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Felices dieciocho, coge tus cosas y vete

Vanessa Diffenbaugh denuncia los fallos del sistema de acogida de menores de EEUU con El lenguaje de las flores

FERNANDO DÍAZ DE QUIJANO | 15/03/2012 


Vanessa Diffenbaugh, autora de El lenguaje de las flores.

Vanessa Diffenbaugh desprende la vitalidad y la dulzura del tulipán, que es su flor favorita "porque significa declaración de amor y una vez cortada sigue creciendo en el jarrón". Esta californiana (San Francisco, 1978) ha cruzado por primera vez el Atlántico para promocionar su ópera prima, El lenguaje de las flores, que ha cosechado un enorme éxito en Italia, donde ha vendido 400.000 ejemplares.

Tras su amable título, la novela esconde una dura realidad, la del sistema estadounidense de acogida de menores. Victoria, su protagonista, acaba de cumplir 18 años y es obligada por ley a emanciparse tras haber pasado toda su vida rebotando de casas de acogida y pisos tutelados. Cuando era pequeña, Elizabeth, lo más parecido que tuvo alguna vez a una madre, le enseñó floriografía, el lenguaje secreto de las flores inventado por la sociedad victoriana hace dos siglos para comunicar los sentimientos. Debajo de su pétrea coraza y su comportamiento problemático, la chica encuentra en esta afición un flotador al que agarrarse, una forma de lidiar con sus propias emociones y expresar su sensibilidad sin exponerse demasiado a los demás.

La autora conoce bien el mundo del que habla. Cuando estudiaba Pedagogía y Escritura Creativa en la universidad de Stanford comenzó a trabajar como profesora para niños sin recursos en actividades extraescolares. "La mayoría procedía de East Palo Alto, que en aquella época era la capital nacional del crimen", asegura. Apenas una calle separaba aquella zona de la parte rica de la ciudad, que forma parte de Silicon Valley y alberga la sede de empresas como Hewlett-Packard o Apple. Aquel contraste brutal la sobrecogió.

Su primera novela publicada se ha convertido en un altavoz del problema con el que ha llamado la atención de miles de lectores y ha dado origen a Camelia Network -el significado de esta flor es "mi destino está en tus manos"-, una red de voluntarios que combaten el principal fallo del sistema de acogida: "En EEUU, los jóvenes alcanzan la independencia económica a los 25 años de media, habiendo tenido una familia y una educación normal. En cambio, estos chicos se quedan en la calle a los 18 con todos los problemas que arrastran", explica la escritora. La misión de su organización, por tanto, es arropar a estos chicos que se enfrentan a una nueva vida: un ordenador para estudiar, una bicicleta para desplazarse o un traje para acudir a su primer trabajo.

Si Victoria tiene el lenguaje floral como vía de escape a sus frustraciones, no todos los chicos sin recursos tienen la suerte de tener una afición que les motive. "El problema está en los colegios públicos, que no potencian los intereses ni las capacidades específicas de los alumnos. Todo es matemáticas, lengua, matemáticas, exámenes... En los de San Francisco ni siquiera hay Educación Física. Tiene que venir una ONG a darles una hora a la semana", denuncia Diffenbaugh.

El perfil de los chicos que acaban en el sistema de acogida es muy variado y la escritora insiste en que cada uno de ellos es único -"algunos atraen el cariño de los demás, otros lo repelen porque nunca han recibido amor y no saben cómo devolverlo"-, pero la historia que hay detrás de cada caso muchas veces es la misma: padres abusivos o que se desentienden de los niños, con problemas de drogas y alcoholismo. O pobreza: "Muchos padres sí querrían hacerse cargo de sus hijos, pero desgraciadamente no tienen los recursos necesarios para hacerlo".

Lo mejor que le puede pasar a un menor en esta situación es encontrar inmediatamente una familia que los acoja y los quiera y quedarse con ellos hasta ser independientes o volver con su familia biológica cuando sea posible. Pero, desgraciadamente, esto ocurre pocas veces, de modo que acaban en pisos tutelados donde conviven diez o veinte adolescentes y el personal que los atiende rota constantemente. "En vez de hogares parecen fábricas", se lamenta la autora, cuya lucha por mejorar las condiciones de vida de estos menores la llevó a convertirse hace años en la madre de Tre'von, "un chico maravilloso" que estudia con una beca en la Universidad de Nueva York y volverá al final del semestre a un sitio al que puede llamar hogar, con todas las letras.



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