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Yolanda Villaluenga

"Mi experiencia como documentalista ha sido crucial para escribir esta novela"

JACINTA CREMADES | 18/04/2012 


Yolanda Villaluenga ha escrito toda su vida. Periodista en varios medios de comunicación y revistas especializadas, guionista de documentales para La 2 de TVE, ensayista desde que publicó La madre imperfecta (Plaza&Janés), el lenguaje no es ningún secreto para una mujer inquieta que lleva trabajando con la palabra escrita toda su vida.

Pero Ann Arbor (editada por Demipage) es su primera novela, y también un texto diferente a los demás. Excelente libro, parece nacer de un lugar muy íntimo que solo conoce la escritora. De ahí hace brotar este relato sobrecogedor, como si naciera de las entrañas de un ser que busca su camino vital, su esencia. Un camino iniciático que recorremos, junto a la protagonista, en tierras de Michigan. Su periplo nos lleva a Ann Arbor, una ciudad situada entre Detroit y Chicago. Pero también a Llanes y a Madrid. El lector sigue ese periplo como si conociera los lugares porque, al fin y al cabo, de lo que nos habla la autora es de la búsqueda de uno mismo, de la búsqueda de la felicidad. “El paisaje, el tornado con el que comienza la novela, es en realidad un símbolo del estado emocional de la protagonista”, explica la autora. Como en la escritura y la pintura chinas, el paisaje trae carga emotiva. Es una proyección, una expresión del mundo interior. Fuera y dentro es lo mismo.

El tono intimista de Ann Arbor hace pensar en una voz autobiográfica. “Nace del año que pasé en Estados Unidos -confiesa Villaluenga- en ese mismo lugar, Ann Arbor. La protagonista viaja sola a esa ciudad. En mi caso, me marché allí con mi hija y mi pareja. Fue la primera vez, en muchos años, que disponía de tiempo para mirar la vida sin tener que ejecutar. Pasé mucho tiempo sola, perdiéndome por las calles, tomando notas en los cafés, hablando con gente que encontraba al paso o que se iban haciendo amigos poco a poco. Hay historias, como la de Adrienne Brant, la descendiente de un príncipe Mohawk, la de la pareja de amantes que se encuentran a escondidas una vez a la semana para practicar sexo apasionadamente, o la del encuentro con el escritor Richard Ford, que están basadas en historias reales. Así que, hay una verdad pasada por el tamiz de la ficción”.

Para una mujer que se ha pasado la vida escribiendo, que estudió periodismo “lo que me permitió descubrir otras realidades y acercarme a la vida de personas que, de otro modo, nunca hubiera conocido”, todo ese bagaje de experiencias, vividas también a través de los relatos de las demás personas, aparecen en la novela. “Todo lo vivido te va dando una perspectiva del mundo. Al final, lo que se siembra da frutos en algún momento de tu vida”.

¿El hecho de que el personaje tenga que trasladarse a otra realidad para encontrarse, qué significa? “La novela es un viaje iniciático (en el que se descubre el tema de la dualidad. Confronta al lector a tratar de descubrir dónde está la felicidad). A veces, estamos tan ciegos que es necesario salir del espacio de confort en el que nos movemos habitualmente, para ver con perspectiva nuestra propia vida, y como el personaje de la novela, es en Ann Arbor, a través de la mirada de los otros, de sus historias, de sus miedos como va descubriendo qué le ocurre a ella misma”.

Todos los personajes que se va encontrando a lo largo de la novela, cuentan historias de sus vidas a la narradora. Villaluenga cree en el azar pero también “que uno interpreta el mundo según la realidad que está viviendo, con esa misma perspectiva y mirada limitada”. Como dice Heráclito, “El carácter hace el destino”.

Ann Arbor salta de un momento a otro siguiendo el hilo de los recuerdos y pensamientos de la narradora a través de los encuentros con los demás personajes. Entonces, ¿quién es el verdadero protagonista de la novela: la mujer que recuerda, la memoria o el tiempo quebrantado? “Pienso que la protagonista es su mirada. La narradora, que es una escritora de libros de viaje que no viaja, ha vivido aislada durante años en Madrid. Se siente acosada por la culpa, la muerte del marido, cuando iba a dejarle para irse con otro hombre. La culpa le hace estar atrapada en lo que ha vivido, en lo que debió hacer. Tiene enajenada la mirada. A través de la mirada de los otros personajes, que como ella no pueden o no saben amar, va vislumbrando y enfocando su propia historia.

La memoria es también un elemento esencial, matizado y, como en la realidad, no es objetiva. Es decir, que la memoria se modifica (y es también protagonista) a medida que la narradora afronta la realidad.

La protagonista va dejando de estar en el pasado para asumir el presente, su presente. Al final de Ann Arbor, la escritora recupera una frase del Talmud: “La vida es un viaje hacia tu nombre”, tema de la novela. Tres líneas antes del final, la protagonista pronuncia, por fin, su nombre (que hasta entonces el lector desconocía porque ni ella, ni ninguno de los otros personajes lo había nombrado). ¿Podemos afirmar que se ha encontrado a sí misma? “Hay un viaje hacia ella y algún camino encuentra que le acerca a ella misma. Borges escribía, en un poema, que uno va haciendo trazos hasta conformar el dibujo de su propio rostro, y tal vez, algo de eso le ocurre en Ann Arbor. Ella debe afrontar de una vez por todas su pasado para recuperarse.

La estructura de la novela está perfectamente secuenciada. ¿Viene de su formación cinematográfica? “Probablemente, aunque el verdadero orden de Ann Arbor viene de otro libro, Veinte poemas del río Wang, del poeta del siglo VII, Wang Wei. Cada poema representa un momento de sus estados emocionales. Habla de la soledad, del miedo, el anhelo de compañía, del amigo, etc., hasta que uno siente que está en ese lugar. Me reencontré con ese libro que estaba en mi biblioteca justo cuando andaba perdida en la estructura. A veces uno tiene la suerte de recibir la ayuda de otros escritores cuando está más perdido, aunque vengan desde el siglo VII. Pero por supuesto, mi experiencia realizando documentales fue crucial. Me permitió organizar la novela por secuencias, moviendo los bloques hasta que conseguí la estructura que buscaba.

“Como la estructura de la novela, la vida, para mí, no es lineal. Las experiencias no son lineales tampoco. Ni lo que te ocurre. A veces estás atrapada en un círculo mental y el pasado es más presente que el propio presente.” De eso habla también Ann Arbor, de la importancia de asumir nuestra propia vida, en el presente. Como dice la india Adrianne Brant a la protagonista: despierta, se vive una vez... al menos con esta forma.



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