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Obras de arte: manual de viaje

Las majas de Goya ya están en Washington. Hasta el próximo mes de junio los visitantes del Museo del Prado no podrán contemplar dos de las obras estrella de la pinacoteca madrileña, porque están de viaje. Es un viaje polémico, arriesgado para unos, necesario para otros y, en cualquier caso, trascendente. No es baladí que emblemas de la cultura de un país puedan resquebrajarse. Por eso hay debate y controversia sobre la conveniencia o no de prestar las grandes obras de arte, y por eso El Cultural ha preguntado a los expertos. Sabemos que estamos ante una decisión política. Sabemos también que prestar significa recibir, y que no es lo mismo que viajen unas obras que otras, ni a quién se presten, ni el cómo y el porqué. Es decir, aquí no caben las afirmaciones categóricas. Los historiadores del arte, directores de museos y comisarios que escriben hoy en estas páginas nos orientan y pertrechan para este viaje.


 | 06/03/2002 |  Edición impresa


Demasiadas presiones
Una de las cuestiones más debatidas en el mundo de los museos es la del préstamo de las obras de arte. Indudablemente los responsables de la conservación de los fondos museísticos son partidarios, con razón, de mover lo menos posible las piezas más relevantes de su colección evitando así el deterioro físico que pueda mermar su integridad artística. Ahora bien, si ese director quiere hacer exposiciones importantes que atraigan al público tiene que contar, a su vez, con el préstamo de las obras más excelentes que existen en otros museos. Es como la cuadratura del círculo o la serpiente que se muerde la cola. Encontrar la solución a tan arduo problema es tarea difícil y más bien casi imposible. Los directores de museo y sus conservadores están condicionados por demasiadas presiones y opiniones contrapuestas. Convendría clarificar a nivel mundial, de una vez para siempre, los criterios y establecer de manera definitiva un código ético, político, social y estético del préstamo de las obras de arte.

ANTONIO BONET CORREA
Director del Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

Una cuestión política
El mundo del arte ha sido pionero en el asunto de la globalización: mucho antes de que se propugnara la libertad de movimientos para mercancías y capitales, se daba eso ya para las obras de arte. De hecho, es mucho más fácil que viaje a un país rico una pieza maya del Museo Nacional de Antropología que un ciudadano mexicano normal, pongamos por caso. Nuestras sociedades del espectáculo, por otra parte, tienen sus exigencias, y una de ellas parece ser la elaboración de exposiciones temporales que producen noticias, atraen multitudes a los museos y generan, en suma, el apoyo político y económico que esas instituciones necesitan. ¿Y no es más fácil conseguir todo eso cuando se afirma haber logrado “traer” algo difícil y muy arraigado en el imaginario popular?

La visión midcult del arte que fomentan los medios de masas y que atizan los responsables culturales con la complicidad (o la ayuda activa) de muchos profesionales de la crítica y la historia del arte, privilegia, en fin, el desplazamiento constante de las obras. Cuanto más conocidas o más difíciles de mover, mejor. Imaginemos una exposición ideal en la que se trasladara a Nueva York (nada es imposible, ay) la mismísima Capilla Sixtina y dentro de ella se pudieran ver Las meninas de Velázquez (y las majas de Goya, claro), unos girasoles de Van Gogh, laGioconda, la Venus de Milo, nuestro querido Guernica, y otras cosas por el estilo ¡Qué colas habría en la Quinta Avenida! ¿Y qué me dicen de las fotos con los jefes de estado de los países prestatarios, de los reportajes televisivos, y de las menciones en el Guiness?

No hacen falta, en fin, muchos circunloquios para decir con claridad que este asunto, tal como está planteado, nos parece exclusivamente político. La cuestión no parece decidir si se deben prestar obras de arte sino cuáles, en qué condiciones, cuándo, y especialmente a quién. Esto no es cultura. El que manda, manda, y el que no, bien podría ser director del Museo del Prado.

JUAN ANTONIO RAMíREZ
Catedrático de Historia del Arte de la U.A.M.


Viajes y sentido (común)
La política cultural, en la era de la globalización, está sufriendo un problema circulatorio y de embotellamiento como el que trajo hace unos años al Museo del Prado la exposición de Velázquez con su consiguiente alud informativo para ver lo que ya estaba allí de siempre.

