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Arte  Pintura

Cecily Brown, orgías faltas de deseo

MNCARS. Espacio Uno. Comisario: E. Juncosa. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 12 de septiembre

GUILLERMO SOLANA | 22/07/2004 |  Edición impresa


Dodgy, 2004. Óleo sobre lino, 203 x 213

¿Vuelve la pintura? Y mejor aún: ¿vuelven los ochenta? Cualquiera podría creerlo en vista del éxito de Cecily Brown (Londres, 1969): debut en la P.S. 1, dos exposiciones en Deitch Projects, varias más en la prestigiosa galería Gagosian, otra incluso en el Hirshhorn Museum, y los grandes coleccionistas internacionales pagando cara su obra. Pero el caso Brown reúne ciertas peculiaridades. Primero, Cecily es una joven-artista-británica (young British artist) que ha elegido vivir en Nueva York, y goza allí del glamour de su origen. Segundo, es hija del famoso crítico David Sylvester (el más lúcido interlocutor de Francis Bacon, a quien Cecily menciona con frecuencia). Y tercero: como ella misma explica, el tema central de su obra es el sexo desde la perspectiva específica del deseo femenino (he leído un comentario que hablaba de su pintura como clitori-centric). Estos indicios hacen suponer que el éxito de Cecily no se debe sólo a la pintura.

La exposición del Espacio Uno reúne ocho lienzos, casi todos de gran formato. Los mejores, en mi opinión, son los de la primera sala, donde el predominio de negros y tonos oscuros confiere una mayor intensidad a la pintura (el desnudo femenino tumbado, una especie de Dánae, es a mi juicio la pieza más lograda). Casi todos los cuadros representan paisajes, bosques o jardines, y en ellos, como camuflada entre la vegetación, se distingue una pareja desnuda abrazada entre la maraña de hojas y ramas. El contenido erótico, que hace unos años era más explícito en la obra de Brown (con grandes falos, cópulas y masturbaciones) ahora aparece velado, como en sordina. En todo caso, el modo de pintar húmedo sobre húmedo, esa fluidez de la pintura como si se deslizara entre los dedos, sugiere que la artista pretende impregnar de erotismo, o al menos de una marcada sensualidad, la propia superficie pictórica. Más que a Bacon o a Goya, dos nombres que Brown cita, este modo de pintar recuerda a Baselitz (al de los años sesenta, no al posterior), y antes aún a De Kooning, por ejemplo sus paisajes semiabstractos, hechos de muchos retazos borrados y rehechos. Pero la comparación quizá no sea conveniente, porque en la pintura de Brown es muy difícil encontrar algo parecido al vigor de De Kooning. Su pincelada carece de tensión; es blanda y lacia. Le falta convicción, le falta deseo para producir verdaderas orgías pictóricas.




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