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Eduardo Mendoza

"A mí eso de la prima de riesgo me recuerda a las películas de Trueba y Colomo"

NURIA AZANCOT | 14/04/2012 


Eduardo Mendoza. Foto: Elena Blanco

Era inevitable: aunque Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) asegura que no le gusta volver a personajes pasados, Ceferino, su detective loco, el mismo que protagonizó 'El misterio de la cripta embrujada', 'El laberinto de las aceitunas' y 'La aventura del tocador de señoras', tenía que reaparecer ya, arrastrado por la crisis y el disparate reinante, porque nunca, dice el escritor, “ha sido tan necesario como ahora el humor”. Y de eso, de humor y tristeza, de derrota y desamparo, está repleto 'El enredo de la bolsa y la vida' (Seix Barral), un divertimento que retrata un país "de bohemios y pícaros" enredado en una conjura internacional.


- La primera pregunta parece obligada, ¿la bolsa o la vida?
- No, no, fíjese que en el título, muy sabiamente, ya he cambiado la conjunción, pero solo por una razón: le confieso que ya no sé qué diferencia hay entre una cosa y la otra. Yo creo que estamos pillados, atrapados, por las circunstancias.

- ¿Y por eso ha decidido recuperar a Ceferino, el detective loco, en estos tiempos de locura...?
- Sí. Y también, quizás, porque ya no hay locos ni manicomios, y la gente sufre sus males en silencio. Ceferino hoy es un peluquero de señoras, fracasado y marginal, pero feliz, al que la llamada de un viejo amigo del sanatorio mental, Romulito el Guapo, vuelve a cambiar la vida. Y sí, hay chinos, mafias, y una conspiración internacional para acabar con la vida de una alemana muy poderosa...

- ¿Le parece que el humor es una buena respuesta a la crisis con la que nos están abrumando?
- Me temo que el humor puede poco contra la crisis, pero es una manera de sobrellevarla, como cuando se contaban chistes en las trincheras de la Primera Guerra Mundial: ya que estás ahí, si te van a aniquilar, al menos ríete, o habla de fútbol, que es lo que estamos haciendo ahora en España incansablemente, porque lo demás es esperar que te caiga encima el obús... Además, el humor crea una distancia con la realidad que te permite retratar al minuto lo que ocurre, algo que el rigor, la seriedad y el realismo no permitirían... Hace poco alguien me hablaba de los esperpentos de Valle-Inclán, y cómo ahora, leyéndolos o viéndolos, entiendes lo que pasaba en esa época mejor que con un tratado filosófico o un ensayo. Algo así, quizás, he intentando yo...

- ¿Qué le ha prestado, de su desencanto, a los personajes del libro?
- Bueno, quizás que tanto a Ceferino como a los otros (Quesito, la Moski, Manhelik, Armengol o el Pollo Morgan), también se les ha ido pasando la vida, aparte de que las circunstacias no son propicias para la alegría. Todos son gentes fracasadas en su proyecto vital, cansadas de luchar, que se encuentran sin fuerzas ni estrategias. Es una suma de cansancios. Los ayudantes son unos que antes hacían el timo de la estampita y ya nadie les entiende, y no se puede ni hacer, les miran como si fueran eruditos, unos Menéndez Pelayo, y eso es un poco lo que somos todos, estatuas vivientes que vemos pasar el mundo y no podemos bajar ni a hacer pipí.

- Pero sus personajes bucean en la crisis... ¿qué le sugiere eso de “la prima” de riesgo”?
- No lo sé, a mí me recuerda a las primeras películas de Trueba y de Fernando Colomo. Sí, “La prima de riesgo”. Es una fórmula, el enunciado de todos nuestros males, pero creo que como todos, en realidad, no sé lo que es, no sé cómo funciona. No sé como sube y baja, ni he conseguido entender si influye o es influida en algo o por alguien; en realidad, sólo tengo muy claro que cuando la mencionan, hay que abrir el paraguas.

- Uno de los elementos esenciales de la trama es un posible atentado contra una líder alemana muy parecida a Ángela Merkel en Barcelona. ¿Cree acaso que Alemania es la gran culpable de nuestros males?
- Bueno, no, no, cuando metí al personaje no lo hice con la intención de hacer un manifiesto antigermánico ni antinada, sino porque me parecía que era un personaje que daba de sí desde el punto de vista de la trama y luego pensé que de los políticos en activo era la única que cuando saliera el libro todavía estaría en su puesto. Porque si pones a uno y mientras se edita y se distribuye tu libro ha perdido la presidencia de turno, ya nadie se acuerda de él... y la hemos pringado.



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