Hace veinte años nadie hubiera imaginado que la Historia del Arte, tan ligada a los silenciosos museos, se afirmaría en todos los medios y en tantos lugares. El éxito está teniendo su precio: el templo se ha convertido en escena y la actividad del museo en teatralidad. La tarea del director no es ya reunir, conservar e investigar, sino más bien la presentación del espectáculo y su recaudación.

El museo debe conservar sus fondos (tanto físicamente -políticas de seguridad, mantenimiento y restauración- como conceptualmente -políticas documental e investigadora) y mostrarlos (política de organización y exposiciones). El museo, por definición, no es una casa de cultura, ni una sala de exposiciones de una entidad bancaria, ni una galería privada. Es, en primer lugar, representación de sí mismo: de su colección permanente. Quizá necesite de un impulso a través de exposiciones temporales, pero con medida y razón. Su función de conservar (esto es, su legalidad originaria), la seriedad de los temas a tratar y presentar (una exposición bien hecha no se improvisa) y su objetividad histórico-artística, se contraponen a esa ruleta de cambios permanentes y de circo cultural. Una exposición de museo, la petición de viaje de un cuadro, debe tener una razón y un sentido.

Quiero incidir desde este doble punto de partida (para la posibilidad de cualquier viaje): por una parte a través de un enfoque nuevo que consiste en observar la obra de un artista desde un punto de vista totalmente inédito; por otra desde una reflexión hacia el uso y conocimiento de la Historia del Arte. Una exposición debe dar placer al espectador curioso y presentar al artista bajo una nueva luz. Debe proponer y desarrollar, asímismo, para el futuro temas, motivos y aspectos intrigantes, poco conocidos o del todo olvidados sobre la obra en general del artista. Debe ser un lugar de comunicación de experiencias formales e ideas. Debe ser instrumento de conocer el pasado para ayudar al hombre a abrirse a nuevas fronteras y a nuevos mundos. Lugar donde mantener vivo el recuerdo visual y donde activarlo para el presente.

KOSME DE BARAñANO
Director del IVAM

La dificultad de realizar una lista
Soy partidario de que con sentido, justificadamente, se hagan exposiciones con objetos artísticos, porque permiten poner al alcance de un público interesado obras dispersas por museos, iglesias y colecciones que de otra manera es difícil contemplar y disfrutar. Así, con mayor claridad e inmediatez se llega a entender o apreciar mejor un artista, un período, un tema. Además, porque acompañadas por un catálogo conveniente, se resaltan aspectos de la historia, se replantean problemas, se sugieren nuevas soluciones, se presentan piezas inéditas, y ese catálogo permanece cuando la muestra concluye. ¿Qué obras se pueden dejar? A mi juicio, casi todas, siempre que su tamaño descomunal, su estado delicado o el material en que estén realizadas no aconseje el préstamo. A estas alturas se dispone de medios que casi aseguran que no sufran daño en los traslados y que se respeten las convenientes condiciones de climatización, intensidad lumínica, etc., en el lugar al que van destinadas. En realidad, como ha sido dicho, cualquier obra desde que se termina comienza a deteriorarse. Por tanto, también si se cede para una exposición, se estropea relativamente, aunque no hay que entender esto en clave catastrofista. A veces, determinadas instituciones exigen unos requisitos a los que debe atenerse la sede de la muestra a las que ni ellas mismas se ajustan cuando la exponen en su centro, donde sufre más. He visto en museos de importancia internacional cómo la luz solar incidía sobre algunas pinturas y, pese a la advertencia hecha, no se corregía la falta. Siempre existe un riesgo de destrucción o de accidente.

También en el lugar donde se guardan las obras habitualmente. Como es natural, estoy por completo en contra de que se cedan piezas a exposiciones que no tienen razón de ser, que están mal concebidas, que son caprichosas, que obedecen sólo a decisiones políticas, así como a aquellas que no reúnen todos los requisitos que permitan que viajen bien y sean acogidas de modo conveniente. De igual modo, tampoco acepto que se presten una tras otra a sucesivas exposiciones. Finalmente, entiendo que determinadas obras no deben viajar nunca, pero llevar a cabo la lista de cuáles son es algo que queda por hacer.

