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Martes, 30 de septiembre de 2014
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Adrian Piper, el racismo que viene

Adrian Piper: desde 1965. MACBA. Plaza dels Angels, 1. Barcelona. Hasta el 11 de enero

Adrian Piper (Harlem, Nueva York, 1948) se define más como una activista cultural que como artista. Escritora y profesora de filosofia, su trayectoria como creadora plástica desde los años setenta está marcada por un compromiso político y un trabajo que es una forma de sensibilización sobre lo social, concretamente los temas raciales y la condición de la mujer. Ella misma hablará de su labor como un arte combativo y directo que pretende cambiar las estructuras sociales. Su trayectoria se inició en el conceptual y, aunque reorientará su posición, aquel siempre será para ella una manera de trabajar, vinculada a la toma de conciencia de los procesos y del lenguaje y sus mensajes subliminales.


JAUME VIDAL OLIVERAS | 30/10/2003 |  Edición impresa


Catalysi IV, 1975

Esta exposición presenta una panorámica de la trayectoria de Adrian Piper desde sus inicios hasta piezas de reciente producción. Muy a grandes rasgos, sus primeros trabajos se sitúan en una práctica conceptual. Pero es en los setenta cuando la artista adopta un compromiso político como respuesta a un contexto social que la marcó profundamente (invasión de Camboya, revueltas de estudiantes, movimiento de liberación de la mujer, etc.) A partir de entonces, siguiendo un proceso evolutivo, trabajará la problemática del racismo, la xenofobia y la condición de la mujer, cada vez con un lenguaje más didáctico.

Para mí, su trabajo posee diferente fortuna. Se presentan obras de gran impacto, pero yo no sé qué se quiere decir con ellas. ¿Denunciar el racismo? ¿Acaso no estamos todos de acuerdo? ¿Y luego, qué pasa después de concienciarnos? Algunas de las obras incluso son irritantes por su extremada ingenuidad. Tal es el caso de Funk Lessons (1982-84). Muy resumidamente Adrian Piper enseña a bailar “funk”, esa música de origen negro, a personas de razas diferentes. Es como un espectáculo de UNICEF con blancos, orientales y negros dando brincos... Realmente encantador: la sensualidad negra está al alcance de cualquiera... Nadie puede negar que es divertido, pero pretender una finalidad terapéutica o una suerte de exorcismo del racismo con el baile define los límites de las buenas intenciones de Adrian Piper.

Y a pesar de todo, de tanta retórica vacía, hay un aspecto del trabajo de Adrian Piper que me interesa. Ella es una negra de piel blanca. Por sus orígenes familiares es negra, pero podría pasar por una persona de raza blanca. Boris Vian en su libro Escupiré sobre vuestra tumba narra la historia de un hombre de raza negra pero también de piel blanca. éste se ensaña contra los blancos, inspirado por sentimientos brutales de rabia y venganza. Es una batalla callada que se lleva a cabo en las relaciones sexuales, en la humillación íntima, en la violación de sentimientos... Pero más allá de la anécdota de Boris Vian interesa señalar que Adrian Piper -como el protagonista de la ficción- se sitúa en una posición -u observatorio- privilegiada. Ella es como un caballo de Troya: posee un espíritu y una identidad negros, pero por su piel blanca puede y ha tenido la oportunidad de acceder al mundo de los blancos, esto es al miedo blanco, al secreto de su temor. Porque el blanco la ha considerado como uno de los suyos y la hecho cómplice: ella, de piel blanca, puede conocer como nadie lo que experimenta el hombre occidental frente al hombre de raza negra, mejor dicho ante la amenaza negra. Una de las ideas que sobrevuela la exposición es el racismo como expresión del miedo. Asi, una de las obras más significativas es aquella titulada Four Intruders plus Alarm Systems (1980). Sintéticamente consiste en una serie de fotografías de individuos de color que miran fijamente al espectador. Estas fotografías se acompañan de monólogos de supuestos espectadores blancos que aluden y examinan las imágenes. Más o menos de una manera caricaturesca estos monólogos son una radiografia del sentido común blanco: esto es, puro racismo. Adrien Piper hace hablar a los blancos ante una fotografía silenciosa de un rostro negro y aquellos automáticamente revelan sus fantasmas, algo que tal vez en otras circunstancias -si la artista tuviera piel negra por ejemplo- no se atreverían o sería difícil de manifestar. Adrian Piper juega a esta ambigöedad en algunas de sus intervenciones. Y con ello se hacen evidentes y se descubren unos sentimientos soterrados que sin embargo impregnan la vida cotidiana. Este es el aspecto, el racismo subliminal, que denuncia Piper.

La exposición finaliza en una especie de cabinas individuales en las que se invita al transeúnte a escribir sus propias impresiones sobre la exposición. Un detalle: cada cabina está alumbrada por una fotografía con personas de color y con una inscripción que dice algo así: ¿Por qué les tiene miedo?. A Piper le interesa la respuesta del público: en el lapsus del espectador, en su respuesta ante determinados situaciones es donde se revelan el racismo y las conductas sexistas. Se trata de tomar consciencia de ellas, de analizarlas, ...etc. Más aún, uno de los mensajes de la artista es que todos estamos implicados, que no existen inocentes ante este problema. Yo les digo que en este país la gente es ingeniosa y ocurrente, pero me temo que los textos del público son ajenos al discurso de la exposición. Y esto es así porque el conflicto racial blanco/negro es visto como una cosmología exclusiva made in USA que aquí no afecta. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que aquí existe una problemática racista que asoma en nuestras ciudades. Precisamente en el entorno del MACBA la presencia de inmigrantes es notable. Tampoco el miedo a la raza negra es equivalente al de nuestro contexto. En todo caso el mensaje de la exposición es el de ser un eco, un eco de un miedo que cada vez está más cerca.




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