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Julian Assange antes de Wikileaks

En Underground, escrito junto a la periodista Suelette Dreyfus a mitad de los 90, recuerda su adolescencia, en la que ya husmeaba en los archivos de la NASA

ALBERTO OJEDA | 31/08/2011 


Julian Assange. Foto: Paul Hacket / Reuters.

Julian Assange (Queensland, 1971), el hacker más famoso del mundo, se encuentra bajo arresto domiciliario en Londres. Vive temeroso de que se confirme su extradición a Suecia, aprobada ya por los tribunales británicos, pero paralizada por el recurso de sus abogados. Llegar a Suecia puede suponer su traslado posterior a Estados Unidos. Y allí su futuro es muy incierto, porque le consideran una especie de terrorista. Es un hombre encerrado en el reducido espacio de una vivienda, con sus movimientos extremadamente limitados. Pero a alguien así le basta un ordenador con conexión internet para poner patas arriba el orden internacional. Es lo que hizo desde Wikileaks, plataforma digital ideada por él, en la que desfilaron las vergüenzas de gobiernos, servicios secretos, embajadas, empresas...

Esa hazaña es la cúspide en su carrera como polizón de archivos secretos de instituciones que, en su manera de ver el mundo, representan la autoridad. Pero antes de llegar a Wikileaks, Assange ya llevaba desde su adolescencia hincándole el diente a documentos clasificados. En los 90, cuando a la red de redes sólo tenían acceso cuatro privilegiados, él, junto a otros jóvenes filibusteros informáticos, ya estaba incordiando y metiendo las narices donde no le llamaban. En esa época escribió Underground (Seix Barral), en compañía de la periodista australiana Suelette Dreyfus, un libro en el que dejó constancia de los orígenes del movimiento hacker y que llega a las librerías españolas este viernes, tras su éxito en Francia, Alemania, Reino Unido...

Underground nace de la colaboración de ambos. La periodista tuvo acceso a la elite de los asaltadores digitales gracias a Assange. A lo largo de tres años estuvieron entrevistándose con algunos de los más destacados, tipos que, inspirados en un vago ideal anarquista y con acné en los carrillos, empezaban a colarse los arcanos prohibidos de instituciones como la NASA. En 1989 boicotearon el lanzamiento de la sonda Galileo con rumbo a Júpiter. Grupos ecologistas creían que un accidente de esta nave podía provocar una crisis radioactiva, porque se alimentaba con Plutonio. Así, apoyados por Assange y otros cerebros de la informática, consiguieron retrasar el despegue, tras acceder a los ordenadores de la agencia espacial. Cuando el 10 de octubre sus operarios encendieron sus equipos por la mañana, en lugar del saludo habitual programado en sus pantallas, apareció la palabra Wanked: Worms Against Nuclear Killers (Gusanos contra los asesinos nucleares).

A partir de entonces empezó a ser un forajido. Mendax, el pseudónimo que utiliza Dreyfus para referirse a Assange en el libro (el trato entre ambos era mantener el anonimato de todos lo hackers), llevaba una vida a salto de mata en todos los sentidos. Su madre huía de su padre, presunto maltratador, y cambiaba de domicilio constantemente. Era un adolescente sin una red de amistades fijas, bastante solitario y con inquietudes intelectuales, entre las que se encontraba la lectura de literatura. Saint-Exupery, Orwell, Shakespeare, Vonnegut, Camus... se encontraban entre sus autores más frecuentados. Sin embargo, académicamente se inclinó por las ciencias exactas. Empezó estudios universitarios de matemáticas pero los dejó. Decidió volcarse en sus peripecias digitales.

En el epílogo de Underground, escrito ya en 2001, Assange encabeza el texto con una cita de Oscar Wilde: “El hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia. Dad una máscara al hombre y dirá la verdad”. En cierto modo, Wikileaks es una máscara para muchos hackers que se las han apañado para entrar en espacios de información vetada al común de los mortales. En esta plataforma pueden mostrar los documentos birlados gracias a sus habilidades técnicas. Para unos es pura y simple delincuencia, que merece ser perseguida y castigada. Para otros, es la última esperanza de conocer algunas verdades escamoteadas a los ciudadanos de a pie y de controlar los excesos del poder. Es muy probable que la opinión más fiable se encuentre en un impreciso término medio entre ambas posturas. ¿No?



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