JOAQUíN YARZA
Catedrático de Historia del Arte de la Universidad Autónoma de Barcelona


¿Exigencias de qué guión?
Afirmar que los cuadros de los museos deben viajar para formar parte de exposiciones parece a estas alturas una perogrullada; vivimos en un mundo que las realiza desde hace más de media centuria de manera más o menos sistemática, y dejar de prestar pinturas u otros objetos que corren algún riesgo (de conservación más que de desaparición), significaría automáticamente excluirse del “circuito”. No prestar significa no recibir; y no prestar obras maestras significaría no recibirlas como recíproca contraprestación.
No obstante, algunas voces se levantan para exigir que algunas de estas “obras maestras” no se muevan; puede aducirse que abandonan los lugares tradicionales de su exposición y decepcionan a los visitantes que acuden a verlas y las encuentran “de vacaciones”; también que la obsesión viajera responde a una concepción pasada, vetusta, de las exposiciones, que se crearon en un mundo que ya no es el actual, convulsionado no por la destrucción en atentado terrorista de las Torres Gemelas sino por otro tipo de movimientos entre los que cabe señalar el turismo de unas masas, aunque jamás aquejadas del síndrome de Stendhal, que se desplazan a su búsqueda.

En estos momentos dos exposiciones, Goya. Imágenes de la mujer que se inaugurará en la National Gallery de Washington, y la inmediata Obras maestras del Museo del Prado que se organiza en Japón, han reabierto un debate que jamás se cerrará, a pesar de cualquier tipo de promesas de los políticos que gestionan a la postre el patrimonio. Para estos, una exposición será siempre bienvenida pues no sólo cumple la misión de divulgar las excelencias y riquezas patrias que acompañen sus visitas o las de nuestros productos nacionales al extranjero sino que, por medio de un adecuado método de camuflado leasing, puede convertirse en un sistema de autofinanciación de las instituciones prestadoras. Los conservadores de las instituciones, por otra parte, desearán prestar el mínimo posible para salvaguardar el patrimonio cuya custodia y cuidado se les ha encomendado; abogarán sólo por préstamos y exposiciones justificados por razones de “carácter científico”, aunque éstas sólo interesen a algunas especies de historiadores del arte.

En esta situación ni los protocolos internacionales ni los compromisos interinstitucionales no escritos servirán de mucho; menos los listados de “obras inamovibles”, cuya vigencia debería ser revisada cada cierto número de años. Sólo la casuística del día a día, y el diálogo respetuoso entre estos dos grupos de políticos y conservadores, tan desiguales en su poder, podrá ser fuente de decisiones ponderadas y no de injustificados escaparates; el guión que exige un viaje debería ser el de unas exposiciones que justifiquen los riesgos en términos de su propio interés para la sociedad española, y no de la economía de la administración de nuestro Estado.

FERNANDO MARíAS
Catedrático de Historia del Arte de la U.A.M.


Peregrinas del infinito
Como primer enunciado cabría señalar que las obras de arte, como los artistas o los historiadores del arte, poseen como propia la condición de viajeros. Históricamente, la circulación de las obras de arte constituía un hecho cultural con implicaciones muy diversas, desde las políticas a las estéticas, artísticas y comerciales. Los artistas se comportaban, en este sentido, como coleccionistas y estos últimos, parece innecesario decirlo, lo hacían como tales. También había obras atadas a lugares concretos, ya fuera por sus dimensiones, materiales o significados. La creación de los grandes museos públicos desde Napoleón, de los privados y el prestigio de las grandes colecciones han constituído una suerte de alternativa a esas tradiciones culturales. Las mismas políticas de conservación del patrimonio han aconsejado, en ocasiones, traslados y viajes obligados. Pero los museos y las grandes colecciones, por su propio origen y finalidad, han consolidado una nueva acepción de la condición viajera de la obra de arte, la de su permanente disponiblidad. De hecho, esas obras han sido, en su mayor parte, enajenadas, con fines públicos, pedagógicos, culturales y de conservación, de sus lugares de origen. Su ser y estar descontextualizadas de un lugar o de la historia es la condición misma de su permanencia y nuevos usos, de su propia existencia y valoración.

