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Javier Gomá: "La muerte es una injusticia para la dignidad del hombre"

El pensador y director de la fundación Juan March recupera para la filosofía el problema de la supervivencia del alma con el libro Necesario pero imposible



MARTA CABALLERO | 14/02/2013 


Javier Gomá, autor de Necesario pero imposible. Foto: Alberto Di Lolli

Los tejados del barrio de Salamanca se asoman por los generosos ventanales de la sexta planta de la Fundación Juan March. Ha amanecido el día calmo. El sol de una primavera que se acerca, el frío que nos concede una tregua. Los periódicos dispuestos sobre una mesa de la estancia hablan en cambio de un estado permanente de intranquilidad, de un ritmo enardecido de noticias digno de una de las últimas novelas de Petros Markaris: políticos corruptos, ancianos desahuciados que se suicidan, ensayos nucleares. Y un Papa dimisionario. Javier Gomá, director de la Fundación desde hace diez años, irrumpe en la estancia con el ánimo relajado que imprime la mañana. Acaba de publicar Necesario pero imposible (Taurus), el libro que cierra una tetralogía de títulos filosóficos que se le reveló como una emoción en la adolescencia y que llevó al papel por primera vez hace 10 años con el celebrado Imitación y experiencia (Premio Nacional de Ensayo). Transcrita, pensada y reinterpretada esa emoción, Gomá respira tranquilo. Ha dedicado los mejores días de su vida a una tarea que, se plantea ahora, nadie le había pedido y por fin la ha terminado.

Tan de lejos surge su vocación filosófica, esa línea de pensamiento centrada en el concepto de ejemplaridad, que no puede ni quiere aplicarla a lo inmediato. Tampoco en esta ocasión, cuando el concepto clave es el de la esperanza después de la vida. Cuando escribe, Gomá lo hace pensando también en generaciones posteriores, por eso ejerce el derecho de los filósofos a "escurrir el bulto" cuando un interrogador le pide que asocie estas nociones a una actualidad que, a tenor de las portadas de los periódicos que descansan sobre la mesa, demanda un poco de sentido. "Que uno sea ensayista no significa que tenga que contestar a todo lo que le preguntan", protesta cuando recuerda cómo en estos días de entrevistas le han pedido que se pronuncie sobre, por ejemplo, la renuncia de Benedicto XVI. Sus libros y en especial Necesario pero imposible, que ahora publica, no responden a la velocidad supersónica de la información sino, insiste, al ritmo geológico que debe tener la filosofía.

- El germen de este libro se remonta a 30 años, por lo que es independiente de los vaivenes del aquí y del ahora. Pero es cierto que te encuentras con la sorpresa de que cosas que has gestado en tu debate interior adquieren de pronto actualidad. Me pasó con Ejemplaridad pública, con el concepto de ejemplaridad en general. Me habían concedido el Premio Nacional de Ensayo por un primer libro, a mí, un autor desconocido, y cuando publico el segundo en 2009 me piden en la editorial que cambie el título porque no estaba en el debate y no vendía. Sin embargo, dos años y medio después el concepto es moneda corriente. Mi idea es que este libro, como los anteriores, pueda servir al debate en los próximos años. La ejemplaridad podría haberla explicado con nombres como Obama o con antiejemplos como Nixon. Pero yo quiero situar mis reflexiones en un ámbito abstracto de teoría general.

En ese abstracto de ser especialista en la generalidad, de ser consciente de trabajar en la especie de género literario que es la filosofía, se mueve el pensamiento de Gomá y el libro que ahora presenta. Si los tres anteriores conformaban una trilogía de la experiencia de la vida, de cómo ser individuales en este mundo, Necesario pero imposible plantea sobre qué condiciones podemos llegar a comprender que esa individualidad pudiera prorrogarse después de la muerte. Una cuestión que, señala, la filosofía apartó de su agenda después de Kant. ¿A qué se debe esta dejación de funciones y por qué recuperarla ahora, en este tiempo de inseguridades que nos obliga a apegarnos tanto a la tierra, al hoy?

- El tratado de la inmortalidad del alma era un tema filosófico desde Platón hasta Kant, no hubo un gran filósofo que no le dedicara una parte de sus investigaciones, pero en los siglos XIX y XX se pierde. Ahora, en la misma línea del concepto de ejemplaridad, trato de recuperarlo pero con las categorías de la mentalidad del ciudadano del siglo XXI. Es un tema que la filosofía debe pensar, independientemente de la conclusión a la que llegue. Igual que hay una filosofía de la ética, de la belleza... también debería haber una de la supervivencia.

A juicio del filósofo, este olvido meditado de la filosofía hacia la inmortalidad es puramente cultural y tiene sus justificaciones, pues la modernidad tuvo que hacer un esfuerzo por emanciparse de la tutela religiosa que quería retrasar el momento en que los ciudadanos modernos llegaran a la mayoría de edad. Con el positivismo, se establece el dogma de que el mundo que experimentamos agota la realidad, esto es, se hace con su monopolio, de manera que la trascendencia después de la muerte se convierte en un "no tema". Sin embargo, Gomá argumenta que algo que ha sido una materia fundamental en la filosofía durante 2.500 años no puede quedar fulminado, por eso la necesidad de recuperarlo ahora. Esto sí, si bien su trilogía de la ejemplaridad bebe de la experiencia y llega a conclusiones que el autor considera firmes, en el problema de la supervivencia del alma no cabe esta seguridad. Así las cosas, su objetivo ha sido no ofrecer soluciones ni adoctrinar sino proponer una vía más sutil:

- No es un libro catequético ni propagandístico. Lo que quiero es recuperar un tema que está envuelto en algunos aspectos de épocas pasadas y que, por tanto, no nos resultan convincentes, y adaptarlo al siglo XXI. Lo doto de categorías y conceptos que lo hagan veraz, verosímil, persuasivo... para que luego tomes tus decisiones. No reemplazo las decisiones trascendentales del lector. Lo que ofrezco es un mapa que haga atractiva una determinada opción pero siempre de una manera muy hipotética. Es un libro filosófico, antropológico, pero no teológico. Dios tiene un cierto protagonismo pero es un actor secundario. La pregunta es natural incluso para un hombre agnóstico, ateo y perfectamente moderno. Este hombre tiene conciencia de su propia dignidad, pero no hace falta vivir mucho para darte cuenta de que esta dignidad está avocada a un destino indigno que es la muerte. ¿Hay alguna posibilidad de que nuestra última posibilidad no sea la muerte?

