí, y es una de las grandes paradojas del ser humano, ya que en nosotros convive el aliento ético de recordar y la obligación, la necesidad de la naturaleza, de la vida, de olvidar. Esa realidad es el punto g del libro. ¿Cómo, si no, una Europa que ha sufrido dos guerras mundiales o el comunismo, ha pasado página sin traumas hasta ver hermanados a países que fueron feroces enemigos, como Francia y Alemania?

-Uno de los grandes descubrimientos del libro es que Sanz Briz no fue un héroe aislado sino que obedecía órdenes del gobierno de Franco...
-Sí, hemos descubierto numerosos telegramas y comunicaciones que lo confirman. Otra cosa es que, al final, Sanz Briz protegiese en la misma embajada a 70 u 80 judíos sin que el gobierno español estuviese informado. Pero siempre fue un diplomático leal.

-Y no faltan en el libro otros héroes desconocidos para el lector español, como el abogado de la embajada, Zoltan Farkas, o Elisabeth Tourné, o Cassio.
-Desde luego. Farkas es el héroe dormido. Trabajaba en la embajada como abogado desde 1938, y conocía todos los resortes legales y todas las debilidades de sus oponentes para lograr, con leyes o sobornos, salvar vidas, lograr provisiones, preparar pasaportes españoles que permitieran a los judíos húngaros abandonar el país. Está también Elisabeth Tourné y su hijo, pero su rastro se pierde tras la llegada de las tropas soviéticas. Y Cassio, Casimiro Florencio Granzou de la Cerda, Duque de Parcent, que en nombre de España sobornó a cientos de funcionarios para salvar centenares de vidas. Fueron muy pocos pero salvaron a muchos, y si, como dice el Talmud, quien salva una vida salvan el mundo entero, ellos salvaron un universo. Seguir sus huellas hacen que el libro siga abierto...

-Menciona en varias ocasiones a Stephen Vizincey... ¿qué importancia ha tenido en este libro y en su obra?

-Esencial: Verdad y mentiras en la literatura es uno de los cinco libros de mi vida. Nos hemos visto en Barcelona, Londres, en Madrid. Vizincey me ayudó a olvidarme de la literatura en el sentido tradicional, como flatulencia de metáforas o sentido de la vida casi religioso, y es el primer culpable de mi descreimiento de la literatura en el sentido más pomposo y tradicional, como eso que justifica una vida.



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