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La historia de todas las palabras

El proyecto de publicación del Nuevo diccionario histórico ofrece un nuevo avance en internet: la puesta a disposición del público de las fuentes básicas para su redacción



ALBERTO OJEDA | 05/04/2012 


Imagen de las fichas acumuladas en gavetas durante tres siglos que ahora, digitalizadas, están al alcance de cualquier ciudadano.

La elaboración de un diccionario que refleje y explique la evolución de todas las palabras de nuestra lengua es un empeño titánico. Da vértigo pensar en un archivo en el que aparezcan todos los vocablos del español, del pasado y del presente, de uno y otro lado del Atlántico, y que incluya también las acepciones de términos actuales que se han perdido con el paso de los siglos. ¿Conseguir algo así es humanamente posible?

Pues sí. En buena parte de los países de nuestro entorno cultural ya disponen de él. En Francia se convirtió, a mediados del siglo pasado, en una cuestión de Estado. Construyeron un edificio expresamente para albergar a 140 lexicógrafos que tras trabajar como hormiguitas silenciosas durante cincuenta años lograron encerrar todo el francés en una serie de volúmenes. En el Reino Unido también coronaron con éxito el mismo proyecto. Fue gracias a la labor de la Universidad de Oxford, una entidad, recordemos, privada. Dos modelos y un mismo resultado.

En España lo hemos intentado, sí, en dos ocasiones. La guerra civil truncó los avances de Menéndez Pidal. En los años 40, tomaron el testigo del eminente historiador académicos como Rafael Lapesa, Manuel Seco, Julio Casares... El problema es que su método de trabajo, quizá excesivamente minucioso, encalló en océanos de fichas de papel difícilmente manipulables con carácter sistemático. Ahora es el lingüista José Antonio Pascual, vicedirector actual de la RAE y director del Nuevo diccionario histórico, el que intenta sacar adelante de una vez esta "deuda pendiente con la sociedad española" (así lo describía García de la Concha).

Pascual ha celebrado su 70° cumpleaños con un paso al frente. De una tacada, la RAE y la Fundación Lapesa han puesto al alcance de cualquiera cuatro fuentes cruciales que su equipo y él están manejando para confeccionar el que será el Nuevo diccionario histórico de la lengua española. El primero es el Corpus del Nuevo diccionario histórico. "Es la referencia de partida. Lo hemos obtenido a partir de 800 textos de toda índole, seleccionados de entre diferentes épocas desde el siglo XVI hasta el actual. De ahí han salido 53 millones de lemas y unas 30.000 palabras que son las que más repiten y por tanto las más representativas", explica Pascual.

Esos términos son los que en un principio incluirá el Nuevo diccionario histórico, un núcleo esencial que con el tiempo se irá ampliando, algo que permitirá su edición en versión digital (el papel ya está descartado para una publicación de estas características, tan voluminosa). La intención es, pues, engrosarlo por capas, como si se tratara de una cebolla. "El Diccionario histórico, en realidad, no se acabará nunca. Siempre se estará expandiendo".

El segundo material es el Fichero general de la RAE, compuesto por diez millones de papeletas, que se fueron guardando en gavetas por los académicos durante tres siglos. Cada vez que uno encontraba una palabra que le llamaba la atención la incorporaba. Y así, por sedimentación, crecía ese archivo, sobre todo entre los años 1930 y 1996, periodo en el que se convirtió en elemento de consulta recurrente para los lexicógrafos al cargo de las dos ediciones fallidas del Diccionario histórico. Además, de la segunda de éstas, se han colgado en la web de la Fundación Ramón Lapesa los dos tomos que consiguieron completar (comprenden las letras aa-apasanca y b-bajoca).

"Lo fundamental de esta puesta a disposición del público es que ahora cualquier persona que, por ejemplo, quiera editar un texto de Lope de Vega o de Quevedo, ya puede consultar estos valiosos materiales", señala Pascual. Es una decisión loable, ya que, de otro modo, habría que esperar al lanzamiento del Nuevo diccionario histórico para poder manejarlos.

Y para ese lanzamiento, calcula el propio Pascual, habrá que esperar "unos 15 años". Aunque sobre su equipo también pende la espada recortadora de presupuestos y, por tanto, una ralentización de los procesos en marcha. Los recursos de que ahora dispone, ya de por sí diezmados (en su día contaba con 18 lexicógrafos y en el momento presente son sólo dos), pueden verse todavía más reducidos. Eso le provoca una cierta angustia. "Yo he visto el agobio de Joan Corominas, para el que trabajé durante ocho años en el Diccionario etimológico, cuando se daba cuenta de que no viviría para ver su trabajo terminado. Yo espero ver al menos ese núcleo esencial, si no, sería muy triste".



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