No deja sorprender que un autor todavía joven como lo es Gomá (Bilbao, 1965) se preocupe con tanto empeño por cuestiones que asaltan al ser humano en una época más tardía de la vida. Es cierto que cuando el hombre alcanza la edad adulta ya es consciente de su destino, pero a menudo la vida aplaza el asunto de la trascendencia para más adelante. A él, en cambio, todas estas preguntas se le aparecieron casi en la época púber y no cree, además, que la filosofía deba plantearse según la edad por la que esté pasando el pensador:

- Me sorprenden aquellos filósofos que atraviesan etapas, me dan ganas de decirles que me cuenten los resultados, no los procesos. Si quieres hacer una interpretación del mundo tienes que tener la madurez suficiente para contármelo de una vez porque, si no, no estamos hablando de la interpretación de la realidad sino de la sucesión de tus estados de ánimo. Cuando irrumpí en el debate con mis libros, quise llegar con una opinión muy firme, ahorrarle al lector el proceso y ofrecerle los resultados. Les doy el cuadro entero, que incluye la posibilidad de supervivencia después de la muerte. Y cuando irrumpo con 38 años ya tienes edad suficiente como para plantearte los problemas filosóficamente sustantivos.

Junto a su vocación de ofrecer un todo, la producción de este autor ha destacado por aportar nuevos modelos que se alejan de la tendencia de la filosofía actual a hacer un pensamiento del pensamiento, una historia de la filosofía, la enésima reinterpretación de la teoría de un gran filósofo. El problema, resuelve él, es que la situación de la cultura actual conspira contra la realización de la principal misión del filósofo, que no es otra que mirar la realidad y proponer un ideal de comprensión, no describirla:

- Aristóteles propone el ideal del hombre prudente; Kant, el del hombre autónomo; Nietzsche, el del superhombre... toda gran filosofía es la propuesta de una cierta perfección que sirva para iluminar a los ciudadanos y señalar direcciones. En cambio, el presente conspira para que la proposición de un ideal sea imposible. Vivimos en una sociedad del post. Somos posideológicos, posmodernos, posindustriales... estamos de vuelta de los ideales antes de haber ido a ellos. Es cierto que los ideales han provocado grandes catástrofes: las utopías políticas, las totalitarias... pero casi podría hablar de una victoria póstuma del totalitarismo porque, como determinados ideales perversos han conducido a grandes catástrofes, ahora poco menos que se nos ha sustituido la propuesta del ideal. Por eso la filosofía ya no consiste en pensar el mundo y ofrecer una interpretación movilizadora, sino en reconstruir lo que hicieron otros. También abunda la filosofía no del cómo debemos ser sino del cómo somos, que nos dice que somos una sociedad líquida, de riesgo, narcisista, consumista... Luego hay una tendencia que es la de la filosofía sectorial, por ejemplo, de los animales, de la ética, de la igualdad, de los países descolonizados, del multiculturalismo... y luego también está la sustitución de la filosofía por los libros de autoayuda.

Contra todas estas filosofías de filosofías se rebela Gomá, que remata su libro con un capítulo titulado Raptado por las musas, en el que defiende la filosofía como un género literario. Para él, pertenecer a este mundo, vivir y envejecer, produce una emoción esencial. Si la recreas eres poeta; si la defines, filósofo. Pero es una misma emoción. En cuanto a hermanos gemelos, el pensador debe emplear los mismos elementos de la creación del relato, otro de los grandes olvidos de la filosofía contemporánea, raptada por el discurso de la ciencia:

- La filosofía reciente ha pretendido ser una ciencia y se expresa con una prosa muy seca y antipática que expulsa al lector cuando, en realidad, el filósofo, como el literato, debe proponer textos persuasivos, que sean capaces de enamorar, crear un estilo, utilizar las figuras retóricas. Una novela es un relato convincente que recrea un mundo; un filósofo crea un relato que trata de convencer mediante los conceptos de que lo que está diciendo es persuasivo. La filosofía ha renunciado a utilizar esos recursos pensando que la literatura es mera ficción pero, al contrario, la filosofía también es imaginativa.

Zanjada esta misión, la de trazar el ideal de ejemplaridad y la de volver a reunir a la filosofía con lo liteario, Gomá desconoce qué hará después. Antes de volver a sus obligaciones en la Fundación Juan March, se acomoda en el placer de no saber qué será lo próximo: "No estoy seguro de si volveré a una emoción prefilosófica o a otras. Ahora quiero descansar y oír la voz de mi corazón. Quiero sentirme libre durante un tiempo. No sé si haré relatos, teatro... hay voces que te dicen que las grandes expectativas quedan desmentidas por la experiencia. Me acuerdo de cuando me decían que nunca terminaría mi primer libro. Hoy, no cambiaría un párrafo de ese tomo, porque expresa perfectamente lo que yo quería decir. La ventaja de publicar tarde es que cuentas con una cierta madurez. La vida me ha proporcionado esta satisfacción".



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