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David vence a Goliat (de nuevo)

Un nuevo centro cultural que se suma al llamado “triángulo del arte” madrileño acaba de abrir sus puertas. CaixaForum Madrid brilla con luz propia gracias al proyecto de Herzog & De Meuron y un original jardín vertical del francés Patrick Blanc. Y dentro del edificio, la Colección “la Caixa”.


RAÚL DEL VALLE | 21/02/2008 |  Edición impresa


Escalera interior de Caixaforum.

Si tuviéramos que describir la obra de los arquitectos suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron, no hay duda de que una de las primeras palabras que emplearíamos para explicarlos sería “piel”, y “estructura” sería la última en la que pensaríamos.

Los suizos son los autores del nuevo centro cultural CaixaForum, un edificio que mira de reojo al Museo del Prado, al Reina Sofía y al Thyssen Bornemisza, al incluirse en el llamado triángulo del arte y que está abierto al público desde el pasado 14 de febrero, una fecha que parece simbolizar el comienzo de una relación de amor con la ciudad y los futuros visitantes del centro.

Su trabajo ha consistido en la transformación de la antigua Central Eléctrica de Mediodía, uno de los escasos ejemplos de arquitectura industrial del XIX dentro del casco histórico de la ciudad en un edificio de uso radicalmente distinto y que multiplique por cinco la superficie actual. El edificio se convierte en un ejemplo más de la transformación de fábricas en museos: ya lo hicieron con la fábrica Ricola en Mulhouse, en la Tate Modern de Londres o en el Museo Köppersmöhle en Duisburgo.

La operación se completa con dos intervenciones: la primera es la creación de un espacio público previo, que abre el museo al paseo del Prado y que se conecta visualmente con la puerta Real del Real Jardín Botánico, obra de Sabatini. Esta nueva plaza urbana de 2.500 m2 se introduce como una alfombra por debajo del edificio, convirtiéndose en una plaza cubierta; la segunda es la creación de un jardín vertical de 460 m2 (que ya se ha secado una vez) obra de Patrick Blank, que tapa una de las medianeras de los edificios próximos.

Así el acceso al edificio se nos presenta como un gran libro vertical y a medio abrir: una imagen imponente y cautivadora. Se produce una acertada composición de los volúmenes que sumado a la expresividad de la cubierta (con diferentes alturas, macizos y llenos que responden a la altura de los edificios colindantes, con el objetivo de taparles la menor luz posible) y sumado al diálogo cromático que se produce entre la fábrica de ladrillo y el acero cortén y el contraste de ambos con el enorme muro vegetal vertical, nos da como resultado, sin duda, el primer gran acierto del edificio.

La “piel”, arquitectónicamente hablando, es un término que se emplea para referirse al envoltorio, a una fachada independiente de la estructura o del objeto que lo envuelve y que nos habla de algo sin apenas espesor (si fuese grande hablaríamos más bien de un muro), donde cobran fundamental importancia aspectos ligados a la superficie, textura, acabado y materialidad; el empleo de ciertos materiales (como el vidrio serigrafiado, las chapas perforadas, los hormigones raspados o las mallas metálicas expandidas) y los resultados obtenidos nos recuerdan a tatuajes y motivos ornamentales con componentes vegetales.

Hay edificios que llevan toda su arquitectura en la piel, o si lo prefieren, en la fachada. Es en la piel donde se concentra todo el esfuerzo proyectual del arquitecto, donde se carga toda la intensidad creativa y se depositan todas las expectativas de éxito, y estos arquitectos suizos han demostrado en toda su trayectoria cómo el tema de la piel no es baladí en sus edificios. Por eso quizás en este tipo de edificios en los que toda la “gracia” está depositada en la dichosa piel, no nos sorprende no encontrar un interés espacial que esté a la altura de su fachada.

Sin embargo en CaixaFórum David vence de nuevo a Goliat. La estructura vence a la piel y el espacio a la materia. Como por arte de magia, el edificio parece flotar sobre el plano del suelo. Y este es el segundo acierto: vencer a la gravedad, el sueño del arquitecto. Hacer de la estructura lo esencial del espacio arquitectónico, el elemento definidor que da forma y sentido al espacio. En este caso los arquitectos suizos han contado con la ayuda de posiblemente dos de los estudios más relevantes de este país: úrculo Ingenieros para el proyecto de instalaciones y NB35, encabezados por Jesús Jiménez Cañas y Eduardo Gimeno Fungairiño para el proyecto de estructura.

Eliminando el zócalo de la antigua central eléctrica, se crea el espacio abierto a la plaza y los muros de ladrillo existentes convertidos ahora en una piel al perder su razón estructural, se apoyan en un nuevo muro perimetral de hormigón que recompone la planta rectangular del edificio. Este muro perimetral cuadrado tiene otros dos que unen paños enfrentados. Con este mecanismo se consiguen las enormes salas de exposiciones diáfanas, libres de pilares y permite la magia de hacer que el edificio flote al unirse este armazón estructural a tres núcleos verticales que trasladan las cargas al suelo, en parte ocultos gracias a la sombra que el propio edificio genera.

Contaba Eduardo Chillida que una vez vio cómo una gran grúa manipulaba para levantar una enorme máquina y cambiarla de lugar: “Tenía la impresión -dice Chillida- de que todo el espacio de la nave aplastaba aquella pieza contra el suelo; de repente se tensaron los cables y la grúa hizo que la pieza se despegara del suelo. En ese momento vi algo tan inesperado como que el espacio, metiéndose debajo de la gran máquina, intentaba levantarla, luchando contra la gravedad.


El muro verde
Patrick Blanc (París, 1953) es botánico de formación y, como tal, ha sido distinguido con numerosos premios: “Mi aproximación científica ha sido esencial para diseñar el sistema completo de muros vegetales”, asegura. Desde que en 1988 el Musée des Sciences de La Villette de París le encargase su primer trabajo, Blanc ha cubierto de frondosa vegetación paredes de todo tipo de edificios. Llevan su peculiar “firma verde” el Parc Floral de París, Les Halles en Avignon, la Fundación Cartier en París, un centro comercial en Bangkok o el Museo de Arte Moderno de Kanazawa en Japón. “Me interesa la idea de que el espectador encuentre plantas en los lugares más inesperados...”, dice. Y no es ésta la primera vez que Blanc colabora con arquitectos internacionales: en 2004 realizó la impresionante fachada del Museo Quai Branly de París de Jean Nouvel. Hoy trabaja en un proyecto público para Santa Cruz de Tenerife.


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