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Arte  Instalaciones

En el retablo de Lidó Rico

Secadero de pensamientos

Iglesia de San Esteban Díaz, 4. Murcia. Hasta el 16 de julio

MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ | 06/07/2006 |  Edición impresa


Ni imaginar puedes lo feliz que me hace sentirte a mi lado, 2004

Desde principios de los noventa, Lidó Rico (Yecla, 1968) viene realizando uno de los trabajos más regulares, constantes y personales del contexto artístico nacional. Una obra donde la eminente cualidad estética, objetual y claramente escultórica de lo expuesto se conjuga con un claro componente performativo y gestual: sus piezas son el resultado de un violento proceso de gestación en el que el artista, en un acto casi ritual, sumerge su cuerpo en escayola para crear un vaciado que luego es rellenado con resina de poliéster. Esta exposición, de algún modo, reactualiza y lleva a la máxima expresión el estilo consolidado del creador murciano. Entre otras cosas, como el renovado uso de colores eléctricos y la complejidad de la instalación, conceptualmente merece una especial atención la insistente presencia de la máscara, que, aunque había aparecido con anterioridad en su obra, parece constituir ahora uno de los puntos fuertes del discurso. Los rostros resultantes en el trabajo de Lidó recuerdan a las mascarillas funerarias presentes en la tradición mediterránea desde los Etruscos. Pero, al mismo tiempo, el gesto estereotipado del grito doloroso evoca las expresiones universales de las máscaras de la tragedia griega. Unas máscaras que, más que ocultar, revelan y universalizan lo incomunicable, haciendo patente el abismo insalvable entre el grito del artista y el grito de la obra. La utilización del pasamontañas y, en otras ocasiones, del propio rostro como una segunda piel introduce, no obstante, una especie de distanciamiento. Una máscara de la máscara, que retranquea la identidad provocando un doble ocultamiento, un diferendo que se prolonga casi ad infinitum, llegando, a veces, hasta una virtual desaparición del sujeto, casi completamente oculto tras unas estructuras geométricas de carácter minimalista; protegido para no ser visto, para no ser reconocido o para no volver a ver aquello de lo que ha sido testigo.

Entre las obras expuestas, dos piezas llaman poderosamente la atención. La primera, Ni imaginar puedes lo feliz que me hace sentirte a mi lado, se presenta a la manera de un gran retablo en el que se libra una violenta contienda, una especie de juicio final donde es precisamente el juicio lo que parece haberse perdido. Pistolas, puños, teléfonos que no comunican, máscaras sin rostros, rostros sin rostros... una alegoría barroca de la sinrazón, la violencia y la muerte. Y la segunda, Secadero de pensamientos, la obra que da título a la exposición y quizá la más desasosegante de todas, presenta una gran jaula, en la línea de las celdas de Louise Bourgeois, de la que penden rostros sin cuerpo, máscaras emancipadas y gritos desencarnados que rodean y atormentan a un espectador que se siente acosado por lamentos que no puede oír, por rostros que, al final, se han convertido en fantasmas.




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