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El hijo transexual de Ernest Hemingway

John Hemingway, nieto del escritor, recuerda en Una familia muy singular la convulsa relación de su padre Greg con el abuelo, que desembocó en un final trágico



ALBERTO OJEDA | 19/06/2012 


John Hemingway, junto a busto de su abuelo durante los Sanfermines.

Gregory ha quedado marcado como la "oveja negra" de la familia Hemingway. Fue el segundo hijo que Ernest tuvo con Pauline Pfeiffer, la segunda mujer del escritor (se casó con cuatro). Nació en Kansas en 1931 y murió en 2001 en Miami, tras sufrir un infarto mientras cumplía condena por exhibicionismo en una cárcel de mujeres! ¿De mujeres? ¡Sí, de mujeres: Greg decidió someterse a una operación de cambio de sexo a mediados de los 90. Pasó a llamarse Gloria. Aquella muerte tan sórdida, de la que los medios informaron telegráficamente, encubría una dramática y convulsa historia personal. La identidad de Greg/Gloria nunca se consolidó. Esa fue quizá la consecuencia más grave de la turbulenta relación que mantuvo toda su vida con su padre.

John Hemingway, nacido en 1960, sólo 11 meses antes de que Hemingway se suicidara, sentía que debía bucear en aquel magma convulso de insultos, reproches y separaciones abruptas. Allí, entre tanta negrura y tantos fantasmas, estaban las respuestas que buscaba, necesarias para saber por qué su padre acabó como acabó y algo incluso más importante: ¿saber quién era él mismo? Eso es precisamente lo que ha intentado hacer con el libro Los Hemingway, una familia singular (Planeta). "Yo no entendía muchas cosas de mi padre hasta que tuve mi primer hijo, que ahora tiene 15 años. Cuando nació fue cuando empecé a comprenderle y a ser más indulgente al juzgarlo", explica John por teléfono a Elcultural.es desde su casa en Montreal. "Él fue un hombre que sufrió mucho. Padecía graves trastornos psíquicos, con depresiones que le postraban en la cama sin ganas de nada. Aun así siempre se esforzó por estar cerca de sus hijos y ayudarlos en lo que pudo".

Ernest Hemingway, junto a sus hijos Patrick y Greg, en Cuba, hacia 1940. Foto: John F. Kennedy Presidential Library and Museum

En buena medida esos desequilibrios mentales se agravaron por las disputas con su padre, por la imposibilidad de alcanzar un mínimo de armonía cuando estaban juntos. John tiene su teoría al respecto: "Eran demasiado parecidos. Los dos tenían un carácter fuerte, los dos abusaban del alcohol y los dos eran bipolares" (lo de la bipolaridad es una constante entre los Hemingway). Un cóctel explosivo que no tardaba en estallar cuando se reunían. Pero esos paralelismos incluso llegaban hasta límites más íntimos y menos conocidos. John apunta en su investigación familiar que Ernest, paradigma del varón aventurero y valeroso, cultivaba en el terreno doméstico una vertiente femenina por la que sentía una profunda curiosidad. "En una carta que escribió a su cuarta mujer, Mary Welsh, cuenta cómo durante la actividad sexual ambos intercambiaban los roles femeninos y masculinos".

"Mi abuelo no era homosexual. Yo no afirmo eso. Sólo digo que sentía la necesidad de explorar su lado femenino, como todo hombre con cierta curiosidad. Ese intercambio de papeles lo había observado en algunas tribus africanas y también en las corridas de toros, entre el toro y el torero". John Hemingway pone sobre la mesa pues otro paralelismo entre su padre y su abuelo, el deseo de conocer la realidad también desde la óptica de la mujer, algo que Gregory (luego Gloria) llevó hasta sus últimas consecuencias. John no descarta que la radicalidad de su padre en esta cuestión fuera en cierto modo motivada por una rebeldía filial. Terminar sus días como un transexual era su manera de matar al padre. En concreto, de matar ese aura de macho rocoso que siempre intentó proyectar en público el autor de París era una fiesta. Aunque también piensa que en la cabeza de su padre anidaba una fuerte confusión: "Tengo la sensación de que siempre estuvo buscando algo que nunca terminó de encontrar".

A John también le ha costado encontrar su propio espacio en este mundo. Ha vivido en un entorno enajenado buena parte de su infancia y adolescencia. No sólo su padre atravesaba altibajos emocionales brutales. Su madre, a su vez, era esquizofrénica. Además, no es nada fácil querer dedicarse a escribir bajo la alargada sombra de un abuelo que firmó títulos como El viejo y el mar y Adiós a las armas. Por eso tuvo que poner tierra de por medio. En una especie de huida de su propio pasado, y aprovechando que había estudiado italiano en la universidad, John se trasladó a Italia, donde ha vivido (sobre todo en Milán) durante más de 20 años. Allí ha colaborado con diversos medios, como L'Unitá o Libero, y ha trabajado como traductor. También allí conoció Ornella, una "bellísima" mujer italo-canadiense con la que se casó y ha tenido sus dos hijos (aparte del quinceañero tiene una niña de 9). En este país pudo liberarse de un apellido tan pesado. Pero en 2008 decidió que debía asentarse de nuevo en la tierra de sus raíces: "Debía volver a estar en contacto diario con mi lengua si quería ser un escritor en ella".

Entre Italia y Canadá, hizo una escala de un año en Málaga. En la ciudad andaluza tuvo su primer contacto directo con la tauromaquia, y aquí comprobó que algún tipo de reminiscencia genética se le despertó cuando fue a su primera corrida en la Malagueta: "Iba con ciertos prejuicios, con una actitud algo escéptica, de verdad, pero sentí algo muy especial en la plaza, algo que no sé explicar muy bien porque pertenece al terreno de las emociones". Desde entonces John intenta mantenerse al tanto de las evoluciones de las primeras figuras del escalafón durante la temporada. Desde Canadá le resulta complicado pero internet le ayuda. José Tomás le tiene encandilado: "Hubiese sido maravilloso que mi abuelo pudiera haberle visto torear. Seguro que le habría entusiasmado".



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