En definitiva, que por su propia condición histórica, las obras de arte de los museos son peregrinas del infinito. Tan sólo habría que realizar un control científico, historiográfico y de repercusión cultural para permitir que recuperen la condición de viajeras, reservando, eso sí, algunas que, con el paso del tiempo se han acostumbrado a estar juntas en un lugar dotándolo de un especial significado. Y son esas las que deberían renunciar al viaje e incitar al público a recuperar la emoción del grand tour.

DELFíN RODRíGUEZ
Catedrático de Historia del Arte de la U.C.M.


Movilidad y conservación
No cabe responder con una afirmación o una negación categórica a la pregunta de si deben trasladarse las obras de arte para exposiciones. Esto es algo que depende del estado de conservación de las obras, de los riesgos de su transporte y del tipo de exposición. Es cierto que las obras de arte corren un riesgo al ser transportadas; riesgo que es menor si su estado de conservación garantiza unas incidencias mínimas. Pero, en caso de que se decida su traslado, éste debe estar justificado por el carácter de la exposición. Hay obras que si no es gracias a una exposición no pueden verse y su presencia contribuye a la difusión y conocimiento de un artista, un estilo o una época, al poder contemplarse una serie de obras dispersas.

Por otro lado, el aumento de exposiciones ha hecho que el trasiego de obras aumente, y esta movilidad debe estar sujeta a un control en el que han de tenerse en cuenta otros factores. En primer lugar, el préstamo de las obras de un museo priva de su contemplación a los visitantes de éste, a veces, en un número mayor que los que visitan la exposición en que se hallan depositadas. Hay que tener en cuenta que las posibilidades de viajar y conocer directamente las obras de arte también han aumentado. En cualquier caso, deben seguirse unos criterios más restrictivos cuando no existe una razón de peso para que se trasladen. Me refiero al viaje que obedece a razones políticas. Y, por encima de estas consideraciones, quiero hacer otra que entiendo que debe ser prioritaria: atender con rigor el mantenimiento y conservación de las obras. A veces se cuestiona un traslado mientras se olvida el estado de conservación en que se encuentran otras obras valiosas conservadas en el mismo museo o monumento al que pertenecen.

VíCTOR NIETO
Catedrático de Historia del Arte de la UNED


¡Que viaje el público!
Hoy día todo gran museo que se precie tiene perfectamente definidos los criterios para el préstamo de sus fondos artísticos y la tendencia actual es muy restrictiva en cuanto a la posibilidad de que una obra sea prestada, situación a la que sin duda han contribuido entre otros factores los abusos cometidos en las últimas décadas. Para autorizar la salida de una obra de arte de cualquier museo, colección o institución, tanto si son públicos como privados, la dirección debe atenerse a los informes técnicos, que han de tener carácter preceptivo y vinculante. Estos informes tienen en cuenta, como es sabido, múltiples factores que van desde la valoración del interés científico de la exposición para la que se pide la obra hasta la del estado físico de la obra solicitada y la conveniencia de su traslado, pasando por las compensaciones y contraprestaciones de todo tipo que se deben establecer para el caso poco probable de que el informe resulte favorable.
No obstante, y aun cumpliendo todos los requisitos anteriores, en las colecciones de todos los museos existe una serie de obras que forma parte inseparable de su imagen y cuyo préstamo la rompe por completo. Es como si el museo dejase de existir mientras se hallan ausentes, además de la irritación que causa su vacío. Por esta razón no deben prestarse nunca, bajo ninguna excepción. En todas las instituciones está también perfectamente establecido el catálogo de las obras que no se prestan y hay que atenerse al mismo.
Creo, pues, que los criterios científicos para que el público valore la oportunidad de determinados préstamos de obras de arte están bien claros. Por mi parte, quiero añadir que soy partidario desde hace mucho tiempo de que sea el público quien viaje y peregrine a donde se encuentra la obra de arte, como ha sido habitual en el pasado. Creo que el hombre debería conformarse con el beneficio democrático de la reproductibilidad técnica de las obras, manteniendo inmovilizados los originales para su contemplación directa y preservación futura. Que viaje el contemplador. Sólo así cobra sentido la frase del admirado crítico e historiador del arte Julián Gállego: “He viajado mucho y casi es de lo que más orgulloso me siento”.

GONZALO M. BORRáS
Catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza




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